Hay un mundo invisible que une la existencia de todos los que pertenecen a Cristo: se llama comunión de los santos. Meditación publicada en Fraternidad y Misión con ocasión de la solemnidad de Todos los Santos.

Muchas veces me he preguntado: ¿se da antes la comunión o la amistad? ¿Cuál de las dos es más grande? La comunión se me asemeja a una gran cordillera. Tengo grabada la imagen de los Alpes nevados vistos desde lo alto de las veces que he podido sobrevolarlos en un día de invierno despejado, son unos pocos minutos de una belleza extraordinaria. Las sombras, más pronunciadas por el sol deslumbrante, marcan el contorno de cada saliente. Miles de picos y crestas se alternan entre riscos y valles. Pero a poco que alzas la mirada, de nuevo la cordillera, una magnífica unidad compacta que se extiende hasta donde ya no alcanza la vista. Estas montañas, todas diferentes entre ellas, pertenecen las unas a las otras, y, aunque entre dos picos puede haber una distancia de cientos de kilómetros, participan de un único bloque, que tiene un nombre.
Me parece que la amistad se parece a la subida de un alpino a un gran pico. Una experiencia única y fascinante, que le mantiene concentrado durante horas siguiendo sus pasos, que le lleva a pisar la roca o el hielo, en el curso de un canal o teniendo el vacío a sus espaldas. La imponencia de las cumbres que afronta a veces le impide ver otras vistas, y frecuentemente la mirada se eleva hacia lo alto, hacia la cima más cercana, hacia el cielo. El resto, en esos momentos, no tiene importancia, parece que apenas existe. Sin embargo, cuando culmina el pico, un inmenso panorama se abre ante él, la gran cordillera a la que pertenece la cima.

La amistad con los dos grandes amigos de mi adolescencia nació a partir del vínculo que percibía con los jóvenes y adultos del movimiento de CL que conocí en mi colegio, en Trento. El sentido de nuestra pertenencia recíproca, fundada en el encuentro con Cristo y en el carisma que nos había fascinado, precedió claramente al surgimiento del afecto y admiración personal, que más tarde me llevaron a unirme de forma especial a algunos. La amistad que vivo a día de hoy con las personas más cercanas a mí, también se nutre de la pertenencia objetiva recíproca que se nos ha regalado antes de descubrir cualquier otro motivo de cercanía. Lo más decisivo no es la afinidad de intereses o de temperamento. Estas experiencias son reales e importantes, hacen que la vida sea bella, pero no es lo primero. La gran experiencia que sucede como fondo cotidiano de las amistades en esta fase de mi vida es la gracia de haber sido llamados juntos en la misma misión en el mundo. En definitiva, su realidad más auténtica y esencial es compartir las cosas más grandes de la vida. De hecho, a medida que va creciendo esta comunión, las amistades se van cumpliendo, a pesar de que a veces estamos llamados a vivir lejos los unos de los otros, como cimas que se alzan en extremos opuestos de una misma cordillera.
La fiesta de Todos los Santos, con la que comienza el mes de noviembre, nos habla de esta realidad.
Durante el verano de 1978, cuando tenía once años, mi tío Silvano me llevó a la cima del monte Vioz, situado en la frontera entre Trentino y Lombardía. 3645 metros de altitud. Pasamos la noche en un refugio, sin dormir mucho en realidad. A las 4:30 de la mañana ya estábamos fuera, con el frío, para afrontar la marcha hacia el Cevedale. Por primera vez vi un espectáculo inolvidable. El amanecer iluminaba un mar de niebla del que surgían los macizos más altos. Valles, senderos, bosques, glaciares, todo lo que unía estas islas había desaparecido bajo una espesa capa de nubes.
En esta tierra vivimos una situación similar. No podemos ver claramente lo que conecta nuestras vidas, los caminos que llevan de una vida a otra. No obstante, en lo hondo de nuestro ser, como si fuésemos montañas de una misma cordillera, estamos realmente unidos. Así, cada pequeño gesto nuestro afecta a la existencia de los demás. Hoy podemos no saber qué efecto tiene un pequeño gesto de comprensión ofrecido por otra persona, un gesto para participar de un dolor o de la alegría de alguien, un instante de acogida o, simplemente, de paciencia para intentar escuchar y entender lo que nos quiere decir. No sabemos exactamente cuánto importa la oración, nuestro ofrecimiento silencioso por alguien, aparentemente ignorado por todos. Pero cuando lleguemos al Paraíso, la niebla se disipará y veremos la majestuosa cordillera a la que pertenecemos, inmersa en el sol de la presencia de Dios. La fiesta de Todos los Santos es como una grieta que permite a nuestra mirada penetrar en la realidad verdadera, la definitiva, la comunión que hace de toda la humanidad una sola cosa.
Para vivir todos los días conscientes de este misterio, quizás puede ayudar aprenderse de memoria una breve oración de Egied van Broeckhoven, un joven sacerdote jesuita fallecido en 1967 en una fábrica de acero de Bruselas, donde trabajaba de forma voluntaria entre los obreros, para anunciarles la presencia de Cristo: “Dios, concédenos que nuestra amistad, mantenida en tu amor, esté destinada a la eternidad; haz que podamos ser el uno para el otro una aurora amable de tu amor eterno”.

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