En Budapest, la pastoral con los jóvenes universitarios es también una ocasión para profundizar sobre el tema de la libertad religiosa. Un testimonio desde Hungría.

En una entrevista reciente, el cardenal Louis Sako, Patriarca católico de Babilonia de los Caldeos, subrayó que, ante la situación de la iglesia iraquí, devastada durante los años del Isis, los únicos en Occidente que habían ofrecido una ayuda concreta habían sido la Iglesia católica y el gobierno húngaro. Hungría no es un país rico, ciertamente presenta bloqueos culturales. Aun así, ha hecho y esta haciendo mucho por reconstruir iglesias y hospitales de Oriente Medio, por acoger familias iraquíes y sirias, financiando los estudios y la formación profesional de los jóvenes. Todo ello desmiente una cierta posición ideologizada de estereotipos que ven en Hungría un país insensible a la situación de los perseguidos que llaman a las puertas de Europa.
El hecho de que muchos estudiantes hayan sido acogidos por la universidad católica de Budapest me ha permitido conocerles y hacerme amigo suyo. Todo se ha dado con una sencillez extrema: después de un testimonio que dieron sobre la persecución religiosa fui a conocerles. Al ver que era sacerdote se emocionaron. Desde entonces, cada semana participan en la misa de la universidad y comemos juntos. Al final, siempre discutimos por ver quién paga. «Padre», me dicen, «con todo lo que para nosotros significa ser cristianos y con lo que vosotros, los sacerdotes, hacéis, lo mínimo que podemos hacer es pagar una comida». Les he invitado frecuentemente a que lleven su testimonio ante la comunidad y el movimiento. A todos les impacta cuando cuentan.
Uno de ellos, Husam, nos contó un episodio de su vida cuando aún era niño, que fue decisivo para la maduración de su fe. Un día, en el colegio, estaba rodeado de un grupo de jóvenes musulmanes que sabían a qué familia pertenecía y, por tanto, que era cristiano. Amenazándole con cuchillos le hicieron esta pregunta: «¿Quién es el más grande: el Profeta o tu Jesús?». Husam nos contaba que hasta aquel momento nunca había pensado seriamente qué significaban para él Cristo y la fe. Era cristiano por costumbre y tradición familiar más que por convicción. Su respuesta fue: «Yo creo en Jesucristo». Él mismo quedó sorprendido. No entendía como aquellas palabras hubiesen salido de su boca. Pero desde entonces tuvo claro que la fe era lo que definía su vida. A pesar de ser una experiencia que no se la deseaba a nadie, nos decía: «Fue una gracia que me acercó a Cristo». Después nos contó que un domingo del 2005 se estaba preparando con su madre y sus hermanos para ir a misa. El padre les había llamado para decirles que no llegaría a tiempo a casa y que fuesen a una iglesia más cercana respecto a la que iban normalmente. Aquella mañana, la iglesia donde tendrían que haber ido fue escenario de un atentado terrorista. «¿Por qué Dios ha permitido que haya sobrevivido?», se había preguntado Husam. Entendió que tenía una tarea: vivir por Cristo. Recientemente, Benedicto XVI escribió que «Dios es más, incluida la sobrevivencia física. Una vida comprada por la negación de Dios, una vida que se base en una mentira final, no es vida. El martirio es la categoría básica de la existencia cristiana».
Conocer personas para las que Cristo es aquel por el que se puede morir en cada instante, nos enseña a todos que Cristo es también aquel por quien merece la pena vivir en cada instante, incluso en situaciones menos violentas que las de nuestros hermanos perseguidos.

 

(Alessandro Caprioli, sacerdote desde 2005, es capellán de la universidad Católica Pázmány Péter, en Budapest, Hungría. En la foto, durante un encuentro con la comunidad de CL).

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