Un testimonio de don Nicolò, capellán da la cárcel de menores de Casal del Marmo en Roma.

“Quiero llegar a ser un santo”. Estas palabras me tomaron por sorpresa, sabiendo quien estaba hablando. Said es un chico de diecisiete años musulmán, de origen egipcio, que llegó a Italia hace dos años en esas barcazas de las que tenemos ya demasiado a menudo noticias por la televisión o los periódicos. Después de haber llegado a Agrigento y recibido en un centro de primera acogida, se escapó y escaló la península pasando por Nápoles, Cassino, Formia, Latina para llegar finalmente a Roma. Más exactamente a la estación Termini para luego encontrarse en Casal del Marmo. Y es justamente allí, dentro las celdas de la cárcel de menores, donde lo he encontrado y conocido. De Said me ha impresionado siempre la sonrisa y la serenidad, no obstante las dificultades y problemas de la vida, con una maraña de rizos en la cabeza.

Después de seis o siete meses, Said fue liberado de la cárcel y enviado a una comunidad para continuar su camino. A través de una monja, me pidió de ir a visitarle. A mi llegada encuentro aquella sonrisa que lo caracterizaba respecto a tantos otros chicos. Me ha contado de la escuela secundaria a la que asiste para poder presentarse al examen de licenciatura y del curso de fabricante de pizza, que sigue algunas tardes de la semana. Ya se sabe, ¡no es extraño encontrar en Roma fabricantes de pizza egipcios! Luego, tomando un café, me hizo muchas preguntas sobre la fe: ¿por qué los cristianos llevan la cruz al cuello? ¿Qué significa? ¿Quién mató a Jesús? Y luego: ¿Cómo y por qué te hiciste sacerdote? ¿Cómo puedes entender lo que Dios quiere de ti? Debo decir que me ha sorprendido mucho encontrarme un chico tan abierto y en búsqueda. Aquella tarde pasada con él me ha enriquecido mucho. Hemos hablado de la oración como dialogo y de la importancia de hacer un trozo de camino con alguien que quiere nuestro verdadero bien.

Después me ha querido desafiar al futbolín. Perdió de forma clamorosa, pero entra una partida y otra le he pedido de contarme un poco de su vida en Egipto, antes de llegar a Italia. Y Said me la entregó de una manera inesperada: a medida que avanzaba en la historia, me mostraba las marcas de las heridas, ya cicatrizadas, que tenía encima. “¿Ves esta? Estaba yendo con la motocicleta cuando…”, mostrándome una cicatriz cerca de la espalda que ocultaba un corte profundo. O bien levantándose la camisa: “¿Ves esta otra? Me sucedió que…”. Y así sucesivamente, me mostró muchas otras. Esas marcas hablaban de él y recogían toda su vida. Esas heridas sin embargo eran su riqueza. Estoy profundamente convencido que los chicos como él, que en la vida han sufrido mucho, son también los más capaces de sacar lo mejor de sí mismos, de amar con mucha más autenticidad y terquedad, si alguien les ama.

Frente a Said no podía evitar pensar también en mí, a las heridas que llevo encima y que con los años he aprendido a entregar a quien me estaba acompañando en el camino del sacerdocio y ahora con los hermanos con quien vivo. Esta entrega es el único camino de la sanación y el crecimiento auténtico. Para mi sorpresa, ha sido el mismo camino que Said estaba recorriendo conmigo. Comprendí una vez más donde está el secreto de la madurez de la vida, es decir, la santidad: no tener miedo de tu propia vulnerabilidad y debilidad. No huir de tus heridas, sino estar disponible a entregarlas en las manos de alguien que te ayuda a ver como cada paso, incluso equivocado, forma parte de un diseño más grande, bueno y positivo, del cual somos parte y que nos mantiene unidos para siempre. Solo de esta manera “en esta herida que cada uno lleva consigo está la salvación”, como ha escrito Jean Vanier.

“Quiero llegar a ser un santo. Llévame contigo, así me enseñas a ser uno”. Y Dios, a través de este chico, me sorprendió una vez más.

 

Nicolò Ceccolini vive en la casa de la Magliana en Roma. Es el capellán de la cárcel de menores de Casal del Marmo en Roma. Arriba, una celebración eucarística en la capilla de la penitenciaria.

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