Don Luca enseña Religión en Roma: en su testimonio, la importancia de estar preparado para la enseñanza.

Cuando comencé a enseñar religión en la escuela, mi mayor deseo era que los muchachos pudiesen conocer a Cristo como yo lo había conocido.
Inicialmente creía que bastaba darles los inputs, hablarles punto por punto de aquello que consideraba más oportuno, incluso tomando referencias de la actualidad y, sobre todo, concentrándome en sus preguntas, sin preocuparme demasiado de las respuestas que pudiere ofrecerles. Pero con el andar del tiempo me he dado cuenta de cuan preciosa era la frase que a don Máximo le gustaba repetir cuando estábamos en el Seminario: «Antes de hablar a las personas debéis prepararos». Una frase simple pero dura de aceptar, porque prepararse significa, ante todo, elegir renunciar a otras cosas.
Cuando pienso en la importancia de prepararse, me vienen a la mente los grandes artistas como Van Gogh o Pasolini: es la atención a la tradición lo primero que había hecho fecunda su obra, no la pretensión de partir “de cero”. Se lo digo frecuentemente a los chicos, sobre todo a los del Liceo Artístico donde enseño: «¿Cómo hacer para ser original? ¿Cuándo un par de jeans son originales?» «cuando tienen la marca», me responden. Entonces continúo: «Una cosa es original cuando sabemos con certeza que pertenece a otro. Así nosotros. En nuestras acciones, en nuestro trabajo podemos ser originales ante todo en la medida que nosotros aceptamos conocer lo que se nos ha dado».
Cuando hace tres años he debido empezar a preparar lecciones de Religión, esto me ha llevado a tener que elegir un itinerario. Existen millares de libros de religión (¡prácticamente cada profesor de Italia ha escrito uno!) y, por tanto, millares de caminos posibles. Al principio había contactado con varios representantes de editoriales y ellos me habían traído cerca de una treintena. Todavía recuerdo cómo anduve aquella tarde: los puse todos bien ordenados en fila sobre la mesa de despacho, pero cuanto más los miraba, menos lograba decidirme a comenzar. Treinta libros son tantos, cada uno con su índice, con su propuesta particular, el “contenido multimedia”, etcétera. Decido entonces cambiar de perspectiva: en vez de elegir yo al libro, haré que sean ellos los que me elijan a mí. En realidad no todos aquellos libros eran iguales. Alguno lo conocía ya. Decidí entonces dejarlos todos a un lado, salvo aquellos que más se acercaban al cristianismo tal como a mí se me había enseñado.
Elegido el texto del que partir, que marca la trayectoria de la lección, la leo con atención y la comparo con aquello que vivo. Así nacen en mí muchas preguntas y la exigencia de una posterior profundización. Al final de este trabajo, elijo una pregunta que hacer a los muchachos y la respuesta que ofrecerles. Esto último es muy importante: no basta suscitar preguntas en clase, sino que es necesario que yo tenga clara la respuesta que proponer.
Doy un ejemplo: Hace algunas semanas he afrontado en clase el tema de la masacre terrorista de París. La pregunta de la que he partido ha sido: «¿por qué los atentados de París nos parecen inhumanos?». Una chica me ha respondido: «porque la vida es sagrada» «¿qué hace la vida sagrada?». Tras alguna respuesta, una chica ha dicho: «porque es un don». «¿Tú crees en Dios?» le pregunto. Ella responde: «No… quizás sí… no lo sé». «Si en este momento abrieses tu mochila y hallases un paquetito con un gran lazo dorado, ¿qué pensarías?». «Que ¿quién lo ha puesto ahí?. «Exacto. Todo regalo presupone un donante. Así es la vida. Si hay un don – como tú has dicho – alguien te lo debe haber dado». «Y ¿quién?» pregunta entonces la chica. «Yo tengo una hipótesis. Lo veremos la próxima vez».

En la imagen, Don Luca Speziale con un grupo de niños.
luca speziale

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