Si el cielo existe, ninguna relación está destinada a terminar: esta es la historia de Raffaele Xu y de sus “milagros”.

Raffaele Xu era uno de mis estudiantes de italiano. No uno de esos que no saben qué hacer en la vida, uno con las ideas claras. Después de graduarse, siguió estudiando para el Magister, primero en Taiwán y después en Italia. Mientras estudiaba, había empezado a enseñar italiano en algunas escuelas superiores de la isla. Sus estudiantes lo amaban. Hace poco había encontrado trabajo en la oficina de representación italiana en Taipei y frecuentaba una buena chica, Clara, también ella estudiante nuestra de italiano. A fines de Enero recibo varias llamadas, me dicen que Raffaele está hospitalizado. La hermana me cuenta que pocos días antes, mientras estaba en el auto con ella, el muchacho se había desmayado sobre el volante. Después se había recuperado, pero había tenido una recaída: su corazón se había detenido. Ahora estaba en coma, en terapia intensiva, conectado a un corazón artificial que lo mantenía en vida.

Cuando llego al hospital, la hermana me dice que según ella Raffaele era cristiano. Me cuenta que cuando estudiaba en Italia había comprado un anillo con el Padre Nuestro impreso encima. Ella lo había visto rezar en la noche con el anillo en la mano: desea que Raffaele sea bautizado antes que desconecten las máquinas que lo mantienen en vida. En el hospital están también los padres y el hermano gemelo. Les explico lo que estoy por hacer. Para un taiwanés, un hijo que se vuelve católico es siempre un hecho grave. Es como perderlo para siempre. El hijo cristiano no podrá ocuparse de sus padres en el futuro–esto es lo que temen- a nivel “espiritual”, es decir, haciendo los ritos mortuorios necesarios para que sobrevivan de manera digna en el ultratumba, donde los descendientes procurarán lo necesario con oraciones y ofertas de comida, incienso y dinero.

Con el consentimiento de los padres, entro en terapia intensiva y veo de nuevo a Raffaele acostado e intubado. Sus condiciones son verdaderamente críticas: lo bautizo, le administro la confirmación y también la unción de los enfermos. Pocos días después estoy todavía ahí, con toda la familia. Los médicos han dicho que no hay más esperanzas. En mi corazón sigo esperando que Raffaele se despierte, se siente en la cama y hable con nosotros, pero quizás Dios tiene reservados otros milagros para cumplir. Llega el momento en el que Raffaele nos está dejando: rezamos juntos el rosario. La madre, sobretodo, no soporta el silencio: es una herencia de su religión que, ante la muerte, no permanece callada sino que pronuncia un río de fórmulas rituales, casi para asegurarse que el alma encuentre la dirección adecuada para irse en paz y sobre todo para que no permanezca vagando en la tierra.

En estos años de párroco, he visto a muchos muertos y he visto morir a muchos. Pero ver a los padres, la hermana y el hermano que deben decir adiós a Raffaele es duro también para mí. Pido a Dios que me de la fuerza para ser un signo de esperanza para esa familia. Fijamos juntos la fecha del funeral que será en nuestra parroquia de San Pablo, a pesar de que la familia vive en otra ciudad, en la costa. Ese día, para mi gran sorpresa, encuentro la iglesia llena. El coro está completo, están los representantes de Italia y, además de los parientes, muchísimos amigos, estudiantes de italiano, profesores. La predica es la parte más difícil, solo algunas palabras: la vida no se mide por los logros que uno puede obtener o por los años que nos son dados. A los ojos del mundo, la vida de Raffaele fue demasiado corta. Solamente veintiocho años, hubiéramos querido pasar más tiempo con él. Pero a los ojos de Dios, era completa. Y al final, recibió el don más grande que un hombre puede tener: el bautizo y la vida eterna.

Parecía que la historia hubiese terminado con ese funeral. Pero poco tiempo después recibo un mensaje de la hermana de Raffaele: la mamá, para estar todavía cerca del hijo católico, decidió ir a la iglesia. Va a misa y participa en la catequesis. Se bautizó con el nombre de Lucia. Me conmuevo. Le respondo que es un signo del hecho que el hermano está verdaderamente en el Paraíso y que desde allí está cambiando la vida de sus familiares. Es el milagro que Dios sigue operando con la vida de Raffaele.

 

Padre Emanuele Angiola con algunos parroquianos, durante un reciente viaje en Italia.

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