Proponemos una meditación de don Paolo Prosperi, que tuvo lugar en el Huerto de los Olivos, sobre el vínculo que une el sufrimiento de Jesús en Getsemaní con el inefable esplendor del Monte Tabor.

Aquí, sobre esta roca, el Señor ha librado la batalla decisiva. Aquí Él pronunció su gran, extremo Sí al Padre, el Sí que nos libera, el Sí que nos libra de los grilletes de la desobediencia y de la autonomía, che nos atrae a la libertad de Cristo, que es libertad de Hijo, “Hijo Unigénito del Padre”: “Abbá, Padre, todo te es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt 26, 39).

Toda la existencia de Jesús tendía, apremiaba hacía esta hora decisiva: desde el comienzo de Su ministerio, desde Caná de Galilea, Jesús la había esperado secretamente. Pocas horas antes, en el cenáculo, había llegado a decir que había anhelado este momento (Lc 22, 15) así como un guerrero espera con ansia el duelo con el Enemigo, que le ha quitado lo que era suyo.

Sin embargo, ahora que la hora de la batalla final ha llegado, sucede algo inesperado, algo que parece exceder cualquier “previsión”. Jesús, como asaltado por un extraño terror, que cae sobre Él de repente: comenzó a sentir temor y a angustiarse (en griego herxato ekthambesthai), escribe Marcos (Mc 14, 33).

Algo sucede dentro de Él, que parece tomarlo por sorpresa: se apoderó de él el terror.

El verbo griego que usa Marcos es un verbo fuerte: indica una violenta conmoción por la visión repentina de algo extraordinario, inusual, nunca visto antes.

¡Qué misterio! Nosotros sabemos que Jesús sabía, sabía hasta en los detalles – nos relatan los Evangelios – lo que le esperaba. Sin embargo, hay algo en aquella hora que parece exceder, con su peso, cualquier previsión, cualquier conocimiento previo carismático. ¿Qué es, entonces, este misterioso espanto, esta tristeza mortal que ataca el corazón del Señor en esta hora suprema?

Tristis, tristis usque ad mortem… Triste hasta la muerte, triste de una tristeza mortal (Mc 14,34).

¿Qué es esta tristeza mortal? ¿Se trató del terror humano frente al sufrimiento, de la rebelión de su carne frente al cáliz de la pasión, que ya veía, como a ojos vista, delante de él?

Tú, en efecto, sabias. Incluso como hombre, Tú sabías lo que Te esperaba. Qué tan claramente, no lo podemos comprender. Pero sabías. Tres veces habías predicho a los discípulos tu inminente destino. Sabias y libremente corriste hacía este destino, a tu hora – como la habías llamado a menudo – casi con veneración.

Estabas listo, estabas preparado. No, no fue el miedo a sufrir la pasión y la muerte que te abatió al suelo: Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra (en griego, epesen epì prosopon) orando así (Mt 26, 39).

Tú no te arrodillaste sobre esta piedra, ni te prostraste. Caíste, rostro a tierra, como segado por un peso caído sobre Ti, dentro de Ti desde el exterior.

¿Qué fue, entonces, lo que sucedió?

Nosotros no podemos penetrar hasta el fondo el misterio de esta tristeza de Cristo, de esta hora suya de tinieblas. Es un misterio que nos supera.

Sin embargo los Evangelios nos permiten balbucear algo. Marcos, así como Mateo, usa también otro verbo para describir la angustia interior de Jesús: y comenzó a sentir temor y a angustiarse (en griego ek-demonein) (Mc 14, 33; Mt 26,37).

El verbo griego es más expresivo que su traducción. Indica un tipo determinado de ansiedad: la de la soledad, del aislamiento, la alienación de la comunión con los demás, con los miembros de su pueblo, de su casa.

Intuimos entonces: Él, el Hijo amado del Padre, el “Hijo Unigénito del Padre” (Jn 1, 14), empieza por primera vez a probar la amargura del cáliz más horrendo: el cáliz de la ausencia del Padre, la angustia de la “orfandad”, aquella angustia que ya el primer Adán había conocido en su esconderse repentino del rostro paterno de su Creador.

Sin embargo, la angustia de Jesús es infinitamente más profunda: justamente porque Él es el Hijo, justamente porque Él el único que puede llamar a Dios Abba, justamente por esto Él está aún más disgustado por el sabor de esta amargura, que es como la antítesis de su propio ser.

Sí, hay algo infinitamente más terrible que cualquier tortura física, que cualquier muerte, incluso la más atroz: es el hielo de la soledad, de la alienación de Dios, que es en realidad la raíz de la muerte y de cualquier sufrimiento. Es este el cáliz amargo el que Jesús implora que pase de él, si es posible: “Abba –Padre– todo te es posible: aleja de mí este cáliz” (Mc 14, 36).

Así que no es la inminencia de la muerte ni el sufrimiento físico lo que disgusta a Jesús, sino la amargura del cáliz del vértigo – como lo llaman los profetas – el cáliz de la ira de Dios: una amargura en cuyo misterio nosotros podemos penetrar tan solo analógicamente, una amargura que es realmente como infinita; no temporalmente, sino intensivamente, porque infinita es la privación a la que Él libremente ha, desde siempre, aceptado someterse en esta hora. Una amargura que ni la memoria del “antes” ni la (¡cierta!) esperanza del “después” atenúan. Una amargura, un sufrimiento tan grande, que Él ahora – primera y única vez en toda su existencia humana – busca el consuelo de los discípulos, mendiga su compañía, su cercanía, como si la necesitara. Es realmente el vuelco, la inversión de todo.

Él, que había venido a revelarles el rostro del Padre, se siente ahora tan solo que tiene sed de su consuelo. Pero los encuentra dormidos porque sus ojos se cerraban de sueño (…) “Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora? (Mc 14, 37-40).

Mucho más que un reproche, en esta pregunta resuena el eco del gran misterio de la soledad humana del Señor. Él busca la participación, el compartir de los suyos y no la encuentra. Sus ojos estaban “cargados“, escribe Mateo. Es el mismo verbo usado por Lucas para describir el extraño sueño que había asaltado a los mismos tres discípulos, Pedro, Juan y Santiago, en el monte Tabor frente al esplendor de la Transfiguración: en el Tabor había sido la luz deslumbrante de la gloria de Jesús a sobrepasarles. Ahora, en cambio, habían quedado aturdidos por la densidad de la oscuridad que lo ha envuelto.

Semejanza y oposición. Pero la oposición es tan solo aparente porque, en realidad, tanto la luz del Tabor como la oscuridad del Getsemaní no son sino las dos caras de un mismo misterio de gloria: su gloria, que es gloria “la gloria que recibe del Padre como Hijo único” (Jn 1, 14), gloria de Hijo, que como se sabe amado sin límites, así sin límites está dispuesto a amar; gloria del amor filial que llega hasta el final.

¿Qué es la gloria?

La gloria, en hebreo Kabod, es, en el lenguaje de Israel, el irradiarse, el manifestarse exterior de la dignidad de una persona de peso (Kabod significa, literalmente, peso).

Así Iahvé, el Rey de Reyes, manifiesta su Kabod cuando crea de la nada, cuando salva al pobre de las manos del fuerte, cuando aplasta ejércitos enteros como si fuesen cañas en el viento… Cuando realiza, en definitiva, aquellas acciones que lo revelan como incomparable, el más grande y más poderoso de todos.

Jesús manifiesta su gloria en el Getsemaní no menos que en el Tabor: en realidad, justo en decir su “sí” más extremo Jesús muestra quién es. Y aquí, sobre esta roca, Él ha hecho brillar su obediencia filial en toda su abrumadora potencia.

He aquí entonces lo que une la luz del Tabor a la oscuridad del Getsemaní: justamente porque Jesús es el Hijo predilecto del Padre, el Hijo que, solo él, ha visto el rostro del Padre, justamente por esto Él puede empujar el ímpetu de su confiada obediencia filial hasta el fondo de la oscuridad más espesa; justamente porque sólo Él conoce verdaderamente el corazón del Padre, Él sólo tiene también el poder de soportar el peso del sentimiento de su total ausencia, sin perder la confianza en Él.

En el momento en el que las garras de la soledad más atroz lo rodean, Jesús no pierde la confianza en el Padre ni la voluntad de obedecerle. El fuego brillante de su piedad filial no se apaga. Al contrario, justamente en esto consiste la victoria del Señor: aceptando dejarse encerrar en la prisión de hielo donde el pecado ha encerrado a Adán, Jesús introduce allí la llama que desde el interior disuelve los barrotes, la llama inextinguible de su “sí”: pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya (Lc 22, 42).

Nosotros estamos siempre dispuestos a grandes sacrificios. Como Pedro, ¡cuántas veces nos hemos declarado dispuestos a “dar la vida por el Señor”, con generosidad y entusiasmo! Estamos dispuestos al sacrificio a condición que seamos nosotros quienes determinamos, fijamos el “cuándo”, el “cómo” y el “qué” del propio sacrificio. Pero esta forma de dar la vida no es el verdadero sacrificio. El corazón del sacrificio está en el hecho de dejar que sea Otro a determinar el “cómo”, el “qué” y el “cuándo” de nuestro ofrecimiento. El corazón del sacrificio está en la obediencia. «La santidad no consiste en dar todo, sino en dejar que Dios se lo lleve todo» (Adrienne von Speyr, Mística objetiva, Milán 1989, p.249).

Llega el momento – antes o después llega para cada uno de nosotros – en el que la demanda del Padre debe asumir el mismo rostro excesivo e incomprensible que hace tambalear a Jesús en el Getsemaní. Pero son justamente estos los momentos, las horas en las que madura la verdadera fecundidad. Es justamente en estos momentos que nuestra vida se convierte en verdadero sacrificio: en el “sí” dicho a regañadientes, a una solicitud que parece sobrepasarnos, es justo aquí que toda nuestra fecundidad se decide.

Este es el sacrificio que realmente da frutos: no se haga mi voluntad, sino la tuya.

En la imagine, Paola Marzoli, «Getsemaní», 2004, obra 598, oleo sobre lienzo.  

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