La experiencia de ser acogidos y amados es lo que desean todos los hijos. Un testimonio de paternidad desde San Bernardo, Chile.

Un día, una chiquilla viene a verme para un diálogo personal: “Padre” dice “he pensado en quitarme la vida”. “¿Y por qué?”, le contesto en seguida. Después de un largo momento de silencio, me mira fijamente a los ojos y dice: “Mi abuela murió, la persona que más amaba”. “Ah, ahora entiendo”, le contesto. “Pensaste en quitarte la vida porque es la forma que has pensado para alcanzarla… Mira, es maravilloso este vínculo de amor que te une a la abuela, y es justo sentir que nunca debe terminar. Pero quizás tu idea no sea la mejor solución. Te propongo un camino diferente, el de la fe en Jesús… “. Mientras digo estas palabras, veo que la desesperación se convierte en dolor. Y en medio de las lágrimas aparece una nueva luz en sus ojos.

Lo que me impresionó de esa reunión fue haber experimentado una cercanía tan repentina y profunda con una joven que expresaba de manera vehemente el deseo de tener una respuesta al dolor. ¿Qué hizo posible esta familiaridad tan inesperada e intensa como para cambiar el ánimo de esa chica? Es una experiencia que también ha marcado mi historia: la de ser acogido y valorado de manera personal. Justamente la manera como fui invitado, recibido e integrado, primero en la parroquia de mi pueblo y luego en el movimiento de CL, fue uno de los puntos decisivos para mi vocación. Siempre había alguien esperándome. Me llamaban por mi nombre, involucrándome en el discurso que se estaba haciendo, en las actividades. Todo esto sucedía con naturalidad, sin esfuerzo, como una reverberación de un agradecimiento. Fue para mí una experiencia sorprendente, que no había experimentado en ningún otro grupo de amigos. Así que hoy, en mi trabajo de anunciar a Cristo a los jóvenes, me surge espontáneo prestar una atención y cuidado especial en este aspecto de la acogida.

En nuestra parroquia, reunimos a los muchachos de la escuela secundaria todos los viernes para una propuesta libre de educación para la fe. Muchas veces ha sucedido que el primero en llegar dice: “Todavía no hay nadie, espero afuera”. Y se quedaba enganchado con el teléfono… Yo, que a menudo me encuentro en la sala con la escoba en la mano para limpiar, comencé a responder: “Bievenido, ¿cómo estás? Dame la mano, nos saludamos como es debido… “. O: “Te veo cansado, ¿has tenido una semana difícil? Siéntate un momento, tómate un respiro”.

Descubrí que comenzar de esta manera genera un clima diferente para aquellos que se unen después al momento común: entienden que la propuesta educativa no solo concierne al momento del contenido, sino que abarca también otros aspectos de nuestro estar juntos. A los chicos que están empezando a cogerle el gusto a la propuesta que les hacemos, a los que veo más involucrados, les propongo encontrarnos otro día de la semana en un pequeño grupito de responsables. A ellos encomiendo especialmente la atención a las personas que frecuentan nuestra compañía: los recién llegados, aquellos que han pasado por nosotros al menos una vez, y luego no se han visto más. Se hace una lista de todos los chicos que se han asomado al grupo juvenil. Después nos repartimos los nombres para llamarlos por teléfono. La objeción clásica es esta: “Padre, después de haberle invitado a la reunión ya no sabía qué decirle. Entre nosotros, al teléfono, se creó el hielo”. Yo les contesto que al comienzo de nuestros encuentros también había hielo entre nosotros. Si me hubiera parado allí, no hubiera habido la amistad que ahora hace más humana nuestra vida.

 

(Stefano Don es párroco de la parroquia “Divino Maestro”, en San Bernardo (Chile). Abajo a la derecha, Don Stefano con un grupo de jóvenes de la parroquia.)

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