Don Beniamino Bosello, Clase ‘36, en misión en la casa de Trieste, desde hace poco ha celebrado su ochenta cumpleaños. He aquí el relato de su vida.

La vida bella de Beniamino comienza en Gallarate, hace 80 años, en una casa construida ladrillo a ladrillo por su padre Emilio para mamá Marina y sus nueve hijos. Gran trabajador, Emilio asfaltaba carreteras. “Cuando trabajaba en La Malpensa, a veces ni siquiera volvía a casa por la noche. Y allí estaba a 20 grados bajo cero. Entonces se usaba el fuego”. A pesar que el hermano del padre era cura, la más religiosa de la familia era la madre. “Acabada la guerra, en casa había unos socialistas que discutían sobre quitar los crucifijos de los colegios. Recuerdo lo que dijo mi madre: «Fuera, ¡de estas cosas aquí no se habla!». Entonces las mujeres mandaban mucho más que ahora”. Sobre todo educaban. “Cuando vuelvo a Varese y a Gallarate lo primero que hago es ir al cementerio de mis padres. Les doy las gracias”.

Es un hombre rocoso, don Bosello, y no conoce rodeos para contar su vida. Lo hace todo de un tirón, metiendo el alma en cada palabra, en la casita verde donde vive en Trieste. Con él, desde hace veinte años está don Federico Moscon, párroco en Santa Cruz, y desde hace un año y medio también don Fiorenzo Onofrio, párroco asistente. En esta bellísima ciudad, la más extranjera de Italia, su historia ha encontrado su cumplimiento, una paz. Entre las palabras que urgen por ser dichas y los silencios que las frenan, no es difícil imaginar, en los rasgos aún bellos de un rostro que el tiempo ha conservado, el chico que era. A hacerle crecer, además de la familia, le ayudan las patadas en el trasero que le da don Enrico en el oratorio. Con dieciocho años ya está en la fábrica. “Después de la primaria, ahora estudian muchos en colegios. En aquel momento se empezaba con la escoba, luego el taladro, luego la fresa y luego el torno. Y así se aprendía el oficio”. Un oficio que, como el de su padre, tiene que ver con el fuego del horno, donde cuece el hierro, con el agua que lo transforma en acero. El fuego y el agua, la vida y la muerte, todo o nada: no hay medias tintas, para Beniamino.

La vocación llega como un viento poderoso que barre la vida de antes. Tiene el rostro de un cura jesuita, don Luciano Moratti, que encuentra en la boda de su hermano. “Me ha fascinado su manera de ser tan afable, tan diferente a mí que soy duro”. De la familia jesuita le atraen muchas cosas, sobre todo “su dedicación total a la vocación”. Es un primer punto firme que emerge en su historia, la radicalidad. Lo reconoce de buen grado, puesto frente al espejo de su vida: “Yo la miro y veo que está cumplida, es una vida que ha encontrado una inmensa correspondencia en la respuesta a quien me pidió obediencia y fidelidad. Y es la cosa por la que doy gracias al buen Dios porque es un regalo. Yo como carácter soy una bestia”.

 

Aquellos bofetones liberadores

El noviciado con los jesuitas es durísimo: “Despertar a las 4:45 de la mañana, hora de meditación, misa”. Al novicio se le pide la disponibilidad de entregarse totalmente. “Era una cosa de otro mundo, me fascinaba”. Y también en Lonigro, el joven Beniamino encuentra un educador, padre Leone Rosa. Antes de llegar a hacer la profesión, sin embargo, cae enfermo. Lo envían a estudiar en Anagni, con los dehonianos, donde encuentra otros maestros, padre Martina y padre Vanni, hombres capaces de educar. Y otra palabra clave, para el chico de entonces y para el hombre de hoy: educación. Va de la mano con el recuerdo de los bofetones que la vida le ha propinado. “He reencontrado a Jesucristo justamente gracias a los fracasos” comenta hoy con simplicidad. “Decir que los bofetones son bonitos es una tontería, pero te ponen en una perspectiva nueva. Cada bofetón es para algo más: cuando la recibes, la recibes. Pero entiendes que es una riqueza interior, estás menos apegado a ti mismo y más libre para levantar la mirada”.

Estamos en 1962, ha empezado el Concilio. “Me entero que el Papa Juan XXIII pide la disponibilidad para ir a América Latina y no me lo pienso. Escribo unas cartas y encuentro un obispo salesiano. Vive en Uruguay, un pequeño país muy civilizado, totalmente vacío. Él me acoge”. Es sólo el primer episodio de una larga serie de separaciones: “Algo se rompe. Partía y ya no quería volver: os saludo y me voy”. El impacto con América Latina es chocante. Después de 15 días de viaje agotador, llega a Santos y se para en una taberna para tomarse una cerveza. “En seguida me veo rodeado por una veintena de prostitutas que, cuando ven el collar de cura, me llaman padrecito y desaparecen. Después llegan unos sacerdotes de la diócesis que me llevan a su casa. Pasamos por la favela, me señalan unas mujeres: « ¿Las ves? Venden su cuerpo para poder llevarse a casa un pedazo de pan para sus hijos». Por primera vez comprendí el Evangelio. No pude dormir aquella noche: había entendido cuán grande era la misericordia de Dios”.

 

El nuevo mundo

Cuando llega a Montevideo, Bosello debe acabar los estudios. Pero se encuentra con un seminario dirigido por curas seculares, “iluminados por la teología de la liberación. Se decía misa mientras se cenaba, y cosas por el estilo. Me echaron porque me oponía a todo. No soy capaz de mentir”. En la curia encuentra un defensor, el vicario general Romeo quien lo lleva consigo. Sin embargo llegan más problemas: “Con nosotros vivían unos curas españoles. Tengo una discusión con padre Herrera y le doy un puñetazo en la cara delante del obispo”. La insurgencia le salió cara: “Dos años de purgatorio en un pueblecito de 300 habitantes, un agujero donde el párroco estaba celoso de su actividad. La única cosa que me hacía hacer era la vuelta al campo deportivo a las seis de la tarde. Ha sido la experiencia más bella: una cosa así la aceptas y punto”.

Los principios de los ’70 son difíciles para Uruguay. El gobernador del país se apoya en el ejército para poner fuera de la ley sindicatos, movimientos y partidos de izquierda. El día de la ordenación de Beniamino a sacerdote, delante de la catedral hay dos tanques y perros feroces que impiden a todos de entrar. “La única fiesta que hicimos fue con una Coca-Cola: la gente había traído un par de tortillas, dos cosas”. En noviembre las elecciones legitiman el poder del dictador. Don Bosello está celebrando misa en la catedral cuando llegan los soldados. Él se salva con una huida picaresca por los tejados. “Una cosa me ha sorprendido e incluso escandalizado: los catequistas que cantaban el himno nacional. Me he sentido traicionado por mi gente. Con los años, he entendido que el poder es así”.

Mientras tanto el obispo le pide regresar a Italia: don Bosello es considerado un subversivo y arriesga el pellejo. “Llegué al aeropuerto de Malpensa el 5 de diciembre de 1972. Mi madre me envió a darme un baño y llamó al barbero para cortarme el pelo”. Tres días más tarde dice su primera misa italiana en la parroquia de Arnate. “Había escrito una carta a Mons. Manfredini que la había pasado a los de CL. Recibo una invitación de un cura que se llama Colombo y decido ir a encontrarme con ellos. En ese momento, no entendí mucho de Comunión y Liberación. Aunque no lo sabía, sin embargo, era el comienzo de una amistad. De ellos, me impresionaba sobre todo la forma de estar juntos”.

 

El subversivo

Pronto una carta lo llamó de vuelta a Uruguay: ha sido nombrado párroco en Montes, “un lugar abandonado por Dios y por los hombres, donde había una fábrica de azúcar con mil obreros”. A su llegada el obispo lo lleva a la parroquia pero, viendo que está la policía, se va y lo deja solo. “Entro en la iglesia, digo misa, aseguro a los presentes referente al hecho que hubiera seguido las huellas del párroco anterior. Noto un hielo en el ambiente. El obispo no me había dicho que el cura que sustituía estaba considerado en rebelde”. Y algo peor: el sacerdote había acabado en la cárcel. “Cuando salió de allí, pobrecito, había perdido la cabeza. Se había ido a las vías del tren y se había tirado. Se llamaba Pedrito”.

También Bosello es detenido e interrogado por la policía. Cuando vuelve a la parroquia, la gente lo mira mal: incluso la directora y las monjas mantienen las distancias. Pero el obispo decide que debe quedarse. Y él se arremanga: construye una nueva iglesia, el oratorio, las instalaciones deportivas, las cooperativas para dar trabajo a los chicos de la zona. Poco a poco, la gente vuelve a la iglesia. El día de la inauguración del Centro no falta nadie, es un triunfo. Por lo menos hasta las cinco de la mañana, cuando llegan los tanques: los soldados destruyen todo y, con las listas de los grupos de base de la parroquia, van casa por casa para detener a las personas. También Beniamino está con ellos, encapuchado. “En la prisión de San Ramón, la tortura más terrible no son los palos, no es el caballito donde te ponen desnudo, ni siquiera la caña eléctrica: son la música y las luces incesantes, noche y día”. Don Bosello es ciudadano italiano y el nuncio apostólico tiene una copia de sus documentos. Así se salva. Pero antes de salir, lo obligan a pasar delante del cuarto de las torturas, a escuchar los llantos, los gritos.

Han pasado más de cuarenta años de aquellos días terribles. Pero aún hoy a don Beniamino le cuesta hablar de ello. Sacude los hombros. Inclina la cabeza. Y su figura de gigante por un momento se vuelve impotente. ¿Qué significaba en estos momentos pedir ayuda a Cristo? “Iba a menudo a la iglesia. No podía salir porque me habían retirado los documentos. Había una soledad inmensa. Inmensa. Yo llamaba a la puerta del tabernáculo y me preguntaba si estaba”. ¿Qué le daba fuerza? “La conciencia de lo que estábamos haciendo allí, no para la política, si no para una misión de cristianos”. Una vez más, toca volver a empezar. “Rezábamos laudes. Después ayudábamos a las familias a trabajar la tierra, porque tenían que comer”. Pero su presencia es ya indeseada para el poder. La última misa es memorable. “Duró un día entero, en la plaza. Hemos rezado, comido, cantado, hemos hecho todo lo que el Señor quería. Sólo, que no podíamos hablar”.

Una vez más, el silencio cae sobre el relato de Beniamino. Pero es un silencio que se puede escuchar sin malestar. Es el silencio de alguien que hace memoria. “Cuando llegó el furgón, un general me cogió por los pelos. Me escribió «indeseable» en el pasaporte y me echaron”. ¿Qué queda de aquella experiencia? “La construcción de un camino, la alegría, mis detractores que se convirtieron en los amigos más queridos. Queda el signo bello de una iglesia que tiene conciencia de la misión y no traiciona”.

 

No me preguntaron qué había hecho

El viaje de regreso a Italia es un drama. “Me preguntaba: ¿Y ahora qué hago? De cualquier forma mirase la historia, yo era un fracasado. Habían acabado los deseos. Yo estaba acabado. Y aquí empieza la segunda historia, que es estupenda”. Se acuerda de Varese, de aquellos tipos que lo habían impresionado. Los va a buscar. Es el 1973. En las dependencias de la escuela de verano encuentra Fabio Baroncini. “Me dijo en seguida: «Sabes, se va un cura y no enviarán a nadie. ¿Quieres venir con nosotros?». De Comunión y Liberación no había entendido el discurso: el sujeto, el objeto, pero ¿qué dicen? Pero tenía curiosidad, quería ir hasta el fondo”. Son las 21 del 7 de octubre, día de la Virgen del Rosario, cuando Bosello llega a Varese. Las fechas de los momentos que le han cambiado la vida las eslabona como los granos de un rosario. “Llego a la sacristía, me abrazan: «Vamos». Me llevan a un sitio a comer. No me preguntaron qué había hecho. Me han acogido”. Son seis curas más el arcipreste: don Giancarlo, don Paolo, don Giulio, don Franco, don Luigi, don Fabio. Ellos no preguntan pero él poco a poco les cuenta todo. Don Fabio, que en aquel periodo va a Milán con los universitarios, repite: “Pero ¡ven a la sede!”.

Así don Beniamino se vuelve a encontrar en la sede de Gs: “Charlaba con los chicos. No tenía ninguna responsabilidad. Y así he conocido CL. La cosa que realmente me había conmovido era la escuela de verano, eran aquellas tardes en la Bassa. Allí había el primer jardín de infancia del movimiento, en Abbiategrasso. Yo escuchaba, miraba. Un segundo objetivo fue en Milán, la editorial Jaca Book que acababa de empezar. Y luego había Lecco, donde cerraban los manicomios y se iba por las casas que acogían a los enfermos”. Un día don Fabio le dice: « ¡Vente a la Diaconía!». Y ¡qué caramba! Cuantas veces oré: «Señor, haz que no me llame esta noche. ¿Qué voy a hacer con esta gente?». Porque continuaba sin entender nada. Y entonces, Ronza me llama para dar una entrevista en la televisión suiza sobre Uruguay. Giussani la vio y quiso conocerme”.

 

La gran novedad

En la entrada de la casa de Trieste donde viven los curas de la San Carlo, hay una foto gigante de color sepia colgada en la pared. Dos hombres cogidos de perfil en el umbral de una puerta abierta. A la derecha, gigantesco, don Bosello escucha, las mangas arremangadas sobre los fuertes brazos, las manos en las caderas, los codos hacia fuera, como pidiendo espacio. A la izquierda don Giussani que habla concentrado, la mirada intensa, el índice de la mano derecha apuntando hacia él. “Me dijo: «Escucha, querido, no censures nada de tu vida. Sólo te falta una cosa, sabes: empezar en seguida a vivir aquello por lo que tu creías que era posible construir en Uruguay». Desde entonces ya no he sido el de antes”. Lo demás, lo elude con ojos inevitablemente brillantes: “«Mañana aún no ha llegado, el pasado ya pasó, sólo existe el presente. Quédate tranquilo. Has encontrado una comunidad que te acoge»”. La nueva vida empieza en seguida: “Debo estar agradecido al Señor. He entendido qué significa

Encontrar un rostro, unas personas, la alegría. Además de don Giussani, don Fabio, que para mí ha sido un educador, con su humildad, su inteligencia. No hablábamos mucho. Hicimos un viaje juntos de Varese a Collevalenza. Dijimos dos palabras. La primera fue: «Nos paramos a dormir»”.

Hay muchas personas que mencionar, las que le han enriquecido la vida, “no obstante mi carácter que es el que Ud. conoce”, comenta a secas, dando por descontado que hay poco que explicar. Don Negri, hoy en día obispo: “Siempre le quise, desde la primera vez que lo encontré en la librería, donde me apostrofó de mala manera. Aún ahora le llamo”. Después, Gufanti. Y aún, aquellos que ya no están con nosotros: don Giancarlo Ugolini, don Francesco Ventorino.

 

La obediencia es un terremoto

El 6 de mayo de 1976 es una fecha nefasta para Italia: un devastador terremoto golpea Friuli. “Giussani llamó por teléfono a don Fabio: «O tú o Beniamino tenéis que ir a Friuli». Baroncini me llama y me dice, como siempre: «O yo o tú, pero yo no voy, así que vas tú». Y yo voy”. En Tarcento encuentra otro amigo para toda la vida, don Antonio Villa. “Una vez al año hay la fiesta y nos reencontramos. Para nosotros es una ocasión sagrada”. Don Bosello, su mal carácter no le impide obedecer: “Digo lo que pienso y luego obedezco. No hacía falta que don Giussani me dijera de ir a Friuli, me lo había relatado don Fabio y era suficiente. Ahora, por una cosa así se hace la revolución, o uno entra en crisis. Es una cosa que me hace sufrir: para nosotros el movimiento era todo, todo, todo”.

Como ejemplos, don Bosello tiene docenas: “Enseñaba en Varese, todo iba muy bien”. Pero suena el timbre. Una vez más es don Fabio: «Escucha, el jueves don Giussani te espera en Milán. Pregunta si quieres ir a Friuli, a Trieste. Piénsatelo una semana». “Un poco de dolor de estómago me vino” admite hoy y sonríe por su cabezonería de ayer. “Tengo 450 chicos de GS ¿y me pides dejarlo todo? O hay una razón o estás loco. Me fui a la iglesia del Sacro Monte, estaba cerrada, me senté en los escalones: «Virgen, ¿qué debo hacer? Una luz». Bajando al valle me sentía sereno. Y respondí a don Giussani: «Sí, voy», sin ni siquiera preguntarme porqué. Estábamos en la sede, en Calle Mosè Bianchi. Él llama a don Negri y dice: «Don Beniamino ha decidido que se va a Friuli». Y añadió, dirigiéndose a mí: «Cuando necesites, llama». Me quedé un poco de aquella manera. Después entendí: era yo quien elegía ir. Pero llamaba y él venía.

Don Beniamino se encuentra, “sin ninguna capacidad”, responsable de todo Friuli. “Giussani me había dicho: «Tú empieza, haz el movimiento con quienquiera que te siga». Más pasa el tiempo, más esto me conmueve. Incluso ahora que estoy aquí, me interesa quien está disponible, lo demás ya vendrá. Porque el resto es un milagro. No depende de nosotros”. A pesar de sus 80 años cumplidos, su semana es trepidante: “Lunes, Pordenone. Martes, Udine. Miércoles y jueves, Trieste: adultos, las vigilancias después de clase, universitarios. Viernes, Palmanova, una fraternidad, y otra en Udine. El domingo por la tarde me divierto”.

 

La próxima vez en el paraiso

A mitad de los años ochenta – porque no hay dos sin tres – vuelve a aparecer Uruguay. Se acabó la dictadura, lo han nombrado párroco de un bellísimo lugar en la playa. «Pero, ¿te conviene?» le dice Giussani. «Ya llevas aquí tantos años». He aquí su última vida (por ahora), la fraternidad San Carlo. “Debo agradecer al buen Dios y a todos mis hermanos porque aquí he encontrado la libertad que, si hubiese estado en una diócesis, no habría tenido”. Para caracterizar estos años hay una palabra que aún no hemos utilizado pero que ya se ha asomado: fecundidad. Son testigos los curas que, misioneros o diocesanos, gracias a él han encontrado el camino. Algunos nombres para todos: Cinello, Martínez, Carlin, Cumin, Molteni. “Un hombre no puede no ser fecundo. Si es testigo de lo que ha encontrado, no puede no ofrecerlo. Lo que soy nace del hecho que Otro ha tenido piedad de mí”. Y finalmente, pero no los últimos, están los amigos de la San Carlo que viven con él: “No puedo callar el don de la amistad verdadera que veo en mis cofrades. En especial, tener aquí Federico desde hace veinte años me conmueve, es un regalo. Hemos aprendido juntos, es lo más bonito”.

Don Bosello no calla las peleas, los malentendidos, los resentimientos que han entretejido su relación con la Fraternidad. Recuerdo que “mi amistad con don Massimo era grande. Ha sido uno de los primeros que encontré”. Pero hay algo más y mejor que mirar hacia atrás. Quizás incluso un nuevo inicio: “Sí, en efecto cuando llegan es una verdadera alegría”. Se deja ir, don Beniamino, a un casi augurio de don Paolo Sottopietra, que guía la Fraternidad: “Que ame a sus curas. Todos. Incluso los que son frágiles, débiles, que necesitan ser amados más que los otros”. Así, dice, se ha sentido abrazado por don Giussani: “Una vez me dijo que había percibido en mí un profundo sentido religioso. Quiere decir maravillarse frente a lo que acontece, a la belleza. Giussani era un hombre incluso duro, cuando quería. No callaba. Pero te llamaba al día siguiente, si entendía que estaba en un error. En mi vida he tenido que volver a empezar muchas veces, pero he entendido qué bonito es el momento en el que te quitan el poder para hacerte de nuevo discípulo, fiel a lo que estas llamado a construir. Espero que la próxima vez sea ir arriba, al Paraíso”. Y ahora es una buena carcajada, poderosa y adecuada al tamaño, la que sacude a don Beniamino.

Una última broma. ¿Qué es la santidad a la que estamos llamados? “Vivir lo cotidiano a la luz del regalo que has recibido, con todos los límites. No es soñar sino vivir la realidad que Dios te ha dado. Antes la parroquia, aún antes las monjas, aún antes Varese, y antes Uruguay: cada paso que das es para despojarte de ti mismo para encontrar una mirada más grande, la de Cristo. Si no hubiese encontrado el movimiento, sería uno de estos curas que lloran porque no están donde quieren estar. ¿El don que recibí de don Giussani? No vivir de recuerdos, sino de memoria”.

 

Don Beniamino Bosello, sacerdote desde 1971, es rector de la iglesia Nuestra Señora de la Providencia en Trieste. En la foto grande, durante un encuentro con don Giussani.

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