La virginidad, la unidad y la alegría son los signos que Cristo ha puesto en el mundo para llamarnos a Él. Meditación de Paolo Sottopietra.

 

Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios (1Cor 3, 23).

Todo es nuestro o, como escribe don Giussani, «todo está dispuesto para ser asumido en el ámbito de la Iglesia»[i]. «El llamamiento cristiano es ante todo una llamada a conquistar el mundo en el sentido evangélico: el Reino. Tener sentido del Reino significa tener sentido misionero».[ii]

«Cristo es el misionero del Padre»[iii], nos ha recordado don Massimo, citando a don Giussani: «Si le hubieran preguntado a Cristo: “¿Quién eres?”, no habría podido más que responder: “Yo soy el misionero del Padre”»[iv]. Pero Cristo a su vez continúa invitando a los hombres prolongando su misión en ellos, ¡en nosotros! Es Él quien nos hace misioneros. Este nexo, aparentemente tan vertiginoso, se explica en el evangelio de san Juan: «quien acoja al que yo envíe me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a Aquel que me ha enviado» (Jn 13,20). Entonces, toda misión proviene del primer acto de envío, por el cual el Padre envía al Hijo. Y, del mismo modo, «es Él quien tiene que reinar a través de nosotros»[v]. Nosotros, en cuanto misioneros, es decir, enviados por Cristo, estamos llamados a ser instrumentos de su reino en toda la realidad, en el mundo y en el corazón de los hombres.

¿Qué quiere decir que Cristo reina a través de nosotros? Jean Daniélou, en su meditación sobre el fin misionero de la Iglesia, escribe: «(…) nosotros podemos ayudar al Verbo en su obra siendo signos transparentes, inteligibles, mediante los cuales Él podrá manifestarse en el mundo»[vi]. Esto es lo que quiero subrayar: estamos llamados a convertirnos en «signos verdaderamente transparentes». Ya somos signo, ya nos ha constituido a través de su manifestación y por esta razón hemos sido enviados; pero también es verdad que debemos convertirnos en aquello que aún solo somos de forma imperfecta. Es decir, podemos crecer en aquella transparencia del significado que hace que el signo sea realmente eficaz. Don Giussani es más explícito: «La misión es la otra cara de la palabra “conversión”. Conversión y misión son lo mismo: el intento de llevar el misterio de Cristo, de la Iglesia, a nuestras circunstancias; conversión es la identificación de nuestra vida con la misión de Cristo»[vii]. En otro texto, subraya: «Misión –decía Juan Pablo II en su mensaje a los movimientos en Bratislava–ante todo significa comunicar al otro las razones de la propia experiencia de conversión [del propio amor a Cristo]»[viii]. Podemos ser signo concreto de su presencia –hasta el punto de que otros puedan ver en nosotros a Aquel que nos ha enviado–, si le transparentamos. Somos instrumentos de su reino, si Él reina en nosotros. Esta es la tensión dramática que afrontamos todos los días, porque existencialmente aún no somos del todo lo que somos a nivel ontológico. Cristo reina a través de nosotros porque nosotros somos suyos. El mundo es reconducido hacia Dios, hacia el Padre, ante todo por nosotros, porque nosotros somos de Cristo y Cristo es de Dios. En definitiva, somos signo, somos instrumento de su reino, si se hace realidad en nosotros la frase de Pablo, vosotros sois de Cristo (1Cor 3,23). La belleza de nuestra vida, la verdad que se refleja en nuestras relaciones y atrae a quien se topa con nosotros, la caridad que podemos llegar a tener los unos hacia los otros, todo ello se apoya en nuestro movimiento de conversión personal y comunitario. Si amamos a Cristo, queremos el mundo para Él. El sacrificio de la conversión hace que nuestra vida sea signo para el mundo. Todo es nuestro, si somos verdaderamente de Dios, si nuestra vida le pertenece realmente y se adhiere a Él.

Entonces, si nuestra conversión significa llegar a ser lo que somos, debemos observar el valor ontológico de la experiencia que se nos ha concedido, mirando los signos que el mismo Cristo ha puesto en el mundo a través de los hombres que son suyos. Son signos anticipados de la realidad definitiva, del reino cumplido de Dios. Se nos dan a nosotros como dones, pero también como deberes que requieren un camino y un esfuerzo por nuestra parte.

El primero de estos dones es la virginidad; el segundo, la unidad; y, el tercero, la alegría.

 

Virginidad

Dios ha llamado a los hombres a la virginidad, nos ha llamado a vivir como él. Quién pueda entender, que entienda (Mt 19,12), dice Jesús. Esta llamada no viene del hombre, no responde a categorías humanas, solo se entiende –así nos lo enseñaba don Giussani en los encuentros de la verífica– como imitación del modo en que vivió Cristo. La virginidad «no tiene más razón de ser que el hecho de Cristo tal y como se muestra, tal y como se revela a la conciencia, a la personalidad: la razón de ser de la virginidad en sentido estricto es únicamente la imitación de Cristo. Literalmente, es el hecho de que Cristo vivió así»[ix].

Por tanto, es necesario que un hombre sea tocado por el Espíritu Santo para poder entender y adherirse a esta forma de vida.

Sin embargo, paradójicamente, en nuestra mente constatamos de forma dramática que la virginidad brilla hoy con una evidencia particular en su valor de signo –como referencia a otro mundo– sobre todo porque está desacreditada y es rechazada. En efecto, durante los últimos meses, reflexionando sobre las raíces de las campañas de difamación hacia los sacerdotes, hemos entendido que la razón última del odio consiste en que la virginidad es, en sí misma, el signo de un más allá, de un imposible que demuestra ser real. Si la virginidad fuese mentira, un engaño de hombres que ocultan su corrupción detrás de una noble fachada, entonces todo sería corrupción. Y si todo fuese corrupción, yo estaría justificado en mi propia corrupción, nadie ni nada me podría acusar, nadie podría ponerme límites. Aquí se encuentra la raíz y el fin del ataque: demostrar que todo es fango y oscuridad, porque si hubiese un punto de luz, estaríamos obligados a caminar hacia ella. Por el contrario, si la virginidad es real, el hombre no puede evitar tomar posición frente a Cristo (¡el verdadero contenido del anuncio de la Iglesia!), porque no puede eludir la llamada que de ella proviene. Pero si la virginidad es mentira y ficción, si en realidad no existe, somos libres de seguirnos a nosotros mismos, a nuestro instinto, a nuestras pasiones y nuestra voluntad de dominio. Es así como razona el mundo que ha rechazado y sigue rechazando a Cristo: Es un reproche contra nuestros criterios, su sola presencia nos resulta insoportable, lleva una vida distinta de todos los demás y va por caminos diferentes (Sab 2, 14-15). Quien vive la virginidad está asociado a este destino de profecía y martirio (lo mismo sucede, aunque de forma diferente, para quien vive el matrimonio en la indisolubilidad de la fidelidad conyugal).

François Mauriac, en el ensayo titulado Jueves Santo, escribe: «Parece que faltan curas, pero, en realidad, ¡qué admirable misterio que aún haya curas! En vez de privilegios humanos obtienen la soledad, más frecuentemente, el odio, la burla, y, sobre todo, la indiferencia de una sociedad que parece no tener ya espacio para ellos (…). Sumergidos por entero en una atmósfera pagana, su virtud podría suscitar la simpatía del mundo, si el mundo aún creyese en la virtud. Supervisados y espiados, los que caen son denunciados por todas partes; en cuanto a los otros, que son la inmensa mayoría, nadie se maravilla de verles esforzarse duramente sin recibir ningún tipo de respeto, inclinarse sobre cuerpos agonizantes, implicados en las tareas de la parroquia […]. Las palabras de Cristo hacia ellos son una realidad de cada día: “Os mando como ovejas entre lobos. Todos os odiarán a causa mi nombre”»;[x]. Mauriac publicó este texto en 1931, pero sus palabras parecen haberse escrito hoy, al describir situaciones que también nosotros experimentamos de manera directa.

Del mismo modo, Hans Urs von Balthasar, en un texto publicado en 1974, escribe: «Y si (…) hoy estamos desarmados y somos  despreciados, es necesario volver al hecho de que virginidad y cruz, que es ignominia, mantienen una estrecha relación»[xi]. En la renuncia al mundo brilla ese punto de luz que es escandaloso: como vírgenes, somos en el mundo una voz que la mentalidad dominante debe reducir al silencio, porque pretendemos que se oiga la llamada a una conversión, algo que para el mundo es inaceptable. Es una voz que no se eleva en protestas, no grita, no se oye en las plazas (cfr. Mt 12, 19), pero su discreción indica potentemente la verdad de otro mundo y exige dulcemente el cambio de este mundo nuestro: «(…) es otro mundo que existe y que debemos, en nuestra pobreza, reconocer siempre, cada vez de forma más potente, de modo que sea más habitual y familiar, para que nuestra presencia en el mundo sea cada vez más redentora, es decir, nos haga más humanos a nosotros mismos y a los demás»[xii].

La virginidad muestra la realidad de un amor más grande y verdadero propuesto para todos, que los hombres, aunque lo buscan, no saben vivir. La virginidad muestra en el presente la posibilidad de un cumplimiento más auténtico de la experiencia humana, un modo de poseer la realidad más verdadera y profunda de lo que cualquier perspectiva puramente humana podría nunca ofrecer. «Jesucristo, con su virginidad, no era un mutilado. (…) La virginidad de Cristo era una forma más profunda de poseer (…) las cosas»[xiii]. Este don de la gracia, vivido por hombres concretos que comparten con el resto las mismas condiciones materiales, se convierte en el signo de algo verdaderamente nuevo. La virginidad, afirma Giussani hablando a los Memores Domini «es la experiencia que resume todo el genio, la capacidad de obrar y de querer, el amor a lo humano de los monjes desde el 500 al 1300 (…). Viendo cómo estaban juntos [estos hombres dedicados a Dios], la gente que vivía a su alrededor entonces, los bárbaros, empezaron a entender cómo se estaba entre marido y mujer, entre padres e hijos: así nació la concepción cristiana de familia, la experiencia de familia tal como se vive cristianamente»[xiv]. Así, Dios confía a las comunidades formadas por personas llamadas a la virginidad la tarea de ser un «pequeño boceto del mundo»[xv] –don Giussani definía así a las casas de Memores Domini–, semilla de un modo de relacionarse renovado por la caridad a la que están llamados todos los cristianos, sea cual sea su vocación específica. «La virginidad, en el ámbito de la comunidad cristiana, está en función del fin de la vida y constituye su testimonio. Por eso allí donde una comunidad cristiana vive en serio, los llamados a la virginidad y los matrimonios sienten un afecto y una compenetración mutuas, constituyen una compañía profundísima porque no son dos cosas separadas, sino dos funciones distintas de la misma realidad»[xvi]; «la virginidad es la virtud cristiana que es el ideal de toda relación, también de la relación entre un hombre y una mujer casados (…). Y quien se casa, nuestras familias, mejor, las pocas que de verdad alcanzan una conciencia seria de lo que es su relación, sienten veneración por quien vive la virginidad y desean tener relación con ellos»[xvii].  Las palabras de Giussani sobre la virginidad son de las más decisivas que hemos escuchado, tanto que han aclarado en nosotros, cuando aún éramos muy jóvenes, la intuición de la finalidad de la llamada de Dios que percibíamos y que después han determinado la forma de la vida de todos nosotros. No las olvidemos, aunque repetirlas hoy puede hacer que muchos nos miren como retrógrados o irresponsables. Para la mentalidad común en la que vivimos, la virginidad solo es un legado insensato de épocas pasadas y oscuras. Pero la enseñanza que hemos recibido sigue siendo verdad hoy como lo fue ayer, y es un don para todos, ¡empezando por muchos hermanos cristianos actualmente tan confundidos! A nosotros se nos confía la responsabilidad de custodiarla, además de vivirla.

Añado un último inciso para profundizar, dirigiendo la mirada de nuevo dentro de la Iglesia. Joseph Ratzinger, en un texto importante para nosotros, publicado por el entonces cardenal prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe durante el congreso de los movimientos en 1998, escribía. «La Iglesia latina ha subrayado de forma explícita el carácter rigurosamente carismático del ministerio presbiteral [es decir, ha considerado el sacerdocio como un don de Dios que ninguno puede atribuirse a sí mismo], y lo ha hecho (…) vinculando la condición presbiteral al celibato, que con toda evidencia solo se puede entender como carisma personal, y no simplemente como peculiaridad de un oficio». De nuevo, la virginidad, y, por tanto, el celibato sacerdotal, es un don del Espíritu, una llamada que solo puede venir de Dios. «La pretensión de separar la una [la condición presbiteral] de la otra [del celibato] parte, en definitiva, de la idea de que el estado presbiteral no es carismático [es decir, fruto de un don del Espíritu Santo],  sino un puro y simple ministerio que depende de la institución correspondiente para su seguridad y sus propias necesidades [en otras palabras, es un servicio que la Iglesia da a quien quiere, para su funcionamiento interno]. Si se pretende insertar de esta forma el estado presbiteral en la propia realidad administrativa con sus seguridades institucionales, el vínculo carismático, que es intrínseco al celibato, es un escándalo que hay que eliminar cuanto antes»[xviii].

La relación entre sacerdocio y celibato puede concebirse como una limitación inútil, que reduce, por ejemplo, la posibilidad de la presencia de sacerdotes en las comunidades privadas de sacramentos. En última instancia, esta relación se pone en entredicho porque no concuerda con una visión funcional de la propia Iglesia, en la que el sacerdocio, siguiendo el modelo protestante, se reduce a un puro encargo de servicio, en su mayoría temporal. Ratzinger lleva la reflexión hasta las últimas consecuencias: «Pero entonces [en esta visión de las cosas donde, en última instancia, se desliga el ministerio del sacramento y el sacramento del ser de la persona] la Iglesia en su conjunto también se entiende como una institución puramente humana, y la seguridad a la que aspira, no devuelve en absoluto lo que debería lograr. El hecho de que la Iglesia no sea nuestra Institución sino, más bien, el irrumpir de otra cosa, que por su naturaleza es iuris divini, implica, en consecuencia, que nunca podremos crearla nosotros mismos». Por el contrario, concluye Ratzinger, «(…) la Iglesia es enteramente ella misma solo donde se trascienden los criterios y métodos de las instituciones humanas»[xix].

En otras palabras, la virginidad se convierte en signo de la naturaleza divina de la Iglesia. La Iglesia es un don de Otro, es Jerusalén que desciende de lo alto, brota de lo eterno, del misterio mismo de Dios y surge en la historia convocada por una voz que no es humana: la virginidad es signo permanente de todo esto, ¡también en la Iglesia y para la Iglesia! Por eso se ha ligado al sacerdocio. Una Iglesia en la que desapareciese la experiencia de la virginidad ya no sería signo en sí misma, ya no sería canal de algo que va más allá de lo que el hombre puede realizar por sí mismo. De forma análoga, escribe von Balthasar, si desaparece el celibato sacerdotal también «la realidad ontológica de la Iglesia desaparece, detrás de una estructura sociológica manipulada por los hombres»[xx]. Y añade: «Puede que en una Iglesia futura haya una minoría de sacerdotes célibes. Puede ser. Pero también puede que siguiendo el ejemplo de la minoría se encienda en la Iglesia una nueva evidencia de lo adecuada e indispensable que es esta vida. Puede que estemos obligados a atravesar un periodo de hambruna y sequía, pero precisamente esta carencia podría suscitar nuevas vocaciones o, más bien, un coraje renovado que responda a las vocaciones que nunca faltan»[xxi].

Llamados a la virginidad, los hombres elegidos por Dios constituyen en medio de su pueblo y del mundo un signo escatológico, y no porque sean mejores que los demás, ni siquiera porque se comporten de modo irreprensible, sino sobre todo por la misma forma de su vida. De hecho, esta forma participa de la que será, según el plan de Dios, la condición final de la humanidad. Pero también es cierto que la experiencia concreta de la virginidad se alimenta de la conciencia de Aquel que nos llena, un Dios vivo y presente. Por lo tanto, no podremos vivir cotidianamente en la virginidad, si la oración no llena nuestra jornada, si no permanecemos en relación con Aquel que nos ha llamado, si no profundizamos progresivamente en el conocimiento, si no nos identificamos cada vez de modo más consciente con él. Solo si somos de Cristo, seremos vírgenes.

Por ello, debemos amar y enseñar a amar la virginidad en su valor ideal. Debemos ayudarnos a vivirla, abrazando conscientemente la lucha por la castidad –que implica un esfuerzo constante pero que dona también una progresiva libertad–, retomando continuamente la tensión por imitar a Cristo en todo y pidiendo que venga en ayuda de nuestra debilidad con su gracia, después de cada caída que haya ido en contra de lo que él ha hecho de nosotros, por muy leve que sea. Cada día debemos convertirnos a Cristo, única razón de nuestro modo de vida, único Tú al que nos donamos de un modo total y que puede hacer que cada gesto nuestro sea completamente humano. Ayudémonos, de modo que nuestro compromiso cotidiano sea real, a pesar de seguir llenos de imperfecciones y necesitados de la misericordia de Dios. Ayudémonos, de modo que nuestra respuesta a su llamada, aunque muchas veces coja e imperfecta, sea cada vez más sincera. Nuestra vida será entonces signo e irradiará algo que no viene de nosotros, y su belleza gritará al mundo que Cristo es todo, que Cristo es verdadero. Le pedimos a él la gracia de que este testimonio suceda en nosotros, no solo objetivamente, es decir, por la forma de vida que hemos abrazado, sino también por su contenido concreto en nuestros días, por la experiencia de sacrificio y consuelo, de fortaleza y cumplimiento, de lucha y dignidad que nos hace más humanos, ante todo a los que seguimos a Cristo.

 

Unidad

El segundo don que recibimos de lo alto es nuestra unidad. A esta también se llega por gracia, como respuesta del Padre a la petición de Cristo durante la última cena: Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti. Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros (Jn 17,11).  No solo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17,20-21). El Padre responde a la oración de Jesús donando el milagro de la unidad a los que le pertenecen. Don Giussani nos ha enseñado que «(…)el signo que demuestra exhaustivamente el poderío de Cristo, la presencia de Cristo, es nuestra unidad. No sería Dios si no fuera capaz de crear unidad entre nosotros, no sería Dios si no fuera capaz de regenerar al ser humano dividido, destruido, con esta unidad nueva»[xxii].

También la unidad entre nosotros, en la Fraternidad, en el movimiento y en la Iglesia, es un signo que anticipa algo humanamente imposible, históricamente insostenible, que sucede por gracia y lleva al mundo un reflejo de lo que serán las relaciones entre los hombres en el mundo definitivo. Aquí, en la tierra, nosotros somos «almas cansadas y sedientas»[xxiii]. Son muchas las heridas acumuladas en el tiempo a causa de los roces que trae contigo una relación estrecha. Cada pequeña o gran herida que nos hacemos los unos a los otros provoca dolor y este nos lleva instintivamente a cerrarnos. Así, crecen fácilmente entre nosotros muros defensivos, porque el miedo a sufrir nos lleva a alejarnos del otro, hasta el punto de rechazarlo y excluirlo de nuestra vida. Pero si somos leales con nosotros mismos, nos damos cuenta de que en el fondo de este sufrimiento, de algún modo, siempre se pone en juego nuestra libertad, que a menudo escoge el egoísmo o la autonomía en la relación con los demás, el orgullo con el cual todos, en mayor o menor medida, tendemos a dominar sobre el otro.

Estos muros defensivos son sobre todo obstáculos o barreras que hacen más difíciles las relaciones entre las personas, que vuelven más rígido el cuerpo de la comunidad a la que uno pertenece. Sus efectos –las distancias personales, cerrarse al diálogo y al hecho de compartir lo que uno es, las dificultades para colaborar, las incompatibilidades– van aumentando con el paso del tiempo y es como si provocasen una esclerosis en el sujeto comunitario del que formamos parte: una casa, la Fraternidad, el movimiento. La juventud de una comunidad, en cambio, es el resultado de la apertura de cada uno de sus miembros, que acoge una y otra vez al otro después de cada ofensa, después de cualquier desatención o descuido intencionado, después de cada pecado cometido. Lo que vale para una familia, vale también para una comunidad como la nuestra. Entonces, la unidad con el otro, en nuestra vida marcada por el pecado, no es posible históricamente más que en la forma de perdón. Nuestro resplandor como signo que somos, puesto que estamos constituidos como unidad, proviene de nuestra disponibilidad para perdonar y dejarnos perdonar, para acoger y dejarnos querer.

«Creo (…) que el núcleo de la crisis espiritual de nuestro tiempo tiene sus raíces en el oscurecerse de la gracia del perdón»[xxiv], nos decía Ratzinger durante el Meeting de 1990, hablando de la Iglesia como una compañía siempre necesitada de reforma, es decir, siempre en camino de conversión hacia Cristo. La reforma profunda de cada comunidad, ya sea grande o pequeña, tenga una larga o corta trayectoria, pasa por el perdón. «La Iglesia (…) es (…) una comunidad de pecadores convertidos, que viven en la gracia del perdón, transmitiéndola a su vez a otros»[xxv]. En este caso también se trata de una experiencia fatigosa e imperfecta, de un camino que siempre hay que retomar y que está lleno de caídas; pero si la disponibilidad para volver a acoger al otro en nuestra vida es sincera y se vive realmente –al menos como intento–, se convierte en signo y se transmite a los demás.

Leyendo la Carta a los Romanos durante la hora de silencio me sorprendía el capítulo 15, que describe la dinámica del perdón en la unidad de una comunidad cristiana como una fuente de gloria para Dios. Que el Dios de la paciencia y del consuelo, escribe san Pablo, os conceda tener entre vosotros los mismos sentimientos [se está dirigiendo a los cristianos provenientes del pueblo hebreo y a los convertidos del paganismo, que tienen que aprender a acoger las diferencias entre ellos; lo que escribe san Pablo también sirve para las diferencias entre nosotros], según Cristo Jesús, de ese modo unánimes [es decir, en la unidad vivida sobre el juicio de afecto por lo que es valioso], a una voz [en la unidad sensible donde se expresa una pertenencia común], glorificaréis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Por eso, acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios (Rm 15, 5-7).

Solamente es posible acogernos los unos a los otros y dar gloria a Dios si recordamos que nosotros también hemos sido acogidos por Cristo, como san Pablo dice de sí mismo, cuando aún éramos enemigos (Rm 5,10). Al ser mirado con estos ojos, el hermano se convierte verdaderamente en sacramento de Cristo, a través del cual llegamos a Él. Así sucede también entre marido y mujer. La unidad que Cristo hace posible entre nosotros, al tratarse precisamente de una acogida recíproca, es una experiencia tan radical como la de la virginidad. Cada acogida es una experiencia radical porque es gratuita, y, por este motivo, es atractiva y corresponde. Por tanto, la fe es el fundamento de esta acogida gratuita, el elemento unificador objetivo sobre el que se puede construir la acogida. En efecto, dice san Pablo en el mismo capítulo: Que el Dios de la esperanza os colme de alegría y de paz viviendo vuestra fe, para que desbordéis de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo (Rm 15, 13). Esta fe tiene como objeto a Cristo y al designio del Padre sobre nosotros: un designio de unidad para todos los hombres en la misma fe (cfr. Rm 15,8-9).

Por otro lado, la fe se nutre de memoria, porque yo puedo realmente aprender a identificarme con los sentimientos del otro según Cristo Jesús (Rm 15,5): es la contemplación de Cristo lo que nos permite acoger a nosotros, que no somos capaces. Por ello, tengo que mirar insistentemente su corazón «manso y humilde» (Mt 11,29) y aprender de él. Tengo que mirar con frecuencia el misterio que ha atravesado hasta llegar a mi salvación, en la iniciativa divina y humana con la que ha sufrido por mí, me ha perdonado y rescatado del mal por puro amor. Debemos, en definitiva, volver continuamente a la Sagrada Escritura, ayudados también por la liturgia que celebramos cada día. Los evangelios nacen de este mirada sobre Cristo: al narrarnos sus encuentros, las relaciones que establecía y los juicios que expresaba, nos ofrecen una reflexión de lo que él vivía en su interior. Los salmos también son fruto de esta contemplación, proféticamente concedida por algunos grandes espíritus del Antiguo Testamento, de modo que pudiesen infundir en nosotros, en palabras, el flujo de sus pensamientos y sentimientos. No deberíamos nunca separarnos de la Sagrada Escritura –que en su totalidad habla solo de él–, para conocerle, para crecer en relación con él, para alimentar nuestra admiración y nuestra memoria.

(…) cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo (Rm 5,10). Cristo se da por anticipado, por el bien de aquellos que no lo conocen o lo rechazan. Se da por entero a mí. Nos ha perdonado antes y sin que se lo pidiéramos. (…) me han encontrado los que no me buscaban; he dicho: «Heme aquí, heme aquí» a un pueblo que no invocaba mi nombre (Is 65,1). Si contemplamos –aunque sea mínimamente–, este misterio, es enorme el atractivo que esta gratuidad obra en nosotros. No se puede comparar con nada. Contemplar esta belleza nos cura. En el fondo, la parábola de los dos sirvientes (Mt 18, 23-35) dice exactamente esto: únicamente mirando la inmensidad del don recibido por Dios –(…) toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste (Mt 18,32)– podremos abrirnos para conceder nuestro perdón, ese don humano que necesita nuestro hermano, de modo que la unidad entre nosotros se restablezca y colme la distancia que nos había separado. Contemplar a Cristo no solo nos cura mediante la acogida recíproca entre hermanos, sino que nos comunica una pasión paciente por la humanidad, que espera a Cristo a pesar de rechazarlo o no conocerle. Nos hace desear ser signo de lo que fue su vida en la tierra, una acogida gratuita, anticipada, inmerecida y dirigida a todos.

Hermanos, concluye san Pablo, yo personalmente estoy convencido de que rebosáis buena voluntad y de que tenéis suficiente saber para aconsejaros unos a otros (Rm 15,14). La corrección es el instrumento cotidiano de nuestra unidad recíproca, siempre que sea vivida a partir del amor (dilectio) y del conocimiento (scientia) del que Cristo nos llena si vivimos en él.

La gloria de Dios que brilla en la unidad entre los hombres comienza por tanto en la cotidianidad de nuestras casas, en el esfuerzo paciente de nuestras relaciones, allá donde reina la piedad que don Massimo invocaba como alma de las relaciones entre nosotros[xxvi]. En estos días hemos sido llamados a tener en cuenta una realidad que puede convertirse en una pedagogía preciosa de esta piedad. Me refiero a nuestros hermanos enfermos. «Todos nosotros», decía don Oreste Benzi,«o cualquiera que esté en contacto con nuestros hermanos siente algo que está más allá [lo hemos percibido claramente al escuchar con una profunda conmoción el testimonio de los amigos que trabajan en hospitales], más grande, diferente, que te hace ser otro (…). Cada vez que la sociedad se defiende de ellos “eliminándolos”, se deshumaniza [por ello las leyes que justifican la elección del llamado “suicidio asistido” o de la eutanasia son un grave herida en la vida de una sociedad, porque la lógica en la que se basan llega a la misma credibilidad sobre el amor y en el tiempo deshumaniza a un pueblo entero]. Ahí donde estamos nosotros, tienen que estar ellos [los hermanos que sufren], para que los hombres sean verdaderamente hombres»[xxvii], es decir, abiertos al misterio de Dios, más grande que cualquier cálculo nuestro.

 

Alegría

Por último, el tercer signo después de la virginidad y la unidad es la alegría, un don que nos habla de la meta y, al mismo tiempo, nos indica la necesidad de aceptar el cansancio del camino.

En un fragmento de La verdad nace de la carne, don Giussani escribe: «(…) el testimonio sigue siendo nuestra tarea, una tarea cuyo resultado no está en nuestras manos, porque depende de los tiempos que Dios establece. De todas formas, existe una voz que se hace oír en el vacío del mundo, un signo que señala el cambio que nace en quien reconoce al Misterio (…): la alegría, la experiencia de la alegría (…). La palabra “alegría”–más que la palabra “vida” y aún más que la palabra “verdad”– es absolutamente ajeno al engaño (…) no aguanta ninguna falsificación [no se puede simular la alegría con una postura falsa; donde hay alegría, hay verdad en la experiencia de quien la vive]. Toparse con la alegría es el aspecto más clamoroso del testimonio. Debemos tender hacia la alegría, hacia esa dicha serena que puede convivir perfectamente con el mayor dolor (…), incluso frente a la muerte (…)»[xxviii].

¿Qué significa la tarea de tender hacia la alegría? Podemos intentar vivir siempre en contacto con lo que genera en nosotros una alegría verdadera, tender a una continua comunión con Cristo y los hermanos; podemos intentar rechazar lo que apaga esta comunión en nuestros corazones, el pecado que ensombrece estas relaciones. No podemos pretender vivir en la alegría porque no podemos dárnosla nosotros mismos; pero podemos intentar elegir a Cristo, que nos ha prometido su alegría, y evitar lo que no es compatible con él, porque esto contradice la posibilidad de la alegría[xxix]Alegraos en el Señor (Fil 4,4), escribe san Pablo a la comunidad cristiana de Filipos. En el Señor está la fuente de toda alegría verdadera, de aquel sentimiento que explica la fe y la esperanza y que nos permite ser fuertes incluso en la tempestad del dolor o de la adversidad. La afirmación de que la alegría es una tarea me recuerda, incluso en la diferencia de sensibilidad, a Chiara Amirante, la fundadora de Nuevos horizontes. Entre los miembros de la comunidad, algunos (los llamados «Pequeños de la alegría») realizan, además de los tres votos clásicos, el «voto de alegría». Parece extraño, ¿cómo obligarse a vivir una realidad que es la más gratuita e irreproducible de todas? Chiara explica que con este voto se asume «la tarea de testimoniar que Cristo Jesús es el Camino que lleva a la plenitud de la alegría»[xxx].

La página de don Giussani que he empezado comentando concluye así: «Tenemos que implorar al Señor que nos haya testigos suyos a través de la alegría. La alegría se da al igual que la transfiguración: no es un estado continuado, así lo será solo en el Paraíso [esta es la llamada a la meta que se encuentra intrínseca en la experiencia de la alegría]. Sin embargo, que estalle o se insinúe, que se infiltre por sorpresa, que murmure en nuestra vida o en ocasiones dé voces, es lo que esperamos cada día. Aguardamos día tras día que la alegría, según el designio y la voluntad del Padre, salpique nuestro camino de momentos que son como piedras miliares que señalan la dirección correcta, el destino perseguido con acierto, la meta inconfundible [la alegría es consuelo en el camino de la conversión, porque indica el buen camino, nos anima a seguir]. (…) suplicamos a la Virgen que interceda ante Dios por nosotros, para que todos recibamos la gracia de que nos visite la alegría, esa alegría que no necesita olvidar ni censurar nada; la que mana solamente de la actitud de Abrahán –«Dios es todo»– (…). La alegría brota solo de esta aceptación (…) a Cristo»[xxxi]. Por este motivo la alegría es el signo inequívoco de él y puede llegar a ser «testimonio supremo (…) en medio de la soberana confusión que nos rodea, de la tremenda obtusidad y banalidad del mundo»[xxxii].

Por tanto, todo es nuestro, si nosotros somos de Cristo (cfr. 1Cor 3,22-23). Cristo entra en nuestra vida y la transfigura –obrando el milagro, lo que nosotros no podemos reproducir–, llenándola de dones y realizándola en una vida verdaderamente humana.

 

 

(Imagen: Marc Chagall, detalle del vitral «Paz», Edificio de las Naciones Unidas, Nueva York, 1964).

[i] L. Giussani, El camino a la verdad es una experiencia, Ediciones Encuentro, Madrid: 2006, p. 143.

[ii] L. Giussani, Educar es un riesgo, Ediciones Encuentro, Madrid: 2012, p. 92.

[iii] Massimo Camisasca, hablar de Cristo y hablar con Cristo, Fraternidad y Misión: enero 2010. [http://sancarlo.org/es/parlare-cristo-parlare-cristo/]

[iv] Ibíd.

[v] Ibíd.

[vi] J. Daniélou, Il mistero della salvezza delle nazioni, Morcelliana, Brescia 1958, p. 41; [La traducción es nuestra].

[vii] L. Giussani, Annunciare la parola di Dio, estratto da Rivista Diocesana Rimini, 59-60 (1971), 17-54, p. 39; [La traducción es nuestra].

[viii] L. Giussani, Appunti dalla giornata conclusiva dell’anno sociale, inserto in CL-Litterae Communionis, 7-8 (1991), p. 7; [La traducción es nuestra].

[ix] L. Giussani, Annunciare la parola di Dio, Op. Cit. p. 48; [La traducción es nuestra].

[x] F. Mauriac, Giovedì Santo, Morcelliana, Brescia 1955, p. 36-37; [La traducción es nuestra].

[xi] H. U. von Balthasar, Vivere nel celibato oggi, in Lo Spirito e l’istituzioneSaggi teologici IV, Morcelliana, Brescia 1979, p. 328; [La traducción es nuestra].

[xii] L. Giussani, Qui e ora (1984-1985), BUR, Milano 2009, p.78; [La traducción es nuestra].

[xiii] L. Giussani, La vocación de la vida, Litterae Communionis, 6 (2005), p.1.

[xiv] L. Giussani, Afecto y morada, Ediciones Encuentro, Madrid: 2004, p. 427.

[xv] L. Giussani, Memores Domini. Intervista a cura di Lucio Brunelli e Gianni Cardinale, in 30Giorni, 5 (1989), 56-62, p. 57; [La traducción es nuestra].

[xvi] L. Giussani, La vocación de la vida, Op. Cit., p. 3.

[xvii] L. Giussani, Afecto y morada, Op. cit., p. 250.

[xviii] J. Ratzinger, I movimenti ecclesiali e la loro collocazione teologica, Op. Cit.; [La traducción es nuestra].

[xix] Ibíd.

[xx] H. U. von Balthasar, Lo Spirito e l’istituzione. Saggi teologici IV, Op. Cit, p. 325; [La traducción es nuestra].

[xxi] Ibíd., p. 328-329; [La traducción es nuestra].

[xxii] L. Giussani, El rostro del hombre, Ediciones Encuentro: Madrid, 1996, p. 145.

[xxiii] F. Soto de Langa, Anime affaticate et sitibonde, in Canti. Repertorio per Annum, Edizioni Nuovo Mondo, Milano 2006, p. 46.

[xxiv] J. Ratzinger, La bellezza. La Chiesa, Itaca, Castel Bolognese 2005, p. 51; [La traducción es nuestra].

[xxv] Ibíd., p. 50.

[xxvi] Cfr. M. Camisasca, Hablar a Cristo e hablar de Cristo, Op. Cit.

[xxvii] O. Benzi, Commento a Mt 11, 25-27, in Il pane quotidiano, Anno XVIII (2019), 4, p. 102.; [La traducción es nuestra].

[xxviii] L. Giussani, La verdad nace de la carne, Ediciones Encuentro: Madrid, 2020, p.75.

[xxix] Cfr. «Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino, concede a todos los cristianos rechazar lo que es indigno de este nombre y cumplir cuanto en él se significa». Oración colecta, XV Domingo del Tiempo Ordinario.

[xxx] C. Amirante, Solo l’amore resta. Nuovi orizzonti nell’inferno della strada, Piemme, Milano 2012, p. 151; [La traducción es nuestra].

[xxxi] L. Giussani, La verdad nace de la carne, Op. Cit., pp. 75-76.

[xxxii] Ibíd., p. 76.

lea también

Todos los artículos