Una visita a las casas de la Fraternidad en los Estados Unidos es la ocasión de un juicio sobre la realidad norteamericana y sobre lo que esta pide a los cristianos: una meditación de Paolo Sottopietra

Escribo desde Estados Unidos, donde he pasado ya casi un mes. He venido para visitar las casas de nuestros sacerdotes y para compartir un poco su vida y su trabajo. Los encontré contentos y comprometidos, dedicados al bien de la gente que nos ha sido confiada. En sus rostros, tan queridos, he vuelto a admirar la grandeza de una vida entregada para responder a Cristo, la belleza de una vocación que nos lleva a servir a la Iglesia en medio de este pueblo generoso.

Desde los primeros días me encontré en un contexto social difícil. Individualismo y competitividad son ampliamente propuestos aquí como valores positivos, desde la infancia. He escuchado muchas historias de hombres y mujeres debilitados por un extrañamiento mutuo, a menudo atacados en lo que tienen como más sagrado e íntimo, la exigencia de ser amados. Incluso el anuncio de Cristo es contrastado de manera sutil y son muchos los cristianos que se conforman con la mentalidad del mundo. He tocado con mano las heridas de una tierra en la que se ha esparcido por mucho tiempo confusión y mentira. Poco después de las elecciones presidenciales de noviembre, yo estaba en Boston. Como en otras zonas de este inmenso país, en Massachusetts la teoría de las nuevas libertades y de género se ha convertido en una autentica militancia. “Hemos llegado al punto de no poder llevar los niños a la biblioteca pública” me ha dicho un anciano profesor de bachillerato, contándome de sus nietos. “Se encontrarían a unos profesionales dispuestos a confundirles esperándolos. Están muy organizados”. Solas y obligadas por una propaganda continua a negar la realidad y a mentir sobre el bien y el mal, las personas son cada vez más frágiles e inseguras. Obstaculizando en los individuos los impulsos más verdaderos, la ideología induce en la sociedad un estado difuso de alienación que pesa sobre los corazones y quita el gusto de vivir. He advertido en muchos el miedo a manifestar abiertamente lo que piensan. Miedo de un poder invasivo e intolerante.

En esta situación, creo que a los cristianos pronto se les podrán pedir grandes sacrificios.

En el corazón de esta tierra estamos también nosotros, junto a quién sabe cuántos otros puntos escondidos que Dios construye sin ruido, pequeñas señales de las que el mundo no se percata. He aquí la sorpresa: una parroquia o una comunidad del movimiento, un grupo de familias que forman una fraternidad, una casa de curas o de monjas, un grupo de chicos en el colegio, ejercen una atracción fortísima sobre quien los encuentra. En estas pequeñas compañías es posible renacer, se puede encontrar un lugar de paz en un mundo que no conoce descanso, descubrir que la fe vivida recrea las relaciones y las hace verdaderas. El re-acontecer de este milagro me ha sorprendido de nuevo y mucho. La experiencia de la comunión tiene el poder de reconducir al bien incluso las existencias más fatigadas y aquella más marcadas por la rebelión hacia Dios. Lentamente la gente vuelve a tener esperanza y a amar, a vivir en la verdad e incluso a alegrarse.

La imagen más fuerte que tengo dentro de mí es la de un río lleno de agua que brota de la comunión de nuestras casas, del amor que se vive en las familias cristianas, alimentadas por los sacramentos que celebramos y recibimos. Es un agua que renueva todo lo que toca, otras casas, otras familias, otras vidas, una fuente que santifica la existencia, robusteciendo lo que está sano y devolviendo la energía a lo que el sufrimiento había debilitado. “Somos afortunados, padre”, he escuchado repetir una y otra vez. Muchos nos agradecen simplemente por existir y por estar aquí, a su lado. En los ojos de estas personas he visto la potencia y la santidad de Dios. Él muestra su humilde fuerza precisamente en los corazones cambiados, en las vidas curadas de la soledad y de la desesperación, en la gratitud reencontrada.

Más que nadie me han sorprendido los jóvenes. He visto sus corazones frescos abrirse a una propuesta exigente, porque sienten que la vida cristiana es hermosa y alegre. Al final Cristo vence sobre todos los condicionamientos a los que están expuestos, sobre sus incertidumbres y miedos. Me han quedado impresas las palabras, tan límpidas, de una chica que conocí: “Siento crecer en mí cada vez más fuerte la nostalgia de Cristo, de una relación concreta con él. Entre mis compañeros de Universidad no son muchos aquellos con quienes puedo hablar de estas cosas, pero algunos sí están. Por esto amo muchísimo a mis amigos más verdaderos”.

 

foto Thomas Hawk – flickr.com

paolo sottopietra

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