La historia de la vocación de Francesco Babbi, ordenado sacerdote el 26 de junio en Roma.

Siempre he deseado vivir con mis amigos. Estoy agradecido de los padres que me han introducido en una amistad más grande que ellos. He percibido que la comunidad del movimiento de CL de Bolonia era la extensión de mi familia. Mi padre es un hombre feliz y nos ha enseñado a mis hermanos y a mí que Dios da una tarea en la historia. Siempre ha invitado a muchos de sus amigos a comer a casa. De él he aprendido que cada persona que conocemos es digna de ser escuchada, amada y abrazada tal y como es.

Creo que el deseo misionero viene por parte de mi madre. En los años 80, mi madre fue una de los primeros que Giussani envió como misioneros a Estados Unidos. Desde que era pequeño, lo que contaba me hacía desear que la amistad que vivía con los compañeros de GS pudiese abrazar a todo el mundo.

La Fraternidad San Carlos llegó a Bolonia en el 2006. Pocos meses más tarde, un profesor de mi colegio, Daniele Scorrano, entró en el seminario, en Roma. Recuerdo que en aquellos años pensé por primera vez donarme a Cristo.

En primero de bachillerato fui un trimestre a Nueva York. En aquellos meses, Daniele me escribía, me explicaba por mail sus inicios en el seminario y me empujaba a vivir mi presencia en los Estados Unidos como experiencia de misión. Fue la primera vez en la que me sentí siendo «enviado».

A mi vuelta, el dos de febrero de 2008, murieron en un accidente de tráfico Francesco y Elena, dos de mis mejores amigos. Por primera vez tuve la percepción de que la vida iba en serio y era más decisivo decidir en qué emplearla. En mi corazón surgió una pregunta que, desde entonces, nunca me ha abandonado. «Podría morir mañana, ¿para qué doy la vida?». Los rostros de Ciccio y de Elena están reproducidos en el mosaico de Rupnik de la capilla de nuestro seminario. Cada mañana, sus ojos me preguntan: «¿A quién quieres dar este día?».

Me inscribí en Economía en la Cattólica, en Milán. Surgieron muchas amistades en la parte del claustro que va del aula San Giovanni a la Cp. Entre las aulas universitarias, consejos de facultad y cenas en los pisos de universitarios, descubrí que todo tenía que ver con Cristo y la petición por descubrir mi vocación se hizo más insistente.

Un día fui al Monumentale y ante la tumba de Giussani pedí un signo que me indicara cuál era mi vocación. Pocos meses más tarde, de un modo inesperado, fui a San Paolo, Brasil. Seguía unos cursos de Economía en la Universidad y, mientras tanto, preparaba la tesis trabajando en la asociación Sem Terra. Allí conocí a Julián de la Morena. A veces me llevaba con él de viaje por los diferentes países de América Latina a los que iba para visitar a las pequeñas comunidades del movimiento. A él le confié el deseo de dar toda la vida a Cristo.

Concluí mi año brasileño con la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro. Fueron días intensísimos, donde cada vez se hacía más fuerte el deseo de convertirme en sacerdote misionero. Recuerdo de modo especial lo que dijo el papa Francisco en la playa de Copacabana: «¿Queréis construir la Iglesia con vuestra vida?». Yo me conmoví y murmuré un «sí». Un año más tarde, me encontraba en la entrada del seminario de «via Boccea», donde podéis seguir viéndome hoy: la cuarta puerta a la izquierda, en el pasillo de las oficinas de administración de la Fraternidad San Carlos.

 

Francesco Babbi, boloñes de 31 años, tras la ordenación seguirá trabajando en Roma donde ha realizado el año de diaconado ayudando al ecónomo general. Imagen: durante unas vacaciones con jóvenes de secundaria en Roma (julio 2019).

 

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