El descubrimiento del otro

El fundamento del matrimonio y de la familia es servir a la obra de Cristo, en la comunión con la Iglesia.

Un momento durante una fiesta en el Centro juvenil de Roma, cedido a los sacerdotes de la Fraternidad San Carlos (foto: Stefano Dal Pozzolo).

Una de las experiencias más bonitas que podemos tener en nuestras misiones es la de acompañar a las familias a vivir su vocación. Acompañar y ser acompañados: porque también para un sacerdote es importante la cercanía con tantos matrimonios contentos de su relación, agradecidos por el don de los hijos, deseosos de entender más aún de qué manera pueden servir al reino de Dios como maridos, mujeres, padres, madres y cómo pueden dar testimonio de una vida humanamente realizada.  

Desgraciadamente, también me encuentro con parejas bloqueadas, como si hubiesen perdido las razones de su estar juntos. Puede suceder después de años de matrimonio o al cabo de pocos meses. Y surgen preguntas tales como ¿desde dónde empezar cuando parece que ya no nos queremos?, ¿cómo podemos aceptarnos de un modo verdadero, y no solo tolerar de mala gana al otro?, ¿cómo puedo aprender a amar también lo que no me gusta o no entiendo del otro?. Pensando en ellos, me viene a la cabeza uno de los ejemplos más humanos descritos en el Evangelio, cuando María y José vuelven de Jerusalén y se dan cuenta de que el Niño no está con ellos.  

Solo Dios cumple nuestro deseo. Mediante el rostro del otro quiere que descubramos algo de Él.

Cuántas veces en nuestra vida de repente nos damos cuenta de que no Lo llevamos con nosotros. Cuántas veces Su presencia, que se da por hecho, en realidad ya no incide en la vida cotidiana. Lo que me impresiona del episodio del Niño perdido y hallado en el Templo es que los dos, José y María, buscan juntos a Jesús. Para nosotros es lo mismo: cuando el afecto entre nosotros languidece, la mayoría de las veces tiene que ver con la pérdida de las razones de nuestro estar juntos. El cansancio y la frialdad en las relaciones empieza cuando se seca la fuente del amor verdadero. Cuando Cristo, sin que nos demos cuenta, desaparece de nuestra vida, es necesario buscarlo, juntos. Y esto implica un trabajo, un cansancio. 

Lo primero que se necesita es pobreza de espíritu, admitir que Lo hemos perdido, que ya no está con nosotros. Y después, tenemos que buscarLo juntos, pedirLo. El pasaje del Niño perdido y hallado en el Tempo nos dice que Jesús en cierto sentido se muestra inabarcable, es irreductible ante nuestros intentos de encasillarle en algo que ya hemos entendido. Por eso es necesario buscarlo siempre. La primera tarea de una familia, por tanto, es rezar juntos. 

Pero el ser irreductible de Jesús ante nuestros esquemas también nos recuerda que cada uno de nosotros es un misterio para el otro. Y esto se vuelve aún más evidente en la experiencia del matrimonio.  

Por ejemplo, pensemos en la experiencia que han tenido los místicos, los santos contemplativos: su amor a Dios, que los conduce hacia una unión con Él cada vez más profunda, ¿acaso agota el misterio de Dios a sus ojos? ¡Todo lo contrario! En la medida en que el hombre conoce a Dios, más se revela Dios como misterio. Y, precisamente, el hecho de que sea inagotable nos permite hacer experiencia cada día de la novedad de Cristo. De hecho, ¿qué es el Misterio? El Misterio no es aquello que no se puede conocer. Al contrario, es el que se conoce infinitamente. Justo porque sigue siendo Misterio, me permite conocerlo siempre y cada vez más. Pero si esto es verdad en el amor a Dios, ¿por qué tendemos a pensar que el amor humano es diferente? Cuanto más conozco y amo a mi mujer o a mi marido, más me doy cuenta del misterio que es ella o él para mí.  

Es verdad que este descubrimiento del tu o del otro como alguien diferente a mí, distinto a cómo lo imaginaba, muchas veces es difícil de aceptar. Lo expresa muy bien Joseph Ratzinger en su Introducción al cristianismo, cuando afirma que cada tú es en última instancia una decepción. Una decepción que nace de la ilusión de que sea él (o ella) quien responda a mi necesidad de amar y de ser amado, cuando en realidad es solo Dios quien cumple este deseo y que a través del rostro del otro y su diferencia con respecto a mí quiere que descubramos algo de Sí mismo. Cristo quiere encontrarse con nosotros, pero pide que lo busquemos juntos. Al buscar a Cristo, cada uno se descubre a sí mismo y al otro que está con él. 

Solo entonces empezaré a acoger verdaderamente a mi marido o a mi mujer, a descubrir y a apreciar también aquellos aspectos de él o de ella que no conocía. Entonces, la diferencia del otro se convierte en una riqueza para mí. 

En este camino de descubrimiento de la propia vocación, la familia nunca está sola. No es coincidencia el hecho de que la búsqueda de María y de José termine en el Templo. Dentro de la comunión de la Iglesia los esposos vuelven a encontrarse con Cristo y redescubren la razón de su estar juntos, que, en el fondo, consiste en ponerse al servicio de una obra más grande, la que Cristo quiere cumplir en nombre de su Padre. 

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