Una reseña del libro de Hans Urs von Balthasar: Vocación, origen de la vida consagrada.

El cardenal Henri de Lubac, amigo y jesuita como él, le definió como «el hombre más culto del siglo XX». De hecho, con otro amigo más –como ellos, una figura imprescindible de la teología moderna, Joseph Ratzinger– dieron comienzo a la revista internacional Communio que tanta influencia tendría sobre la teología y la vida de la Iglesia en el mundo actual.
Hablamos de Hans Urs von Balthasar, sacerdote, escritor poliédrico, teólogo y padre espiritual, cuyos textos pueden parecer, a los no iniciados, poco accesibles. Sin embargo, su pensamiento se ha hecho ahora más cercano tras la publicación por Ediciones San Juan de estos seis escritos (hasta ahora inéditos en español) sobre el tema de la vocación. Se trata de una publicación promovida con ocasión del Año de la Vida Consagrada. Como bien nos testimonió con su vida y con sus obras, don Luigi Giussani nos enseñó que en la palabra vocación se compendia el misterio de la relación entre Dios y el hombre. Por eso la lectura de este libro puede ayudar a cualquiera que se acerque con el deseo de sondear este misterio, este encuentro de libertades, sea cual sea su estado de vida.

Hay un hilo que recorre los artículos y las ponencias, pronunciadas en contextos diferentes, que se recogen en el libro que nos ocupa. La llamada de Dios suscita en el hombre una respuesta: «La vocación exige en primer lugar disponibilidad incondicional e ilimitada para todo aquello en lo que Dios pudiera y quisiera utilizar y enviar al que ha sido llamado por Él… A partir de Dios, la especificación del “para-qué” del ser llamado acontece únicamente entrando en el sí de la disponibilidad libre de toda condición y reserva» (p. 116). En un mundo cada vez más frágil (y ¡qué diría Balthasar si levantara cabeza!), el sí que se pronuncia frente a la hipótesis de que Dios me llame a “algo” está siempre condicionado por reservas y cláusulas. Muchas veces ponemos requisitos, pensando que tendremos clara nuestra vocación cuando hayamos alcanzado ciertos niveles de santidad o de madurez según nuestras medidas. O bien cuando hayamos identificado lo que tenemos que hacer o ciertas normas que cumplir. Esto nos haría dueños de nuestra vocación, de nuestro destino, y nos dejaría, al final, tristes como el joven rico del Evangelio que se marcha dolido al constatar que Jesús solo le está pidiendo salir de su esquema. Y así, a menudo pensamos en la vocación como un papel y una tarea que desarrollar, olvidándonos que su fundamento es el seguimiento radical de esa novedad de vida que Cristo ha introducido en mi vida. «La vocación de los doce a un seguimiento total de vida… es todo lo contrario de una mera función comunitaria (ejercida solo “por un tiempo”), sino un empeño de vida». También hay que tener en cuenta el miedo al “para siempre”: «[el hombre] debe permanecer esencialmente abierto para todo lo que de ahora en adelante Dios dispondrá para él. La llamada viene desde el amor eterno e invita a ese amor». Si nuestra respuesta estuviera condicionada por medidas o criterios propios, quitaríamos de un plumazo la identidad misma de Dios, que es Misericordia eterna y no cuenta con compromisos a medias. «Naturalmente, el “deja todo y sígueme” sobreentiende el “para toda la vida”. Sería ridículo afirmar que, ya que el hombre es incapaz de poner en juego toda su vida, solo existen decisiones “por un tiempo”, matrimonio por un tiempo, monasterio por un tiempo» (p. 64). Insiste von Balthasar: «Debe quedar claro y firme que la vocación reclama la vida entera del hombre y requiere una correspondiente respuesta total, y que el “una vez para siempre” de la donación pertenece a la forma fundamental de toda vida de vocación» (p.123).

También en este caso no se trata de encajar en un plan ajeno, sino de reconocer una vez más la abrumadora libertad de Dios que cuenta con la libertad de su criatura. Si Dios elige desde siempre y para siempre (pensemos en la experiencia de los profetas, asombrados ante la ternura de Dios que les dice «desde el vientre de tu madre yo te escogí…»), ¿por qué poner limitaciones a lo que Él decide? Bien conoce Dios al hombre: sus talentos y sus errores, sus grandezas y sus miserias. Él es libre, y sabe lo que hace. Lo que a nosotros nos parecería un problema o un riesgo excesivo, para Él es una oportunidad de manifestar su Gracia. En 1959, don Giussani lo expresaba en una intervención publicada con el título Vida como vocación: «Dios me ha llamado, a mí, desde la nada. Entre millones de seres posibles a los que llamar, Él me ha escogido y me ha llamado a mí. Mi vida está constituida por esa llamada. Mi vida sigue porque Él sigue llamándome, impidiéndome recaer en el silencio de la nada del que me sacó. Mi vida es una Voz que me llama, la Voz potente de Aquel al que cada cosa debe su existencia; mi vida es respuesta obligada a esa voz que me llama».

Sin embargo, podemos seguir sufriendo la misma tentación: la de decidir nosotros la forma de la vocación, es decir, nuestro rostro, nuestra identidad y nuestra tarea específica. «Hoy los síes restringidos con cláusulas condicionantes están paralizando por todas partes las vocaciones, como el mildiú enferma a las vides. O se quiere comprometer solo por un tiempo (y así quita a Dios toda posibilidad de disponer del hombre entero), o tan solo para un trabajo determinado que se tiene en mente, que le atrae o le parece adecuado a la época… dondequiera suceda algo por el estilo, solo se pregunta superficialmente qué necesita “la Iglesia”, o tal vez qué necesita “nuestro presente”, o aún peor: qué necesita el sacerdote o el religioso de hoy para desarrollar armónicamente su personalidad. Pero ya no se pregunta qué necesita Dios. Solo una donación total y que no pone condiciones es digna de ser utilizada por Dios en el sentido de su Reino» (p. 119).
Con la finura que le caracteriza, von Balthasar no se arredra a la hora de plantear de forma diferente el problema –si así lo podemos llamar– de la escasez de vocaciones. La circunstancia en la que los cristianos estamos llamados a vivir pone de manifiesto que, ahora más que nunca, ha llegado la hora de testimoniar una vida cambiada y afrontar el problema vocacional desde una perspectiva diferente. Ahora sí podemos preguntarnos: ¿qué le hace falta al mundo? Hombres y mujeres apasionados por la realidad, que no tengan miedo a decir su frágil sí, reconociendo la absoluta libertad de Dios.
Resulta evidente, por tanto, que solo volviendo a mirar a Cristo volverá a cumplirse la gran promesa que subyace a toda forma de vocación: la fecundidad. «Los discípulos, que han salido de una vez para siempre de su mundo y tienen su lugar estable en y junto a Cristo, describen siempre de nuevo el movimiento del ser enviados por Cristo al mundo y del regreso desde el mundo a su punto de reposo: Cristo» (p. 26). Es Jesucristo el verdadero descanso de nuestra vida, es Jesucristo el lugar firme en el que permanecer. Sin Él, nada construye.

Aqui el articulo en la pagina web huellas.org.

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