Siguiendo los pasos de Juan Pablo II, la peregrinación al santuario mariano de Subukia, en Kenia: un momento de educación en la fe y a la unidad.

Desde hace ya quince años organizamos con la parroquia una peregrinación al santuario mariano de Subukia, inaugurado a raíz de las visitas que Juan Pablo II hizo a Kenia en 1980 y 1985. En ese momento, el proyecto fue confiado a la diócesis de Nakuru, que está ubicada en el centro del país, para juntar a personas que vienen de la diversas tribus de Kenia. También la línea del ecuador pasa por este valle, de forma que el santuario se ha convertido en punto de encuentro para los dos hemisferios.
Por la educación que hemos recibido en el movimiento de CL, el gesto de la peregrinación siempre ha sido un momento significativo en la vida de nuestras comunidades. La enseñanza de don Giussani nos guió al redescubrimiento de este gesto de fe, que hoy sugiere de una manera potente en qué consiste la vida de la Iglesia, «una compañía guiada al Destino». No hay gesto más simple y más concreto que hacer juntos una peregrinación.
Un punto de educación a la fe y a la unidad también para toda la nación, afectada por el flagelo del tribalismo, una de las dolorosas debilidades de los países africanos. Provocado expresamente y fomentado por políticos sin escrúpulos, muchas veces ha llevado a Kenia al borde de la tragedia. Desde 2002 hemos empezado a organizar la peregrinación en los meses de mayo y octubre, tradicionalmente dedicados a la Virgen y al Rosario. La distancia desde la parroquia es de más de 350 Km, a través de carreteras no siempre asfaltadas y que requieren unas 5 o 6 horas de incómodo viaje en autobús. Con los años hemos mejorado la organización de la ruta, usando megáfonos que utilizábamos en los autobuses para que esas horas se convirtiesen en momentos de silencio, de escucha, de oración y de comunión, enfocados a la meta que teníamos que alcanzar, la Virgen. Los últimos kilómetros están dedicados a preparar la confesión que casi todos quieren hacer al final del viaje, con un examen de conciencia común que reverbera, en el silencio del corazón de cada persona, diferentes respuestas. Llegados al valle del santuario, se rezan las estaciones del Vía Crucis mientras subimos a pie hasta la capillita de la Virgen, puesta al lado de una fuente. Después la Santa Misa, celebrada bajo un techo de paja muy africano, concluye y corona la peregrinación.
Acabada la Misa, todos quieren abastecerse del agua de la fuente que brota de la ladera de la colina. Después bajamos rápidamente para disfrutar juntos de la comida campestre, a la sombra de la imponente iglesia a punto de ser terminada.
El viaje de vuelta a Nairobi es una fiesta: se expresa con cantos que no se atenúan sino al atardecer, cuando algunos ya comienzan a dormitar. Con la oscuridad llega también el silencio y un último rosario, para meditar sobre el día que hemos vivido gracias a esta peregrinación que, con el tiempo, ha visto un aumento continuo de peregrinos hasta el año pasado, cuando contamos con 400 personas. Es una cita de la que todos los feligreses quisieran participar.

Recuerdo un año en que, debido a las lluvias y al barro, tuvimos que pasar la noche en el camino. Entre los peregrinos había una señora mayor, siempre fiel a la misa diaria en la parroquia, que sufría de artritis deformante en las piernas. Se apoyaba en un bastón y caminaba con mucha dificultad. Me sorprendió verla. Cuando me di cuenta de que ella estaba subiendo la colina con la ayuda de dos amigas, le pregunté: «Raquel, ¿quieres seguir el Vía Crucis?». Ella respondió con una sonrisa: «Sí, si Él me da fuerza». Después la vi radiante cerca del altar y la abracé: «¿Cómo lo has logrado?». Con una sonrisa desarmante, ella respondió: «Con la ayuda de estas dos amigas y del Señor”. Le dije: ‘Hago esta subida contigo, ¡te la ofrezco por las almas olvidadas del Purgatorio!’ «. Me quedé sin palabras. En el camino de regreso, el autobús donde había subido se empantanó en el barro, y alguien tuvo que llevarla en brazos. Recuerdo que ella se rió: «Si no os volvéis como los niños…».

 

(Alfonso Poppi es párroco de St. Joseph en Kahawa Sukari, Nairobi (Kenia). En la foto, un momento de la peregrinación al santuario mariano de Subukia.)

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