El centro cultural de la parroquia Nuestra Señora de Las Aguas (Bogotá), un tesoro inesperado que nació durante el confinamiento.

Hace aproximadamente un año nació El Faro, un centro cultural en la parroquia que tenemos aquí, en Bogotá. Empezamos durante la cuarentena, cuando la gran mayoría de nuestros parroquianos, sobre todo los estudiantes que habían venido de fuera, habían vuelto a sus ciudades de origen para no pasar solos en los pisos el periodo de aislamiento. Para mantener el contacto con ellos, y un poco por diversión, comenzamos dando vida a un club de lectura, empezando con El señor de los anillos de Tolkien. El experimento funcionó, hasta el punto de que decidimos abrir un verdadero centro cultural virtual. Diseñamos el logotipo, abrimos páginas en las redes sociales y nos lanzamos a ello. Meses más tarde, con la vuelta gradual a la normalidad, pudimos empezar a hacer charlas, invitando a amigos italianos. Para nuestra sorpresa, el miedo a que la actividad se estancase por falta de personas interesadas que pudieran moderar los encuentros, era infundado. Una de las cosas más apasionantes de este trabajo ha sido descubrir muchos talentos enterrados que tenemos en la parroquia. Tener los ojos abiertos nos ha permitido descubrir una riqueza humana inagotable. Al igual que las minas de esmeraldas que tenemos en Colombia, cada mes hemos ido extrayendo nuevas gemas, algunas de alta calidad, otras más rudas, pero siempre piedras preciosas.
El mexicano Gamaliel nos ayudó a entrar en el mundo del coronavirus y de las vacunas. Los profesores Gloria y Santiago (bautizado desde hace poco) nos guiaron a través de recorridos musicales, María José nos abrió una ventana al mundo del baile. Andrea nos presentó al escritor Mario Mendoza, maestro del «realismo degradado», mientras que el profesor Kniasian nos habló de los sufrimientos y la fe del pueblo armenio.
Todas las charlas que hemos hecho nos enseñan que la cultura que nace de la experiencia cristiana −incluyendo la de una pequeña comunidad parroquial donde hay un pueblo que vive su fe− no tiene nada que envidiar al mundo de las mejores universidades.

Imagen: un momento de fiesta en la parroquia Nuestra Señora de Las Aguas (Bogotá).

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