Meditación sobre la vocación de Francesco Ferrari, rector de la Casa de formación.

Quiero meditar sobre la llamada que habéis recibido y en el camino de estos años de seminario a partir del evangelio según san Marcos, donde se narra la curación del sordomudo.

«Dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, ‘ábrete’). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: ‘Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos’». (Mc 7,31-37).

 

  1. Effetá: abrir la propia vida al amor de Cristo

 

Las palabras que emplea Jesús en este pasaje acompañando al milagro nos ayudan a entender lo que le sucedió realmente a este hombre. Era sordo y mudo, no podía oír ni hablar. Por tanto, no podía comunicarse. Vivía cerrado en sí mismo, lo cual era impedimento para entrar en relación con los demás.

El milagro de Jesús consiste en abrir la vida de este hombre: Effetá. ¿A qué la abre? Ciertamente, al mundo y a las relaciones; el sordomudo podía oír y hablar. Pero, sobre todo, se abre a la relación con Cristo, puede escucharle y hablar con él. Los milagros de Cristo siempre están ligados a la fe, es decir, a la relación entre la persona y él. De hecho, después del milagro, él y sus amigos exclaman: «Todo lo ha hecho bien». Reconocen la potencia divina de Cristo, es un acto de fe.

Por tanto, Jesús tiene la intención de que este hombre se abra a la fe. No solo quiere restituirle el sentido del oído y de la palabra. Busca abrir sus «sentidos espirituales», es decir, la capacidad interior de reconocer la presencia de Dios.

Con frecuencia, nuestros sentidos espirituales se encuentran entumecidos. Nuestra vida está encerrada en sí misma, nos sentimos ofuscados a la hora de reconocer la presencia de Dios. Nos cuesta rezar, nos cuesta ver su obra en el mundo, experimentar gratitud o conmoción hacia Dios. Somos sordos a su actuar en el mundo. Así, todo se vuelve pequeño y mísero.

«No solo existe la sordera física, que en gran medida aparta al hombre de la vida social. Existe un defecto de oído con respecto a Dios, y lo sufrimos especialmente en nuestro tiempo. Nosotros, simplemente, ya no logramos escucharlo; son demasiadas las frecuencias diversas que ocupan nuestros oídos. Lo que se dice de él nos parece precientífico, ya no parece adecuado a nuestro tiempo. Con el defecto de oído, o incluso la sordera, con respecto a Dios, naturalmente perdemos también nuestra capacidad de hablar con él o a él. Sin embargo, de este modo nos falta una percepción decisiva. Nuestros sentidos interiores corren el peligro de atrofiarse. Al faltar esa percepción, queda limitado, de un modo drástico y peligroso, el radio de nuestra relación con la realidad en general. El horizonte de nuestra vida se reduce de modo preocupante. […] El evangelio nos invita a caer en la cuenta de que tenemos un defecto en nuestra capacidad de percepción, una carencia que al principio no reconocemos como tal, porque precisamente todo lo demás se nos impone con su urgencia y racionalidad; porque, aunque ya no tengamos oídos para escuchar a Dios ni ojos para verlo, aunque vivamos sin él, aparentemente todo se desarrolla de un modo normal. Pero, ¿es verdad que todo se desarrolla de un modo normal cuando Dios falta en nuestra vida y en nuestro mundo?»[1].

Nuestra vida necesita volver a abrirse para escuchar a Dios, para vivir en comunión con él. Hemos entrado en el seminario porque hemos descubierto que Cristo lo es todo, él es quien se merece nuestro corazón, nuestra razón y toda nuestra vida. Por ello, queremos aprender a escucharle, a hablar con él. Estamos aquí porque deseamos que la vida se abra a Cristo. Y, ¿cómo puede suceder esto?

 

  1. «Le presentaron un sordo»: el papel de la compañía

 

El sordomudo no llega solo hasta Cristo. Lo acompañan sus amigos. Es más, en algunos momentos no se distingue al sordomudo entre sus amigos. Por ejemplo, después del milagro Jesús se dirige a todos ellos y todos juntos realizan el acto de fe exclamando: «Todo lo ha hecho bien». Ante Cristo la compañía casi es un sujeto único. En nuestra vida cristiana esto es una verdad constante: no hay salvación, Cristo no está presente sin su cuerpo, que es la Iglesia. En nuestra vida hay dos momentos que de modo paradigmático señalan este hecho. El primero es el día del bautismo, cuando alguien nos condujo ante Cristo y por primera vez se nos dijo, en la liturgia, effetá, ábrete. En el bautismo, nuestra vida se ha abierto a la comunión con Cristo a través de la compañía de la Iglesia. El segundo momento es el encuentro con el movimiento, donde esta comunión con Cristo se ha vuelto consciente existencialmente, de modo que la vida ha podido seguir abriéndose a la comunión con Dios, con el destino final que nos espera.

El evangelio y nuestra historia nos hablan de algo decisivo: la apertura de la vida a Cristo es un hecho eclesial. No somos los primeros en llegar a Cristo, es la Iglesia quien nos conduce a él. La curación de Cristo sobre nuestra vida no solo confluye en nosotros, sino en toda la Iglesia.

Además, así como en el evangelio Cristo cumple el milagro mediante gestos concretos −tocar las orejas y usar la saliva−, él nos alcanza y nos permite caminar hoy a través de la concreción de los hermanos. Nuestra curación también tiene lugar a través de gestos concretos: hombres con un nombre, un temperamento, unos límites y unas virtudes en concreto. Es la concreción estremecedora y escandalosa de la Iglesia, mediante la cual Dios se hace cercano a través de los hombres: «quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1Jn 4,20).

La conversión de nuestra vida en el seno de la Iglesia suscita en nosotros dos sentimientos. Por encima de todo, suscita el sentimiento de la gratitud, hacia nuestra historia y nuestro presente, hacia todos aquellos rostros que han permitido y permiten que Cristo nos toque y nos sane. Muchos nos han acompañado durante años o hemos estado con ellos unos pocos minutos. A veces, son rostros a los que nunca hemos conocido personalmente, como por ejemplo don Giussani. Tenemos que aprender a vivir de la gratitud, el sentimiento más razonable para quien ha conocido a Cristo.

El segundo sentimiento que surge es el deseo de pertenecer y entregarse a esta compañía, con todo el corazón y toda la inteligencia, para que Cristo pueda seguir abriendo la vida a la comunión con él.

 

  1. «Le piden que le imponga la mano»: necesidad de ser redimidos

 

El milagro sucede en el territorio de la Decápolis, es decir, en una zona alejada del verdadero Dios. Es significativo que Cristo realice el milagro allí. Habla de un lugar alejado, donde hay carencia de fe, que, en realidad, es la verdadera sordera de la que hace falta ser curados. Nuestra vida puede estar aún alejada de Dios, podemos estar sin Él, sin necesidad ser redimidos. Giacomo Biffi decía que «hay en mi corazón continentes enteros donde la cruz de Cristo aún no ha llegado»[2]. En nuestro interior hay terrenos enteros sin Dios, cerrados a su palabra, y, por tanto, necesitados de redención. Redención significa adquirir, tomar un remedio. Hay aspectos de nuestra vida (hechos que han sucedido, aspectos de la personalidad, deseos, miedos…) que tienen que volver a la propiedad de Cristo. No se puede dar por descontado que reconozcamos concretamente la necesidad de ser redimidos. Hay diferentes tentaciones que pueden acallar esta humildad, dos en especial: el orgullo y el desprecio hacia uno mismo.

La primera tentación es el orgullo del que se cree justo, el que no reconoce que tiene que cambiar. Jesús denunció con fuerza, en especial ante los fariseos, la tentación del orgullo. Recordemos aquella parábola tan eficaz, que tiene que ser para nosotros una llamada constante:

«Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: ‘Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ‘¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo’. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ‘¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador’. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’» (Lc 18,9-14).

Qué triste es la actitud de este fariseo. Está en pie, no se arrodilla. Está ocupado en medirse y ver que es suficiente lo que hace. En él se advierte el fastidioso placer que siente al percibirse como un hombre justo. El orgullo es una opción constante para cada hombre, y ataca justo ahí donde uno realiza algo bueno, tal vez algo clamorosamente bueno. En este momento tenéis que estar atentos, porque el haber entrado en el seminario y el haber recibido el afecto de la gente ¡puede llevaros a pensar que sois grandes hombres!

«Ten compasión de este pecador». Esta es la actitud verdadera con la que hay que vivir. El gusto sorprendente de la redención, del descubrirse siendo perdonados y salvados, está vetado al que se cree un hombre justo.

Una segunda tentación es el desprecio hacia uno mismo, pensar en ser demasiado desproporcionado y que nuestro mal es una objeción. En el fondo, es la tentación de pensar que no podemos curarnos, como si fuéramos enfermos terminales. «Es demasiado el mal que he hecho, está demasiado radicado en mí, soy así desde hace mucho tiempo…». Esta tentación viene acompañada frecuentemente del miedo al juicio de los demás: «Si supieran quien soy, me dejarían solo…». Pedro también advirtió la desproporción entre sí mismo y Cristo el día en que, después de haber trabajado en vano durante toda la noche, al seguir la indicación de Jesús, recogió una redada enorme de peces. «Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: ‘Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador’. Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían cogido; […] Jesús dijo a Simón: ‘No temas; desde ahora serás pescador de hombres’. Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron» (Lc 5,8-11).

En el camino hacia Dios puede aparecer un sentido de desproporción, de pequeñez. Un sentirse inadecuado, ya sea por nuestros límites o nuestros pecados. El declararse pecadores, como hace san Pedro, es una mirada verdadera sobre uno mismo. La falsedad −la tentación− está en decidir si este sentirse indigno es una objeción para seguir a Cristo. Cristo no niega la indignidad de Pedro, pero al mismo tiempo le invita a seguirlo.

El orgullo y el desprecio hacia uno mismo tienen una raíz común: la medida de sí. Ambas actitudes son características del que se preocupa en medirse, de quien está replegado sobre sí mismo, preocupado por su propia grandeza o pequeñez. De esta tentación se sale apoyándose en Cristo, midiéndonos en función de su presencia. Se nos pide un cambio respecto al objeto de nuestra preocupación: no «qué grande soy yo», sino «qué grande es Cristo».

Dejando aparte el orgullo y el desprecio hacia uno mismo, buscando una actitud de humildad, preguntémonos: ¿qué es lo que tiene que ser redimido en nosotros? ¿Qué hay que sanar? Ofrezco algunas propuestas.

 

  1. «Se le abrieron los oídos»: sanar la razón, una nueva mentalidad

 

Benedicto XVI, en el fragmento citado, dice que hay demasiados ruidos, frecuencias diversas que ocupan nuestros oídos y que impiden escuchar la palabra de Dios. Es la influencia de la mentalidad en boga. Sin que nos demos cuenta, entran en nosotros, y nos encontramos dando un valor absoluto a cosas limitadas: el éxito, el reconocimiento, el poder… De modo que, por ejemplo, lo que hago es importante en función de si los demás lo ven, si se reconoce o si se muestra eficaz.

Benedicto XVI también habla de una mentalidad racionalista, que en el fondo hace que se mire a Dios como algo que no es razonable o precientífico. Las cuestiones relacionadas con Dios, y en general con la vida espiritual, nos parecen un poco irracionales, relacionadas con la magia o cuentos de hadas. Entonces, es nuestra mente, la mentalidad lo que hay que sanar en nosotros. Necesitamos un uso nuevo de la razón. «No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rm 12,2).

¿En qué consiste este uso nuevo de la razón? En que la razón tiene que abrirse al mundo invisible. No solo existe lo que veo y toco. También existe algo más allá de la realidad. Una razón que se abre a lo invisible es una razón capaz de captar los signos del Misterio en la realidad y, por consiguiente, es la única razón capaz de comprender la realidad en su totalidad. Porque la realidad no solo es lo que veo y toco; de la realidad también forma parte quien la ha querido y el por qué la ha querido. La curación consiste en volver a escuchar su voz en la realidad, es decir, en reconocer a Cristo presente. En estos años será decisivo aprender a rezar, vivir una relación frecuente con los sacramentos, descubrir la compañía de los santos, es decir, de aquellos que han vivido una relación real con Dios, con lo invisible.

Una razón que se abre para escuchar la voz de Dios, siempre mediante la compañía, adquiere en el tiempo un nuevo juicio sobre la realidad, que extrae sus criterios de la comunión con Dios y no del mundo. La mentalidad que deseamos renovar en nosotros es una razón abierta, capaz de acoger el verdadero valor de la realidad, es decir, de la realidad tal y como la ve Dios, como nos ha revelado Cristo. Es lo que dice san Pablo cuando constata al escribir a los Corintios que nosotros tenemos el pensamiento de Cristo.

Es fascinante pensar en la posibilidad inapreciable de tener el pensamiento de Cristo. El camino para adquirir esta nueva y sorprendente mentalidad es el conocimiento, frecuentar la persona de Cristo, su modo de mirar la vida y el mundo. Es su persona lo que conocemos a través del camino de la Iglesia, del movimiento y de la Fraternidad. Es su pensamiento lo que descubrimos en la Escritura, en la liturgia y la tradición de la Iglesia. En estos años, el estudio, la liturgia y la oración no tienen otra finalidad que la de conducirnos a una familiaridad con la persona de Cristo.

Para que esto suceda se nos pide hacer un trabajo sistemático de corrección de los juicios falsos que albergamos en nuestro interior. Vemos y pensamos en muchas cosas como si Cristo no existiese, en función de una mentalidad que no es la suya. Por poner algunos ejemplos: pensamos en la idea de libertad como autonomía y no como dependencia; en la idea de plenitud como autoafirmación y no como don; en la idea de sacrificio como una objeción y no como posibilidad de amor. Os invito a tener la valentía y la sencillez de cuestionaros a vosotros mismos, de rebatir, en el diálogo con nosotros, todo lo que en vuestro interior habla de un pensamiento alejado del de Cristo.

Uno de los frutos más bellos de esta curación de la razón es el descubrimiento de la unidad de la vida, como recordaba Giussani: «Pertenece por derecho propio a la compañía de Cristo en nuestra vida este aspecto de recapitular en su persona todo el significado de toda la historia: tiene una dignidad cultural única, por consiguiente, su Presencia en la vida de cada uno. […] Es como si Cristo dijese: ‘Todo lo que ha sucedido ha sido por mí, la historia existe por mí. Yo soy el sentido de la historia’. Su compañía y su Presencia determinan, entonces, la percepción que uno tiene de sí mismo y de la realidad. […] Ex uno Verbo omnia, et unum locuuntur omnia et hoc est principium quod et loquitur in nobis. Por una sola Palabra todo y todo proclama una sola Palabra. Y esta Palabra es el principio que habla dentro de nosotros»[3].

San Pablo también habla del conocimiento de Cristo como del único factor por el que todo merece la pena: «Todo eso que para mí era ganancia, lo consideré pérdida a causa de Cristo. Más aún: todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él» (Fil 3,7-9).

La curación de nuestra razón es una curación del conocimiento, el descubrimiento del sublime conocimiento de Cristo.

 

  1. «Se le soltó la traba de la lengua»: sanar el corazón, ciertos del amor

 

Por añadidura, necesitamos una curación del corazón y del afecto.

Nosotros vivimos para amar y ser amados. Pero con mucha frecuencia esta necesidad que tenemos está manchada por la duda y el miedo. Son muchas las causas que nos hacen probar el miedo a no ser amados, y de no saber o poder amar. Hay causas culturales, porque una sociedad que no estima a la familia, que separa el sexo del amor, que no tiene piedad por la vida débil, insinúa un escepticismo acerca de la posibilidad de amar verdaderamente. Hay razones morales, porque nuestro mal hace que nos percibamos indignos de ser amados y de donar nuestro amor. Nuestra historia también puede generar en nosotros miedos, porque ciertas heridas del pasado, si no son redimidas, pueden cerrarnos al amor. Así, llevamos a nuestras espaldas un miedo inconsciente, que se manifiesta de mil modos: ansia de ser reconocidos, soledad, egoísmo, posesividad, miedo a equivocarnos o a ser juzgados, etc. Giussani y Testori en una conversación hablan de la pérdida del sentido de nacer, es decir, de la pérdida del sentimiento de ser queridos[4]. Por usar las palabras del evangelio, hay un «nudo» en nosotros que tiene que desatarse para poder vivir con libertad aquella comunión con Dios y con los hombres para la que estamos hechos. Necesitamos curarnos, descubrir que nuestra vida es querida, amada y esperada, y nosotros también somos capaces de amar.

Esta es la obra redentora de Cristo, que rompe con la dinámica de nuestra cerrazón comunicándonos su amor personal hacia nosotros, donándonos la certeza de ser amados y el coraje para amar.

Antes de pronunciar la palabra effetá, Jesús mira hacia el cielo y suspira. Mira al Padre y suspira de compasión por el hombre. Es una conmoción que se encuentra más veces en el evangelio: ante los ciegos de Jericó (cf. Mt 20,34), ante la viuda de Naín (cf. Lc 7,13), ante la multitud sedienta y perdida (cf. Mc 6,34; 8,1). Llora ante Jerusalén (cf. Lc 10,41) y por la muerte de Lázaro (cf. Jn 11,33-35). Jesús abre nuestra vida a Dios (el Padre al que mira) donándonos la experiencia de un amor imposible, desmesurado y más allá de las expectativas. Lo que desata el nudo de nuestro corazón y elimina nuestros miedos es el descubrimiento de ser amados y queridos desde siempre. Es descubrir que estamos en el corazón de Cristo. Esta es la revelación de la cruz, de un amor impensable sobre mi vida. La redención de nuestro corazón coincide con el descubrimiento personal del amor que tiene Cristo por mí, muerto en cruz por mí, un amor que alcanza hoy en el dono siempre actual de la eucaristía. No solo se trata de un sentimiento o de una percepción psicológica, sino de un hecho que ha sucedido por mí. No se trata de sentirse amados, sino de saberse amados. Este es el descubrimiento que trastocó y revolucionó la vida de san Pablo. «Pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8). «Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gal 2,20).

El sordomudo fue liberado por amor, porque Cristo se conmovió por él. Del mismo modo, habiendo sido liberado pudo a su vez conocer y amar a Cristo.

Este amor nos alcanza a través de la compañía de la Iglesia. Los sacramentos, los hermanos, la casa que Dios nos ha dado. Massimo Camisasca describió en estos términos nuestra Fraternidad: el luego donde Cristo se inclina sobre mis heridas[5].

Podemos volver a amar, dejando de ser esclavos de nuestros miedos, de nuestro mal e inseguridades, al abrazar el camino que se nos ofrece en esta casa.

 

  1. «Todo lo ha hecho bien»: el descubrimiento del Padre

En el pasaje de Marcos, después de que Jesús cumpla el milagro, las personas que están a su alrededor expresan su asombro y alegría. «Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos»: la segunda parte de la frase recuerda a la descripción de Isaías sobre el Mesías que vendría. Por otro lado, la primera parte («todo lo ha hecho bien») nos recuerda al Génesis, el momento en que Dios declaró que todas las cosas que había creado eran buenas. Después del milagro, Marcos presenta a Jesús como el Mesías esperado, el enviado de Dios que desvela al mundo al Padre, creador de todo.

En este punto llegamos al corazón de la curación que realiza Jesús, al contenido último de la apertura a Él de la que hemos hablado. La redención de Cristo abre la razón, volviendo a dar al hombre la capacidad de conocer a Dios y de mirar la realidad con sus ojos. También abre el corazón, donando la certeza de un amor por la propia vida, desvelado en el amor de Cristo en la cruz. Hay una palabra que describe esta vida nueva a la que Cristo abre: filiación. Cristo abre nuestra vida al descubrimiento del Padre, de aquel que ha querido (y, por tanto, amado) todas las cosas, que son buenas. La palabra griega que usa Marcos es kalos, que quiere decir tanto «bueno» como «bello». La realidad es buena porque es querida por el Padre y, por consiguiente, bella porque es signo y revelación de su amor. Y la realidad buena y bella por excelencia es el hombre. Yo soy hijo, es decir, soy querido, deseado y estoy bien hecho por un Padre. Este es el descubrimiento maravilloso que nos abre a Cristo. En el fondo, su misión en el mundo consiste en desvelar al hombre el rostro del Padre bueno. Como dice este pasaje de Mateo que da tanta paz:

«Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y yo os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso» (Mt 6,25-34).

Podemos parafrasear así este fragmento: hay un Padre, sois hijos, podéis dejar de tener miedo.

 

  1. «Con más insistencia lo proclamaban ellos»: la urgencia de la misión

Jesús ordena al hombre curado y a sus amigos que no digan nada a nadie. Tenía sus razones, no quería que se le confundiera con un taumaturgo. Ellos, en cambio, no se resisten, no consiguen callar lo que han visto y desde el principio empiezan a contárselo a todos. El descubrimiento del amor de Cristo, la belleza de conocerle, es el motor de nuestra misión. «Porque nos apremia el amor de Cristo al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron. Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos» (2Cor 4,14-15).

Nos apremia el amor de Cristo. El verbo griego, synecheìn, tiene distintos significados. Podría traducirse por: «el amor de Cristo nos apremia, nos toma, nos urge, nos asedia, nos reclama, nos secuestra». Nuestra misión nace de aquí, del descubrimiento de este amor impetuoso que orienta la vida en una nueva dirección. De hecho, la criatura nueva, la criatura sanada por Cristo, es un hombre que ya no vive para sí mismo sino para Cristo. La misión no nace a raíz de nuestra grandeza o capacidades, nace de la potencia del amor de Cristo, que nos alcanza en una compañía humana y nos dona la certeza y el coraje que nacen de la filiación, del descubrimiento del Padre, quien lleva en sus manos y en su corazón nuestra vida.

[1] Benedicto XVI, Homilía en Munich, viaje apostólico de su santidad Benedicto XVI

a Munich, Altötting y Ratisbona, 10 de septiembre de 2006.

[2] G. Biffi, Riconciliazione nella verità, Piemme 1984, 14 (la traducción es nuestra, ndt).

[3] L. Giussani, Alla ricerca del volto umano, Rizzoli 1995, p. 72 (ed. esp.: El rostro del hombre. Las dimensiones reales de nuestro yo, Ensayos, 94, Encuentro, Madrid 1996, pp. 84-85).

[4] Cf. Giovanni Testori con Luigi Giussani, Il senso della nascita. I libri della speranza, Rizzoli, 1980, 33ss.

[5] Cf. M. Camisasca, Lezione, Vacanze della Fraternità san Carlo, Sauze d’Oulx, 27 julio 2009.

 

Imagen: detalle de un fresco de la abadía de Sant’Angelo in Formis (Capua).

lea también

Todos los artículos