Los seminaristas de la Casa de formación fueron a Tierra Santa a principios de septiembre. He aquí un testimonio de la peregrinación.

Una de las cosas que más me llama la atención de nuestra formación en la Fraternidad es la importancia que se le da a la historia, no solo la que se puede estudiar, sino también la de cada uno de nosotros. Creo que esta elección está relacionada con el hecho de que difícilmente se puede amar lo que no se conoce. Así pues, este septiembre pasado, nuestros superiores nos propusieron algo que nunca habíamos hecho antes: ir con todo el seminario y la mayoría de los sacerdotes que siguen nuestra formación en peregrinación a Tierra Santa, para conocer los lugares donde vivió Jesús. En total éramos unos cuarenta, justo para llenar el autobús: el padre Vincent Nagle nos guió, con la ayuda de don Lirio Di Marco.

Padre Vincent vivió seis años en Tierra Santa: gracias a su entusiasmo, nos ensimismamos en los varios lugares a través de la lectura del Evangelio. En él, reconocimos a un hombre que ama la historia de esa tierra, en primer lugar porque son lugares que hablan de Cristo. También don Lirio, amigo de la Fraternidad y exegeta, nos ayudó a vivir la peregrinación con sus reflexiones sobre la Biblia.

Uno de los lugares que me impresionó fue la Basílica de la Anunciación en Nazaret. No sabía cómo ubicarme en ese lugar sagrado donde el Verbo se hizo carne, pero deseaba profundamente comprender el misterio de la Encarnación. Pudimos celebrar la Santa Misa en el altar mayor: al escuchar las lecturas de la Anunciación, me di cuenta de que lo que le sucedió hace dos mil años a María estaba aconteciendo de nuevo ante mis ojos. Lo que Dios le ha pedido a María, en efecto, es único e irrepetible, sin embargo el misterio de la Encarnación permanece a través de la Eucaristía y nos es ofrecido también a nosotros. Así, la ansiedad por comprender se ha convertido en una posición de asombro y gratitud por la posibilidad que se nos dio de orar ante el lugar donde el Misterio, a través del sí de Nuestra Señora, se hizo carne para hacerse cercano a nosotros. Esta experiencia hizo más sencilla mi manera de vivir la peregrinación. Tanto en Galilea como en Belén y en Jerusalén, en efecto, era posible tocar con mano una realidad concreta y antigua, pero sobre todo participar en una historia viva hoy.

La desproporción entre lo que sucedió en los lugares sagrados y lo que acontece en esas tierras, llenas de conflictos y contradicciones, al comienzo era escandalosa. Pero, día tras día, la desproporción se ha convertido en el signo de la gratuidad de Dios, que pretende entrar en los pliegues, aunque imperfectos, de nuestra vida. En el Padre Pierbattista Pizzaballa, antiguo Custodio de Tierra Santa; en los Memores Domini que viven allí; en los otros cristianos, vimos un maravilloso testimonio de cómo ésta presencia gratuita de Dios permanece, como una fuente que sigue brotando. De manera más subterránea y silenciosa, pero no menos actual, esta presencia continúa generando frutos positivos en esas tierras, según el plan de Dios.

Estar de peregrinación en Tierra Santa con los hermanos fue la oportunidad para mirar juntos al corazón de nuestra comunión, que es misteriosamente originada por lo que Él hizo en esas tierras y al mismo tiempo nos llega, hoy, en la concreción de la Fraternidad.

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