Proponemos la homilía, centrada sobre el “discurso misionero” de Jesús, pronunciada por padre Paolo Sottopietra en la primera misa de los sacerdotes recién ordenados Marco Vignolo y Mattia Zuliani.

Queridísimos Marco y Mattia,

Hoy la Iglesia propone para nuestra reflexión una página del famoso capítulo décimo del Evangelio de Mateo, conocido como el discurso misionero de Jesús. Es una página preciosísima para nosotros, ya que contiene las instrucciones que los apóstoles reciben de Él en el momento en que son enviados a predicar, a curar, a echar los demonios en su nombre.

La parte central de este discurso está dedicada a las persecuciones y es una gran invitación de Jesús a dar testimonio de él con coraje y a hacer frente a las posibles amenazas y la hostilidad de los hombres. Por un lado Jesús es muy directo en predecir las oposiciones: Yo os envío como a ovejas en medio de lobos (Mt 10, 16). Cuidaros de los hombres (Mt 10, 17). A causa de mí, seréis llevados ante gobernadores y reyes (Mt 10, 18). Vosotros seréis odiados por todos a causa de mi Nombre (Mt 10, 22). Por otro lado, Jesús está determinado a invitar a sus discípulos a la prudencia: sed entonces astutos como serpientes y sencillos como palomas (Mt 10, 16). Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra (Mt 10, 23).

El principio que rige todas estas recomendaciones es la disponibilidad de los discípulos a compartir el destino de su Maestro. Así que Jesús los asocia conscientemente a su existencia terrena, que ha sido marcada primero por la hostilidad y el rechazo: Si al dueño de casa lo llamaron Belcebú, ¡cuánto más a los de su casa! (Mt 10, 25).

Somos su familia. Esta nota, que parece mencionada como de pasada y casi sin importancia, es en realidad la clave de todo el discurso de Jesús.

Nosotros le pertenecemos, somos su familia. Y esto no es un deseo o un sentimiento nuestro, si no un reconocimiento suyo. Es él que nos identifica ante el Padre (Mt 10, 32) como suyos, como los suyos. Y sobre este “vosotros sois míos” Jesús basa la grande y pacificadora invitación que domina la segunda parte de su discurso misionero, la invitación a no tener miedo, que repite hasta tres veces (Mt 10, 26.28.31).

No tengan miedo de los hombres (Mt 10, 26), dice Jesús ante todo, porque no pueden mantener secretas sus maquinaciones largo tiempo: no hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido (Mt 10, 26). Tendrán del Espíritu Santo la inteligencia de reconocer las intenciones de los hombres, cuando esto os será necesario. Vosotros no os centréis en los engaños y en los enredos, preocuparos en cambio en ser directos y francos delante del mundo, respondiendo ante mí: Lo que yo os digo en la oscuridad, repetidlo en pleno día (Mt 10, 27), lo que aprendáis de la intimidad de vuestra relación conmigo está destinado a todos, debe ser llevado a todos. Lo que escuchéis al oído, proclamadlo desde lo alto de las casas (Mt 10, 27).

En segundo lugar, dice Jesús, no temáis a los que matan el cuerpo (Mt 10, 28), porque ni siquiera si os ofenden en vuestro cuerpo podrán llegar a romper el lazo que os une a mí: no pueden matar el alma (Mt 10, 28). Y es esta la única cosa de la que realmente hay que tener miedo, la posibilidad de renegar de mí, de dejaros seducir por quienes os quieren llevar a decir que no sois míos. Porque esta es la vida del alma, vuestra vida verdadera: ser, saberse y declararse míos. De modo que temed más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo a la Gehena (Mt, 10, 28).

Por último, esta pertenencia a Cristo que nos da seguridad, que vence en nosotros el miedo, que no le permite dominarnos y desorientar nuestras acciones, encuentra su expresión más tierna en la mirada de Cristo a los cabellos de nuestra cabeza. En el Evangelio de Mateo, Jesús habla dos veces de nuestros cabellos. En ambos casos menciona una parte para referirse al todo, la parte más insignificante de nuestro cuerpo para indicar toda nuestra vida física y personal. ¿A qué asociamos en realidad el miedo que sentimos frente a la perspectiva de la persecución? Por lo general ante todo a los sufrimientos y a la perdida de la vida física, pero también a aquella perdida de la propia vida que es el abandono de los amigos, la difamación, el desprecio. Y he aquí que Jesús habla de nuestros cabellos. Lo hace una primera vez en el Sermón de la Montaña, relatado al comienzo del Evangelio de Mateo. Aquí Jesús invita a sus discipulos a no jurar. No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes convertir en blanco o negro uno solo de tus cabellos (Mt 5, 36). Como si dijera: no des tu vida como prenda de la veracidad de tus palabras, dado que esta vida se te escapa, no está bajo tu control. Sería una prenda sin valor. Una segunda vez Jesús habla de nuestros cabellos justamente en el gran discurso misionero, que contiene esta bellisima aseveración: Vosotros teneis contados todos vuestros cabellos (Mt 10, 30). Como si dijera: todo de ti es precioso a mis ojos, tiene un valor inestimable.

Las dos afirmaciones de Jesús parecen contradecirse entre sí. Tu vida es poca cosa, parece decir por un lado, y por otro declara lo contrario: tu vida es preciosa para mí incluso en aquello que parece insignificante. Pero es justamente en este aparente contraste que Jesús quiere que entremos. No debéis tener miedo, dice, porque sois mios y esta es vuestra fuerza. Tened miedo, dice sin embargo al mismo tiempo, porque si os separais de mí estais perdidos. Tu vida es poca cosa si piensas que tu eres su dueño. Tu vida es preciosa y protegida, si permaneces dentro del grán ámbito de la fidelidad a mí. Sois mi familia, os custodiaré yo, como a la niña de mis ojos (ver Dt. 32, 10; Za 2, 10).

¿Qué es un cabello? Nada, sin embargo no tenéis poder ni siquiera sobre una cosa tan pequeña. Entonces no sois nada también vosotros, en un sentido muy real. ¿Qué es un cabello? Nada, sin embargo el Padre no se olvida ni siquiera de una cosa tan pequeña, los cuenta todos. Como si dijera: vosotros sois fuertes no porque nadie os pueda amenazar. Os podrán incluso matar por mi causa. Vosotros sois fuertes porque sois mios. Y es por esto que no debéis tener miedo. ¿Acaso no se venden un par de pájaros por unas monedas? (Mt 10, 29). No temáis entonces, porque valéis más que muchos pájaros (Mt 10, 31). Vosotros, corderos que yo envío en medio de lobos, vosotros, mi familia, a mis ojos sois muy preciosos. Yo os custodiaré, mientras os confeseis mios frente al mundo.

Estas palabras de Jesús son consoladoras. Junto con sus apostoles, Jesús os envía también a vosotros. Vuestra tarea podrá no ser fácil. Sois enviados por Dios a un mundo que de por sí no os acoje, que podrá mostrarse extraño u hostil, sobre todo si asumís la plena responsabilidad de la fidelidad a Aquel que os envía. La tarea del sacerdote hoy, como la de cada cristiano, es incómoda y expone a peligros, a no ser que queramos buscar compromisos con una mundanidad que rechaza a Cristo o intenta reducir su pretensión.

Dulce tarea, podemos sin embargo decir, porque nos sabemos custodiados por un Padre que nos ama, vela por nosotros y sabe bien qué es lo que os hace falta, antes de que se lo pidáis (Mt 6, 8). Dulce tarea, porque nos asocia a la vida de Cristo mismo, nuestro hermano, nuestro amigo y nuestro Rey.

Homilía para la primera misa de los recién ordenados sacerdotes Marco Vignolo y Mattia Zuliani. Iglesia de San Eusebio – Roma, 25 de junio 2017

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