La presencia de los adultos en la educación de los hijos es el desafío de nuestro tiempo. Un testimonio desde una de nuestras parroquias, en Roma.

Las indagaciones sociológicas y los artículos actuales vienen a indicarnos que hoy la dificultad de los jóvenes está determinada fundamentalmente por la ausencia de adultos en su vida. Aparte de la ausencia física –debida a rupturas familiares, a las múltiples tareas que comprometen a ambos padres fuera de casa, a la sucesión frenética de actividades– también hay una ausencia de propuesta. Es difícil que los jóvenes sigan el mundo de los adultos, sus valores y sus propuestas; quizás, en ellos haya una resignación, ya que no parece que ese mundo tan distante traiga consigo nada interesante o significativo. A los jóvenes les cuesta hablar de sí mismos porque no tienen experiencia de que alguien les escucha. Como afirma el Papa Francisco, «se dice que nuestra sociedad es una “sociedad sin padres”. En la cultura occidental, la figura del padre estaría simbólicamente ausente, desviada, desvanecida. Aun la virilidad pareciera cuestionada. (…). [Los adultos] abandonan las certezas y por eso no dan orientaciones seguras y bien fundadas a sus hijos».

Cuando empecé a vivir la experiencia de la vocación a la virginidad, no imaginaba que mi deseo de ser padre se cumpliese. Tenía la sutil impresión de que quedaría excluido de esta experiencia: no habría tenido mujer, ni tampoco hijos. En cambio, todos estos años de sacerdocio me han impresionado porque mi deseo de acompañar y custodiar la vida de quienes he ido encontrando, sintiéndola parte de mí, ha crecido y se ha reforzado.

Es importante reconocer que todo hombre desea ser padre. Un hijo es un don que me cambia, no el éxito de un proyecto mío. Crecer en la experiencia de la paternidad significa crecer en la conciencia de ser hijo.

Para cada uno de los hombres la gran pregunta sigue siendo: ¿qué hay de bueno, de bello, de útil en aquello que sucede? La única alternativa a esta pregunta es la distracción. Ser padre significa reconocer lo que sucede y adherirse a ello, llenando la existencia de esperanza, no de sueños. Otro aspecto de la experiencia de la paternidad tiene que ver con la constatación de que cada hijo, además de ser diferente al resto, único e irrepetible, también está hecho para irse. Es cierto que soy padre para siempre, pero, al mismo tiempo, mi paternidad reconoce la experiencia del desapego y el justo deseo de que los hijos se vayan y hagan su propio camino. Esta necesidad es parte de la experiencia de la paternidad, que llena de alegría y, al mismo tiempo, no está exenta de dolor.

La relación con el padre es firme y deseada cuando el hijo percibe que el padre no está determinado en última instancia por esta relación; cuando sabe que el padre no tiene otro deseo sino el de descubrir aquello a lo que el hijo está llamado, para alegrarse, junto a él, de su vocación, y, en ella, sostenerlo.

Durante un encuentro sobre la tarea de educar, propuesto por el centro juvenil, uno de los ponentes nos reveló su asombro: estaba sorprendido por la significativa presencia de los padres. Nos decía que a sus conferencias normalmente solo acuden madres, como si la educación dependiese exclusivamente de ellas. Parece una observación banal, pero es signo de que, probablemente, todos los padres desean encontrar a alguien con quien compartir y verificar aquello que se les pide cada día. Todo padre tiene la necesidad de conocer a otro padre, que sea signo e instrumento de Aquel que es Padre como ningún otro, porque da el ser a todos en cada instante.

 

(Sergio Ghio es párroco de Santa Maria in Domnica, en Roma. En la foto, durante una fiesta del centro juvenil “Il Centro”, del cual es responsable. Foto: Stefano Dal Pozzolo).

 

 

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