¿Qué vence la mentira que domina hoy en el mundo? La capacidad de juicio sobre la realidad nace de la fe en la resurrección de Cristo.

¿Podremos seguir diciendo la verdad? ¿O, por el contrario, nos veremos forzados a asistir inermes a la victoria de la mentira, que ha dejado de ser taimada y engañosa, para ser cada vez más explícita y descarada? Muchas veces corremos el riesgo de vernos atrapados por el desánimo y la verdad se ve eclipsada, aplastada y ridiculizada. Basta pensar en la propaganda que comenzó los últimos decenios del siglo pasado en el ámbito antropológico, que ha conducido hoy a una confusión sobre la identidad masculina y femenina, donde solo cuenta la percepción que una persona tiene de sí misma. El riesgo es que, en un futuro muy próximo, no será posible mencionar apenas el problema sin correr el riesgo de ser denunciados o ser «marginados socialmente», como escribió el papa emérito Benedicto XVI en su último libro entrevista. Nos preguntamos cómo podremos resistir, de qué modo podrá sobrevivir la Iglesia y continuar con su misión.
En todo caso, la situación de hace dos mil años no era diferente a la de ahora: la mentira estuvo presente desde el principio.
«‘Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros’. Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy» (Mt 28,13-15).
Apenas sucedía el mayor hecho de toda la historia, la resurrección de Cristo, ya comenzaba a insinuarse la mentira. Y era una engaño bien urdido, muy verosímil, con el que se pretendía sofocar al instante la posibilidad misma del nacimiento de la Iglesia. Sin embargo, no se crédito a esta mentira. ¿Por qué? ¿Qué hizo el cristianismo para nacer y desarrollarse hasta nuestros días? Y, ¿qué vence hoy la mentira que domina el mundo?
En el fondo, la pregunta a la que debemos responder es, una vez más, la que expresó dramáticamente Pilatos: «¿Qué es la verdad?».
Encontramos la respuesta en otra pregunta, aquella pregunta que la historia dirige a la Magdalena y que resuena en la liturgia de Pascua con estas palabras: Dic nobis, Maria, quid vidisti in via? ¡Dinos qué has visto!
Lo que ha vencido a la mentira ha sido el testimonio de un hecho: haber visto al hombre Jesucristo resucitado de entre los muertos. Ninguna farsa podrá jamás destruir la certeza de quien ha visto con sus propios ojos y tocado con sus propias manos, oído con sus propias orejas y adherido con toda su libertad al hecho más clamoroso de la historia del mundo.
A partir de aquel acontecimiento, el de un hombre que vuelve a la vida con su propio cuerpo, deriva el valor absoluto de cada ser humano, su dignidad, su unicidad, la necesidad de que sea respetado tal y como es, en su identidad física y espiritual, desde el momento de su concepción hasta el lecho de muerte. Así, la capacidad de un juicio sobre toda la realidad y el coraje capaz de oponerse a toda violencia −también la que se esconde bajo una máscara de libertad− deriva de la fe en aquel hecho.
¿Qué rasgos debe tener, hoy como entonces, este testimonio?
El primero se expresa bien en el libro de Marta Busani sobre los orígenes de Gioventù Studentesca, cuando señala que la novedad que portaba don Giussani era su insistencia sobre el testimonio comunitario de los cristianos en el mundo: «El ser cristianos es un lugar, una comunidad». Este es, en el fondo, el contenido de la oración de Jesús al Padre: «Que sean una sola cosa para que el mundo crea» (cf. Jn 17,21). El mundo, para creer, necesita ver con sus propios ojos la unidad de aquellos que han visto y han creído. Para esto es necesario que los cristianos sean reconocibles dentro de la sociedad y que haya lugares donde esta presencia sea luminosa.
El segundo rasgo es reconocible en el gran santo tirolés Giuseppe Freinademetz. Él, que sabía hablar cinco lenguas, incluido el mandarino, al llegar a China, a Macao, descubre que «la única lengua que entienden los indígenas es la caridad». Solo una mirada de amor y de misericordia hacia las personas con las que estamos vuelve convincente el testimonio que llevamos, conscientes de que entre las obras de misericordia no se pueden olvidar la educación y el consejo hacia aquel que vive en la duda y en la ignorancia, porque «la caridad goza con la verdad» (cf. 1Cor 13,6).
En tercer lugar, lo que hacía creíbles a los primeros cristianos fue su disponibilidad a morir por aquella verdad que habían conocido. Hoy, como entonces, el mundo necesita conocer a mujeres y hombres dispuestos a hacer los sacrificios más grandes por amor a sus hermanos y a la Verdad que los convierte en tales.

 

Emmanuele Silanos es el vicario general de la Fraternidad San Carlos. (Imagen: vacaciones de los universitarios de Comunión y Liberación en Estados Unidos).

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