La historia de la vocación de Stefano Peruzzo, ordenado sacerdote el 26 de junio en Roma.

La historia de la vocación de Stefano Peruzzo, ordenado sacerdote el 26 de junio en Roma.

Es verdad, lo sabía. El temible día en el que la redacción de Fraternidad y Misión me pide que escriba la historia de mi vocación ha llegado. Pero, ¿cómo puede contar la historia de mi vocación? Por lo poco que he aprendido, la vocación no es un momento que se resuelve en un día, sino la relación entre Dios y el hombre. ¿Cómo puedo contar una relación que comenzó en Padua hace 32 años y que, aún hoy, sigue en sus inicios? También hay otra gran pregunta: ¿por qué Dios ha elegido para mí el camino del sacerdocio en la Fraternidad San Carlos? Haría falta preguntárselo a Él, que ha dado el primer paso. Tengo dos hermanos mayores, el primero está casado y tiene tres hijos, y el segundo es miembro de los Memores Domini. ¿Por qué Dios ha preferido esto y no al revés? ¿Por qué estos caminos diferentes? No sé el porqué de mi vocación, y, sin embargo, sé que Él me ha querido y que me ha querido aquí.

Lo sé porque me ha hecho nacer en una familia en la que los padres, más allá de la vida, me han transmitido la fe. Y debo admitir que han hecho un buen trabajo; más con los hechos que con las palabras, y preocupados, más que en transmitir la fe a los hijos, por vivirla ellos.

Desde pequeño, Dios me puso al lado la presencia discreta de un sacerdote al que más tarde, habiendo crecido, le confié la intuición de mi vocación. Un sacerdote sencillo, con los pies bien plantados en la roca de la fe. Para situar al personaje en cuestión basta decir con que murió hace pocos años, después de 67 años de sacerdocio vividos en la misma parroquia porque no había muchos curas que quisieran ir a esa.

A pesar de que nunca he sido ateo, he tenido que volver a descubrir en primera persona la verdad de lo que se me había transmitido. Así, al terminar secundaria y bachillerato, cuando mi único interés era el deporte −y el Señor, a pesar de estar presente, estaba reducido a alguna oración y la misa del domingo−, descubrí que el deporte, aunque está fenomenal, no podía hacerme feliz. Empecé a ir al CLU sabiendo que pertenecía a ese lugar, aunque me faltaba algo. No sabía lo que era hasta que lo entendí en un desayuno durante las vacaciones de verano en mi primer año de universidad. El día anterior, junto con otros jóvenes, habíamos llevado a una chica discapacitada de excursión a la montaña. El sacerdote que nos acompañaba estaba sentado a mi lado y me dijo: «¡Ayer el Señor hizo algo grande con vosotros y esta chica!». Yo nunca había visto al Señor, sin embargo, pensando en ello, entendí que tenía razón. Entendí que el Señor no solo tenía que ver con la oración o con la misa, sino con toda mi vida. Entendí lo que me faltaba. Desde entonces, descubrí una compañía con la que compartir todo (el estudio, las comidas, el tiempo libre, las vacaciones). Y, entre todas estas cosas, la lectura de «Ante todo hombres» (Innanzitutto uomini) −el libro que narra la historia de algunos curas de la San Carlo−, un pensamiento: «Yo también quiero una vida así».

La última etapa antes de entrar en el seminario me llevó a trabajar a Inglaterra, donde descubrí que lo que había encontrado y conocido en Italia nunca me abandonaría. Así, desde Inglaterra, pasando por Roma, he acabado en Chile.

 

Stefano Peruzzo, 32 años, de Padua, es misionero en San Bernardo, Chile. Imagen, la alegría después de la ordenación sacerdotal, junio 2021.

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