Un inconformista a la busqueda del centro de la propia existencia: la vocación sacerdotal de don Cristiano, ordenado el 25 de Junio.

A los trece años me fastidiaba un poco la idea de dejar que mi fe se apagase pero, por cómo lo había conocido hasta ese momento, Dios tenía poquísimo que ver con mi vida. Si no podía mantener su promesa de arrollar todo mi yo, ¿cómo podía pretender ser Dios? Al año siguiente de haber llegado al liceo clásico de Varese, estaba decidido a poner a prueba todo aquello que pareciese que podía prometerme un horizonte totalizante, ya fuese la música que escuchaba, mi aspecto, decididamente, poco convencional o ese residuo de ideología de izquierdas que todavía arreciaba en la escuela. Pero aquello que experimentaba, más que el esperado descubrimiento de un centro capaz de hacer converger todas mis energías, era la fragmentación de la vida en una galaxia de ámbitos que no tenían nada que ver entre ellos.

Así, este horizonte mío que no bastaba, con las tardes pasadas con los amigos, las chicas y los conciertos del sábado por la noche, se estrelló de frente con una invitación al Meeting de Rímini en el verano del 2002. La propuesta que llegó de mi hermano, que por aquella época frecuentaba este nuevo asunto que, ciertamente, no suscitaba mis simpatías, pero, en el fondo, ¡se trataba de arriesgar únicamente tres días de mis vacaciones! Allí conocí a los chicos de mi edad de Gs. De ellos me llamó la atención y me interrogó su capacidad de vivir refiriendo siempre todo a un punto, aquel mismo punto ordenador que desde siempre estaba buscando. Así, junto a mis nuevos amigos, debí aceptar el reto de aquel “Jesús presente detrás de todo”, como, de un modo un poco descarado, repetían siempre.

De vuelta a Varese, comenzaron las continuas invitaciones a las bellísimas veladas y a los momentos de vida compartida, con gran alivio de mis padres por mis nuevas compañías. Había encontrado, finalmente, la compañía que nunca habría dejado. Pocos meses después, durante unas vacaciones de Gs en Roma, tuve una pequeña charla con Stefano, un chaval del último año de mi mismo liceo. A la pregunta clásica sobre el camino universitario que iba a elegir, respondió de un modo inesperado: «Entraré en el seminario de la Fraternidad san Carlos». Fue un shock para mí; por primera vez se concretaba ante mí un ideal tan grande como para convertirse en el ideal de la vida. Se trataba de dar todo a ese Cristo del que mis nuevos amigos habían hablado. Pero Dios no utiliza términos medios, y cuando al año siguiente también Tommaso, sólo un poco mayor, me habló de su vocación al sacerdocio en la Fraternidad, no tuve más dudas. Dios se había inclinado sobre mí y me llamaba a ser suyo para siempre.

Me entrevisté, entonces, con el rector del seminario, don Gianluca Attanasio. Conocerlo fue una confirmación clarísima de que el camino del sacerdocio no era sólo una posibilidad que me fascinaba. En él veía la promesa del cumplimiento de toda mi humanidad. De este modo me inscribí en la universidad, para que aquello que se había sembrado en mí enraizase. Entre el estudio de la literatura, la intensidad de la amistad y de la vida en la comunidad de la Católica y el diálogo con don Matteo Invernizzi, aquel lejano inicio en Gs se estaba convirtiendo cada vez más en una vida entusiasmante y madura. De este modo, el 2 de enero de 2009 llegué a mi nueva casa en Roma, en via Boccea.

 

En la foto, Cristiano Ludovici (a la izquierda) durante un momento de fiesta en la parroquia de Santa Giulia en Turín, donde vive y trabaja.

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