Lección por videoconferencia a los miembros de la Fraternidad San Carlos.

La pandemia que estamos atravesando ha puesto de manifiesto dramáticamente al menos dos grandes cuestiones interrelacionadas: la relación con la muerte y la relación de la persona con el Estado, o, en general, con el poder de quien rige la sociedad.
Ambos temas no solo tienen que ver con la vida de todos los hombres. También se encuentran en el corazón de la obra salvífica que Cristo ha llevado a cabo (haciéndose hombre, muriendo y resucitando) y por tanto del anuncio de liberación que nosotros estamos llamados a llevar a los hombres de nuestro tiempo. De la respuesta a estas dos cuestiones emerge de un modo evidente la originalidad del cristianismo en todos los tiempos y, por tanto, también hoy en día.
Querría compartir con vosotros algunas reflexiones sobre la relación que Cristo nos enseña a tener con la muerte.

 

Cristo nos ha liberado del miedo a la muerte

Entre 1835 y 1840, cuando tenía en torno a 30 años, siendo un joven sacerdote, Gratry escribió una breve meditación sobre la muerte en el que ya se encontraban presentes algunos de los temas que más le interesaban, como la fuerte esperanza de un renacimiento cristiano de Europa, a la que veía cansada y puesta a prueba después del trauma del siglo de las luces[1]. En las primeras líneas de este ensayo, Gratry describe el tipo de relación que instaura la sabiduría práctica del hombre carnal con la muerte. Sus palabras describen una experiencia que también nosotros hacemos con frecuencia y a todos los niveles cuando entramos en relación con los familiares de los enfermos graves o de los moribundos: «Cuando un hombre está a punto de morir […], conducirle hacia el final inevitable es un deber. Se le acompaña, se le dice que va a recuperarse, porque mentir en esta ceremonia suprema es un deber sagrado. Se le engaña como a un niño enfermo, se le acompaña hasta el abismo entreteniéndole con cualquier otra cosa, meciéndole con esperanza para dormirle. En el momento álgido, se le dice que aún está lejos; después, de repente, se precipita como por sorpresa, se gira bruscamente para no ver nada y se aleja de nosotros. Hoy, entre nosotros, seguimos enterrando así a los que amamos»[2]. Y añade en tono polémico: «nuestras costumbres paganas nos vuelven tímidos ante la muerte. Desde la infancia [los adultos y los educadores] nos enseñan a temerla, a huir de ella a toda costa; nos presentan un espantoso misterio del que nunca se debe hablar. En efecto, morir es amargo y difícil cuando nadie nos lo enseña, cuando nos dejan morir solos, cuando nos engañan hasta el último instante, para impedir a quien muere que sepa lo que está haciendo»[3].
Gratry escribió hace casi dos siglos, dos siglos que solo han confirmado y acentuado la censura hacia la muerte de la que el escritor francés veía sus signos en la actitud superficial de sus contemporáneos, también de muchos cristianos.

Junto con esta observación de Gratry querría añadir un fragmento de Pabellón de cáncer, gran novela de Solzhenitsyn, donde emerge de manera evidente el contraste entre la mentalidad cristiana y cualquier otra mentalidad que niega la trascendencia.
En la primera parte de la novela se nos presenta a uno de los personajes que se encuentran en el pasillo del hospital, donde se ambientan los hechos. Su nombre es Efrem Podduiev. Con tres breves pinceladas Solzhenitsyn lo presenta así: «fuerte de hombros y firme de piernas […] mente lúcida»[4]. No ha cumplido los cincuenta años, está dotado de un físico excepcionalmente resistente al cansancio, es un buen trabajador, pero también es un gran bebedor y mujeriego. «No tenía en ninguna parte nada que lo retuviese −ni bienes, ni casa, ni familia− y lo único que le gustaba era ser libre como un pájaro y tener los bolsillos bien provistos»[5]. Este hombre tiene una interioridad primitiva, incapaz de alzarse por encima de la realidad material. Es una especie de pequeño Prometeo, un superhombre nietzscheniano que se queda, por decirlo de algún modo, en el lado de la moral cuyo ámbito de acción es la fuerza. Pero también es una especie de producto del materialismo ateo en que ha sido educado. Y esto es lo que le hace interesante a los ojos de Solzhenitsyn, que siempre está en alerta para captar las pequeñas o grandes «resurrecciones» de lo humano, sofocadas por el velo del totalitarismo ideológico.
Por lo tanto, Podduiev es la encarnación del espíritu de nuestro tiempo, vivido de manera inconsciente y banal en la práctica. La salud de la que siempre había gozado y la desenvoltura con la que sabía controlar a su favor todas las situaciones lo habían convencido de ser invencible. Entonces, ante los primeros síntomas de la enfermedad había simulado que no comprendía. Después, durante mucho tiempo se había dicho a sí mismo que todo se habría ordenado y que habría salido hacia delante. «A Podduiev toda su vida lo había preparado para vivir, no para morir. Semejante conversión quedaba por encima de sus fuerzas; no sabía cómo llevar a cabo esta conversión, y para repelerla mejor, permanecía en su puesto, yendo todas las mañanas al trabajo como si tal cosa y escuchando los elogios que hacían a su fuerza de voluntad»[6]. Es la imagen del hombre con el que nos topamos todos los días, que retrasa la cita consigo mismo.
Pero, de repente, un pensamiento lo sorprende. Le viene a la memoria el modo de vivir que caracterizaba al pueblo educado por la Iglesia, la generación precedente a la suya, hombres para los que Dios todavía era una realidad: «Desde su juventud, Efrem había oído repetir y sabía, por su cuenta y por sus camaradas, que ellos, los jóvenes, eran más inteligentes que los mayores. Los mayores en toda su vida ni siquiera habían puesto un pie en la ciudad; no se atrevían, mientras que a los trece años Efrem ya sabía galopar, disparar con la pistola y a los cincuenta había palpado el país entero como un cuerpo de mujer. Y he aquí que ahora, yendo y viniendo por el pasillo del hospital, le venía a la memoria la manera de morir que tenían esos viejos rusos, tártaros o udmurtos en su pueblo, allá en la ribera del Kama. No alardeaban, no intentaban defenderse, no se jactaban de que no morirían, todos ellos aceptaban la muerte tranquilamente. No sólo no postergaban el momento de las cuentas, sino que se preparaban para ello muy reposadamente y por adelantado, indicando a quién pasaría la yegua, a quién el potro, a quién el gabán, a quién las botas. Y ninguno de ellos habría temido tener cáncer»[7].
«Lo más terrible que le puede suceder al hombre es ser superficial», escribía don Massimo Camisasca −de hecho, nuestro materialismo práctico nos vuelve superficiales− «no vivir el sentido del tiempo como ocasión, instante tras instante. El tiempo vivido como respuesta a Cristo despeja el primer enemigo de la vida, el miedo. Ahí donde hay miedo, no está Cristo. Como dice san Juan, no hay temor en el amor (1Jn 4,18)»[8]. Los campesinos rusos de los que se acuerda Podduiev de repente no tenían miedo; más bien, el miedo no les dominaba. De la misma manera, ante la muerte, elegían, decidían, ponían en orden sus cosas y su vida, se despedían con tiempo de sus seres queridos. En definitiva, eran libres.

 

Cristo nos ha liberado de la prisión del instante

Entonces, Cristo nos ha liberado del miedo a la muerte; no nos lo ha quitado. La repulsión que nos provoca la muerte sigue estando, y, con esta, un cierto temor. Y nosotros, como dice san Pablo, nos resistimos a ser despojados de nuestro cuerpo y querríamos en cambio ser sobrevestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida (2Cor 5,4). Pero Cristo ha dado un sentido a la muerte. ¿Cómo? Ofreciendo un horizonte infinito y real a nuestro instante. A pesar de permanecer en una condición limitada (cfr. 1Cor 13,12) y en una oscuridad que aún perdura, sabemos que en realidad la muerte es nuestro verdadero nacimiento. La Iglesia nos ha enseñado a vivir esta vida como inicio y preparación (cfr. 2Cor 5,5) de algo que no tiene fin.
El don incomparable de la fe cristiana y la posición de espera en la que se asienta −todos los domingos repetimos: «espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén»[9]− vuelve a dar al tiempo su verdadero significado, liberándonos de los límites del instante en los que de otro modo nos ahogaríamos.
En la cultura en la que estamos inmersos, que es en última instancia nihilista, el sentido dramático y melancólico de la fugacidad del instante −en sí mismo signo de la profundidad del alma humana y de su destino último− se corrompe en la afirmación de su inconsistencia, de su sinsentido. ¿Cuántos hombres que viven a nuestro lado ahogan el malestar y la desesperación en las formas más extremas de disipación? ¿Pero cómo se puede huir de la angustia, si uno corre hacia el abismo inevitable y definitivo de la nada? ¿Cuántos Podduiev trabajan en nuestra ciudad como máquinas, para anestesiar el miedo a la muerte? En cambio, todo lo que vivimos, empezando por la relación con Cristo, dura para siempre. «Lo efímero [en sentido ontológico]», escribía Giussani, «puesto que es algo que existe, ¡siempre es bonito! Es efímero [en sentido negativo] en cuanto se utiliza mal, no según la armonía; porque lo que permanece es lo verdadero. Si lo usas bien, permanece para siempre: ‘Hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados’ […]. ¡No se pierde nada!»[10]. Esta es la positividad del alma cristiana que nos ha transmitido Giussani. Es la misma positividad que hasta un campesino iletrado que vive a orillas del Volga puede tener para mirar el último paso «tranquilamente»[11]. Precisamente porque nuestro instante es eterno, tiene un valor, un sentido, y, por tanto, puede ser vivido verdaderamente. Solo la realidad del cielo, la profundidad definitiva de la existencia puede motivar en última instancia nuestro presente. De otro modo sería justo consumarlo, como hacen todos. En cambio, estamos llamados, empujados por la lógica de la fe a sacralizarlo y redimirlo, como dice san Pablo (cfr. Ef 5,16).
La conexión entre el presente y el «para siempre» o, mejor dicho, entre el presente y la manifestación del «para siempre» en el instante, nos pone delante de la cuestión esencial de cada vida humana y de nuestra propia vida: la cuestión de su verdad final y de poder convertirse en verdad en cada momento. En la conclusión de un ensayo dedicado al misterio de la resurrección, Daniélou escribió estas breves y potentes líneas, de las que emerge la radicalidad de la perspectiva cristiana de la vida: «Para la fe católica las fronteras entre el más allá y el mundo son indefinidas. En realidad, entre lo que somos hoy y lo que seremos eternamente no hay una gran diferencia. La vida eterna mostrará solo lo que hayamos amado en la tierra. Con otras palabras, la vida eterna solo ratificará lo que hayan sido nuestras adhesiones durante esta vida, llevándolas a la plenitud de su realización. Entonces, la perspectiva de la eternidad no tiene nada que ver con una evasión, sino que impregna de un significado lleno de consecuencias este momento presente, pues seremos eternamente lo que habremos hecho durante nuestra existencia terrenal. La vida presente adquiere de esta manera todo su sentido dramático. Nos ha sido dada para colmarla de amor, en la mayor medida posible»[12]. Por tanto, redimir el tiempo significa por encima de todo vivir nuestra adhesión a Cristo, respondiendo en cada momento a la llamada de amor que viene de él. Nuestro sí, que Daniélou denomina como «adhesiones», los gestos con los que afirmamos a Cristo, de forma visible o en lo escondido (Mt 6,4-6-18), son decisivos para la eternidad.
En su famoso drama teatral, El taller del orfebre, Karol Wojtyla hace decir a la pareja de protagonistas del primer acto: «El futuro depende del amor». En este caso se trata del amor entre dos novios y del futuro de su vida matrimonial. «El futuro», dice Andrés hablando de su historia con Teresa, «seguía siendo una incógnita que ahora aceptábamos sin inquietud. El amor vence la inquietud»[13]. La realidad presente de su amor recíproco es la semilla de todo desarrollo sucesivo y el camino para introducirse en el riesgo de lo que vendrá. Pero la metáfora esponsal habla implícitamente de nuestra relación con Dios. Entonces, la afirmación de los dos novios revela algo en este sentido, es más, se convierte en una ecuación que puede leerse en los dos sentidos. Como dice Daniélou, el amor con el que lleno mi instante presente determina el futuro, es la semilla de su desarrollo cumplido. Y, al mismo tiempo, el «para presente», es decir, el Amor como horizonte último de nuestro instante, es lo que determina mi instante presente, cargándolo de significado y llamándolo a llenarse de ese amor que lo convierte en eterno. Como dice Ada Negri, hace que pese[14], pero en realidad lo vuelve ligero. Mi yugo es dulce y mi carga ligera (Mt 11,30). El que somete su instante al yugo del amor de Cristo recibe a cambio una ligereza que de otra manera sería imposible al mirar el final.
En 1998, durante una entrevista preguntaron al cardenal Biffi: «Entonces, digamos que estamos destinados a la eternidad… ¿Qué pasa con nosotros un instante después de la muerte?». Respuesta: «Yo sé lo que me ha llegado de quien ha venido del otro lado. […] Yo sé lo que me ha dicho Jesucristo: […] que más allá inmediatamente está él, es decir, él es la meta de la existencia humana». Entonces, el entrevistador le presiona: «En general, ¿usted está tranquilo ante la idea de la muerte?». Respuesta: «[…] ¡Yo he apostado mi vida por él y ni siquiera sé de qué color son sus ojos! En fin, será una alegría poderle ver»[15]. En aquella sonrisa de Biffi volvemos a encontrar la misma tranquilidad cristiana ante lo inevitable de los campesinos de Solzhenitsyn.
«¿He llegado al final de mi vida? […] ¿Dónde estás Presencia amorosa?… Y después, ¿qué habrá?». Estas son las últimas palabras que Gabrielle Bossis anotó en su diario místico, el 25 de mayo de 1950. Pocos días después, con setenta y seis años, moría de cáncer, después de haber vivido durante muchos años una experiencia muy particular de diálogo con Cristo. Y Jesús le respondió: «Seré Yo, seré siempre Yo»[16]. Nuestro instante presente es el comienzo de algo que no termina, es decir, de nuestra relación con Cristo.

 

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Don Massimo, en la homilía del funeral de nuestro querido hermano Antonio Maffucci, nos recordó estas mismas cuestiones cristianas, vividas y testimoniadas por personas totalmente diferentes entre ellas, con distintas variantes a lo largo de toda la historia de la Iglesia: «La muerte de don Antonio, que ha sucedido de este modo extraño y terrible y que ha impedido despedirnos, me recuerda con mucha serenidad y sencillez la cercanía del cumplimiento de mi vida. Como nos invita san Pablo, debemos aspirar y pensar en las cosas del cielo (cfr. Col 3,1-4), no para evadirnos de la vida presente, sino para saborear con más profundidad e inteligencia lo eterno que habita en ella, como las brasas bajo la ceniza». Y sería bonito que cada uno de nosotros pudiese decir al final de una vida entregada a Cristo lo que don Massimo decía de Antonio: «Gracias, Antonio, por tu vida donada, no solo por no haberte guardado nada para ti, sino por haberla donado sin vanagloria, ¡casi sin pensarlo! Gracias por tu alegría, por tu frescura infantil, por tu amor a Cristo y a la Iglesia»[17].

 

Tenemos que decir a todos que la vida es eterna
 
Si todo esto es verdad, ¡urge decir a todos que la vida es eterna! El mundo, envuelto en las tinieblas del sinsentido, espera este anuncio. Esta es nuestra tarea como cristianos y misioneros.
El pasado 8 de octubre, Camillo Ruini recibió a Patrick Valena y a Carlo Menozzi, representantes del grupo de nuevos sacerdotes a quienes se les ha confiado las parroquias de Sassuolo, su ciudad natal. Ante la pregunta de los dos nuestros, interesados en entender mejor por dónde habría que empezar su obra de educación, respondió así: «Por vuestro ministerio de párrocos es fundamental que tengáis algo que decir, una cultura, un mensaje que proponer. Si vivís así el ministerio, entonces la gente os seguirá con sencillez y de manera inmediata». Ya solo en sí misma, es una afirmación que no se puede dar por descontado. Después especificó: «A mi juicio, los temas centrales de la predicación hoy deben ser la antropología y la escatología. Dicho de otra manera, la dignidad de la persona humana y la apertura a la eternidad. Tenemos que transmitir la idea de que el hombre no está reducido a la materia y que no puede ser comprendido de un modo exhaustivo exclusivamente por medio de la psicología y la sociología. La apertura del hombre al mundo espiritual, a lo divino. Esto es fundamental y hay que anunciarlo de nuevo a la gente. En esto se juega nuestra lucha contra el mundo», nuestra lucha por la salvación de todos los Efrem Podduiev con los que nos encontramos todos los días, nuestro trabajo para que la fe se convierta en cultura en el corazón y la mente de la gente que nos ha sido confiada. «No es solo una cuestión de fe, también se trata de un tema filosófico que la razón puede reconocer» y, por consiguiente, es un terreno en el que podemos encontrarnos con todos, añadía el cardenal. «Además, el anuncio de la eternidad: este es el corazón de la fe cristiana. Es la única perspectiva que vale de verdad».
Ruini concluía así: «Vuestra misión es bonita: ser sacerdotes en medio de la gente, hablar, predicar, compartir la vida con los demás, juzgar las cosas juntos. Sed fuertes: la gente necesita pastores que piensen y hablen sin temor. La gente necesita guías»[18]. Hago mía y lanzo esta invitación del cardenal a la valentía y a la libertad de pensamiento que proceden de la fe, de la liberación que nos ha traído Cristo.

Lección por videoconferencia a los miembros de la Fraternidad San Carlos, 18 de enero de 2021.

 

 

(Paolo Sottopietra es el superior general de la Fraternidad San Carlos. Imagen: François-Xavier De Boissoudy, El paralítico de Cafarnaúm, 2016).

 

Cuadernos de Fraternidad y Misión, n. 25, abril 2021.

[1] Auguste Joseph Alphonse Gratry, Méditations inédites, Editore Charles Douniol, Parigi 1874 [pubblicazione postuma]; in italiano, nell’antologia curata da M. Barbano, La sete e la sorgente, Società Editrice Internazionale, Torino 1949, pp. 585-592, [ndt, la traducción es nuestra].

[2] Ibíd, pp. 585-586.

[3] Ibíd, p. 586.

[4] Aleksandr Solzhenitsyn, Reparto C, Giulio Einaudi Editore, Turín 1969, p. 108, [ndt, la traducción es nuestra].

[5] Ibíd., p. 110.

[6] Ibíd., p. 109.

[7] Ibíd., pp. 111-113 (nda, la palabra «tranquilamente» está en cursiva en el original).

[8] Massimo Camisasca, Il tempo ha un nome, 31 marzo 2012: https://www.ilsussidiario.net/editoriale/2012/3/31/il-tempo-ha-un-nome/262951/, [ndt, la traducción es nuestra].

[9] Símbolo niceno.

[10] Luigi Giussani, Afecto y morada, Encuentro, Madrid: 2004, p. 156.

[11] Aleksandr Solženicyn, op. cit., [ndt, la traducción es nuestra].

[12] Jean Daniélou, La risurrezione, Edizioni Cantagalli, Siena 2009, pp. 124-125, [ndt, la traducción es nuestra].

[13] Karol Wojtyla, El taller del orfebre, Biblioteca de Autores Cristianos, 2005, p. 28.

[14] «Mas no hay instante que no pese sobre nosotros con la potencia de los siglos; y la vida tiene en cada latido la tremenda medida de lo eterno» (Ada Negri, «Tiempo», en: El agua pura de mi pobreza. Antología poética, Encuentro: Madrid, 2021, p. 94).

[15] Lezioni sull’aldilà, intervista di Giancarlo Perna al card. Giacomo Biffi, RAIDUE, Passioni, 5 agosto 1998. Trascrizione digitale: https://digilander.libero.it/alebus/; [ndt, la traducción es nuestra].

[16] Gabrielle Bossis, Lui e io. Diario intimo di una mistica del Novecento (a cura di Flora Crescini), Edizioni Ares, Milano 2019, p. 594; [ndt, la traducción es nuestra].

[17] Homilía del funeral de don Antonio Maffucci, Catedral de Reggio Emilia, 2 de diciembre de 2020: http://sancarlo.org/es/aspirare-alle-cose-lassu/.

[18] Diálogo entre Patrick Valena y Carlo Menozzi con el cardenal Camillo Ruini – Roma, 8 de octubre de 2020 (apuntes de Patrick Valena).