Imitar a Jesús significa vivir y obrar en el amor y la obediencia al Padre: aquí está el significado auténtico del trabajo.

Durante el verano estuve en Viena. Nuestros sacerdotes viven en una parte de un antiguo monasterio, donde rezan juntos en una capilla lateral de una iglesia barroca. Siempre estoy impresionado cuando miro la puerta que conduce a la sacristía, una puerta muy elaborada, decorada con marqueterías. No me asombran tanto los frescos maravillosos, pintados por grandes artistas, cuanto esta pequeña puerta que tiene una función del todo cotidiana. Su belleza revela una concepción del trabajo y una dedicación que para mí son increíbles.
A menudo en nuestras vidas huimos del trabajo como si fuera una carga alienante. Nos arriesgamos a vivir casi exclusivamente para los fines de semana y las vacaciones. El arte del trabajo parece ser el de reducir la fatiga al mínimo necesario para alcanzar un determinado objetivo. Tenemos, en el fondo, un concepto de trabajo muy similar al de los paganos de la antigüedad, que estaban convencidos de que el trabajo -especialmente el trabajo manual- era degradante. Pensaban que solo una ocupación intelectual, artística o política podía enriquecer la vida de un hombre. Hacían depender la dignidad de un hombre del tipo de actividad que realizaba, según fuera un trabajo humilde o un trabajo intelectual. Para ellos, los poetas tienen una vida divina, en cambio los campesinos una vida bestial. La raíz última de esta idea estaba en la imagen que los antiguos tenían de los dioses: seres pensantes o seres que se divertían con fiestas. Y los hombres obviamente querían imitar las vidas de sus dioses.
Nuestro Dios, sin embargo, es completamente diferente. En las primeras líneas de la Sagrada Escritura se nos dice cómo Dios creó el mundo, trabajando durante seis días y descansando el séptimo. Los Evangelios nos relatan la vida de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. Durante el período más largo de su vida, no tuvo una profesión “intelectual”, sino que trabajó como carpintero. Esto de ninguna manera disminuyó su dignidad divina. Esta, en efecto, no dependía del tipo de trabajo que realizaba, sino del hecho de que lo realizaba en el amor y en la  obediencia al Padre.
Una parte importante de la conversión de los cristianos siempre ha sido descubrir el verdadero significado del trabajo. En esta aventura, San Benito de Norcia tuvo un lugar muy especial, fundando su comunidad de monjes con el lema “ora et labora”, “ora y trabaja”. Él previó que el ritmo del día debería estar marcado por la oración, por la meditación de las Escrituras y por el trabajo. Todos estos momentos tenían la misma finalidad: la posibilidad de que el monje fuera educado a ensimismarse con Jesús. Este es el propósito que determina el peso de cada momento del día, indicando al mismo tiempo sus límites. Con el tiempo, los monasterios que seguían la regla de San Benito se convirtieron en lugares de una tal belleza que todos aquellos que tuvieron la oportunidad de frecuentarlos se sentían atraídos y cambiados en su corazón. En ellos todo debía ser bello: la oración sobria, la arquitectura esencial, la naturaleza cultivada. ¿Por qué todo lo que hacían los monjes debía ser hermoso? Porque esta belleza era el signo de la conciencia que los monjes tenían ante Dios. Ellos cuidaban también los gestos más humildes hasta los detalles más ocultos porque estaban movidos por un gran amor. Realizaron trabajos que tal vez ningún hombre podrá ver – como las estatuas en los techos de las catedrales medievales – con la conciencia de vivir ante Dios y los ángeles. El jardinero y el cocinero gozaban de la misma dignidad que el artista, porque con su trabajo daban gloria a Dios, no a sí mismos. Nadie firmaba sus obras.
Al comprometerse tan a fondo en cada cosa, los monjes no solo han producido objetos maravillosos, sino que ellos mismos han crecido como personas. Se han convertido en hombres verdaderos, creciendo en santidad. Las frecuentes fiestas en honor de Dios y de los santos encendían el deseo de alcanzar el Paraíso, recordando el significado último de la vida. Al mismo tiempo prometían una ayuda poderosa. El monje no estaba nunca solo en su labor, sino constantemente ayudado por sus hermanos, por los santos, por los ángeles y por Dios.
Todo esto me viene a la mente cuando miro la puerta de la capilla en Viena y se enciende en mí el deseo de encontrar una nueva forma de trabajar, una forma realmente cristiana, una forma que conduzca a la belleza.

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