El comienzo del primer año de catecismo para los niños de segundo de primaria: entre el campo de futbol, el “Barco Negro” y respuestas glaciales, el redescubrimiento de que todo es don.

Volverse como niños es el secreto para entrar en el Reino de los cielos. A menudo pienso en esto en estas semanas cuando acojo los nuevos niños de segundo de primaria, en su primer año de catecismo. Están asustados por lo “nuevo” que está a punto de suceder, y obviamente no faltan momentos de crisis: están aquellos que no sueltan la pierna de mamá, otros que empiezan a llorar tan pronto como entienden que se les dejará allí; otros aún, desorientados, te miran como si no hubiesen visto nunca un cura (¡quizás realmente no lo hayan visto nunca!). Luego están los fanfarrones, los que no tienen miedo de nada. La timidez la dejaron en la sala de partos. Te asaltan en cuanto pisan el campo del oratorio: pasan como flechas al lado de los que aún están llorando con mamá. Te piden una pelota, luego otra, les cuesta jugar juntos pero se hacen amigos en dos segundos: listos, ¡ya! Yo juego al ataque, tú en defensa: ¡yo soy Belotti y tú Bonucci, bueno no, Chielllini!

Intento restaurar la calma. Las pelotas se retiran, las lágrimas enjuagadas, los rostros de los que lloraban se serenan, los de los que jugaban se entristecen (¿no podían seguir jugando?). Son suficientes dos notas en la guitarra, el Barco Negro – una canción para niños –zarpa, todos cantan: lo peor ha pasado. La música tiene esta capacidad de pacificar el alma. Mientras disfruto como un loco entre el timonel y el hombre a la mar, miro a lo lejos dos niños rodando por los suelos, desesperados. No me preocupo demasiado, sus mamas están cerca e intentan convencerles en participar. Mientras tanto llega el momento esperado: se asignan las clases. Asigno los niños a las catequistas: he trabajado toda la mañana como un loco para hacer las clases, estudiando mil combinaciones para no entristecer a nadie. Todos tienen al compañero del corazón en su clase. Mientras los chicos entran, se me acercan las mamás de los dos niños que se meneaban entre lágrimas: “No quieren hacer catequesis”, me dicen llenas de vergüenza, como si fuese culpa suya: “Ya me encargo yo, no os preocupéis, ¡iros tranquilas!” respondo, seguro de mis capacidades pastorales. Me siento en el campo de fútbol, con las piernas cruzadas, delante de los niños: “¿Cuál es el problema? ¿No queréis hacer catequesis?”. Uno de ellos me mira glacial y dice: “Me duele solo escuchar esta palabra: catecismo. ¡Odio el catecismo!”. El otro niño aún entre lágrimas, asiente a cada frase de su compañero. Quedo tocado por la firmeza de estas palabras en un niño de 7 años. Me armo de valor y empiezo a hablar: “Aquí con nosotros el catecismo es fantástico, no es como al colegio; cantamos, está el teatro, están los juegos, se pueden hacer muchas preguntas. Y después, perdonad, la cosa más bonita es aprender a conocer a Dios. ¡La vida junto a Él es la más bella aventura que exista! ¿No os interesa descubrir lo que Dios puede regalaros? ¿Qué os cuesta intentarlo?”.

Nunca he visto dos caras tan diferentes: el que lloraba retoma el color, la sombra de una sonrisa se asoma en sus labios. Con voz temblorosa, dice al amigo glacial: “Sí, venga, probemos, a lo mejor nos divertimos”. ’Iceman’, en cambio, 7 años, queda impasible, me mira en los ojos y dice, sin emoción: “Que Dios exista o no, no me importa absolutamente nada. Mi vida está bien así como está. Odio el catecismo”. No es suficiente ser niños para volver a ser niños: necesitamos redescubrir, con 7 años como con 30, que la vida es una fiesta preparada para cada uno de nosotros, que todo es un don: una pelota, un amigo, una risa, un paseo, un viaje en tranvía. Solo esto nos relanza en la vida de todos los días.

 

Paolo Pietroluongo es vicario parroquial en Santa Giulia, en Turín. En la imagen, un momento de la fiesta de la Fraternidad San Carlo, celebrada en la parroquia el 14 de septiembre pasado.

lea también

Todos los artículos