Hace algunos días, uno de nuestros misioneros fue al hospital a visitar a una mujer enferma de cáncer. Había pasado los últimos 30 años alejada de la Iglesia, en una larga y deliberada rebelión contra Dios. La habitación en la que yacía estaba llena de camas con enfermos terminales. Nuestro sacerdote se inclinó sobre ella y le preguntó si quería confesarse. Después de un momento de sorpresa, la mujer dijo que sí. El día después murió en paz.
Hablando con nuestro sacerdote, el hermano de la señora no podía contener el asombro y la gratitud. Para su hermana todo se ha jugado en un suspiro. Le había quedado sólo un día de vida.
La impresión que dejó en mí este hecho me ha llevado a reflexionar sobre qué es un comienzo. La Iglesia, junto con el pueblo hebreo, nos ha enseñado a mirar el tiempo como una línea continua que corre hacia un final. El tiempo no es un círculo que vuelve sobre sí mismo, como lo veían los griegos y como aún lo ven las culturas ligadas a los ciclos de la naturaleza.
El tiempo es una línea, porque al final hay un único acontecimiento concreto que entrará en la historia y la resolverá: Cristo ha prometido que volverá.
Sin embargo la visión de los griegos contenía una verdad que el hebraísmo y el cristianismo no han renegado. Si prestamos atención a la línea del tiempo, reconocemos de hecho que esta vuelve a proponer continuamente en su interior la forma del círculo. El año, el mes, la sucesión del día y de la noche son todas realidades cíclicas. Son círculos que se cierran y se reabren.
Pensemos en el tiempo que se le da a cada hombre. Yo camino hacia una meta, sé que en un determinado momento mi historia se acabará. Mientras vivo y crezco, sin embargo, a las noches continúan siguiendo las mañanas, que me introducen en nuevos días. Al invierno continúa siguiéndole el verano, que me introduce en un nuevo año social. Los niños a mi alrededor vuelven a ir al colegio. El círculo se repite y abre continuamente en mi camino la posibilidad de volver a empezar.
Hay algo realmente novedoso en un día o un año que comienza. Es la posibilidad de re decidir. Es decir, la posibilidad de comprometer nuevamente nuestra libertad, cambiando o confirmando nuestras elecciones. Conversión y crecimiento son posibilidades cotidianas, siempre abiertas hasta el final. Como para la mujer de la que os he contado.
Así la tendencia cíclica inscrita por Dios en la naturaleza corresponde de manera sorprendente a la estructura del espíritu humano. El oscurecer del atardecer y el sueño de la noche son la ocasión para abandonar a Dios el mal cometido, para tomar distancia de nuestros errores, pero incluso para permitir asentarse dentro de nosotros el agradecimiento y la alegría. Al anochecer, la esperanza de bien que será posible mañana nos conforta y la labor para realizarlo se reanuda con cada jornada que comienza con la energía nueva que la noche nos da. Incluso un año que empieza trae consigo la energía de nuevas ideas y nuevos proyectos, mientras miramos con más desapego a las dificultades experimentadas. El compromiso de toda una vida se alimenta de estas experiencias y la suma de todos estos pequeños o grandes círculos forman en el tiempo una línea que procede.
Cada día que comienza conlleva la posibilidad que Cristo vuelva y me encuentre orientado hacia él. No importa, en el fondo, si hasta ayer he fallado, si acabo de decidirme. No importa cuántos círculos ya se han cerrado detrás de mí. Hoy se me abre otro y se me da una nueva oportunidad de mirar hacia adelante de mí, de esperar a Cristo. Incluso si este fuera el último día de mi vida. Por esto todas las veces es bello volver a empezar.

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