Una de las tareas fundamentales del sacerdote es compartir la vida concreta de las personas, de modo que la fe penetre en cada instante de su existencia.

Mientras espero para presentar a la Iglesia a ocho jóvenes hermanos que van a recibir el sacerdocio y el diaconado, pienso en la preciosa misión que se les confiará.
Para que la fe penetre en la vida concreta de los cristianos es necesario que los sacerdotes estén dispuestos a introducirse en la vida cotidiana de su pueblo. La Iglesia necesita sacerdotes que se acerquen a las personas, que entren en sus casas y compartan dramas y consuelos sin apartarse de ellas. Únicamente a partir de esta cercanía los hombres podrán abrirse o volver a recibir las llamadas que Cristo no deja de hacer.

 

De nuevo me vienen a la mente algunas experiencias recientes.
Desde el pasado septiembre han muerto tres sacerdotes de la Fraternidad y también los padres de otros hermanos nuestros. En estos funerales siempre he observado un testimonio nítido de fe y alegría. El canto y la belleza de la liturgia resaltaban la paz escondida tras el llanto ante la pérdida de un ser querido. En cambio, me suelo encontrar con personas que viven una sincera devoción, pero que miran el destino de sus seres queridos con categorías extrañas al cristianismo.
Han venido a vernos a Roma pequeños grupos de estudiantes universitarios. Son jóvenes educados en la fe por sus familias y adultos que los han acompañado. Su seriedad suscita admiración. Están abiertos, deseosos de aprender, sensibles al testimonio de vida que viene de quien está por delante en cuanto a edad. Al mismo tiempo, frecuentemente los veo prepararse para su futuro sin criterios claros que les orienten. Viven la fe, pertenecen a la Iglesia, se ayudan entre ellos. Pero su visión del hombre, del trabajo o de las relaciones afectivas suele ser la de todos, absorbida por el ambiente en el que viven. Mirándolos, me venía a la mente una expresión de Madeleine Delbrêl, en la que definía al cristiano como un hombre «insólito». Pero, ¿cuál es el contenido de esta diferencia que distingue al cristiano entre los demás?
Muchas veces me han llegado noticias de familias y personas afectadas por el sufrimiento en sus diferentes variantes. Dificultades de relaciones entre marido y mujer, la rebelión de un hijo adoptado que hiere el corazón de sus padres, la enfermedad de un pariente estrecho. Situaciones imprevistas que llevan en poco tiempo a la muerte, o, al contrario, largas historias que afectan a familias durante años. También en estos casos me han llegado testimonios conmovedores, he visto muchas veces la luz que emana de una vocación abrazada hasta el final. No obstante, en el pueblo cristiano suceden hechos que marcan a las familias y a las personas para siempre, experiencias de infidelidad en los matrimonios, parejas que ceden a la presión de los médicos y rechazan a un hijo enfermo. Son historias de soledad y de un dolor indecible que solo a veces, y gracias a la fidelidad de algunos amigos, llevan a los que las han vivido a un nuevo conocimiento, recibir el perdón por los propios pecados y experimentar una nueva acogida en el calor de la comunidad cristiana.
Por último, me han impactado las historias de niños muy pequeños que enferman y mueren. Ante estos hechos se eleva la protesta del corazón herido de los padres, surgen preguntas. Algunos profundizan en su fe, mientras que otros la rechazan con escándalo. A veces, en el centro de este drama, aparece el testimonio de los mismos niños enfermos, que aceptan su destino con disponibilidad. Las frases que les dicen a sus padres o a los amigos atraviesan el alma de quien las recibe. La inocencia con la que creen en Jesús es una luz potentísima.

 

Por tanto, ¿quién entra en toda esta vida vivida? ¿quién se acerca a los jóvenes y mira su futuro o descubre con ellos qué es el hombre y para qué está hecho? ¿quién enseña a vivir la enfermedad como una vocación? ¿quién ayuda a los adultos a vivir el dolor de los niños como una realidad preciosa? ¿quién propone a los niños la vía de la santidad? El que −ante lo que todos hacen o dicen, ante los profesores, los médicos o los políticos que razonan según sus criterios como si fuesen dados por descontado− hace a los cristianos aquella sencilla pregunta de la canción de Roberto Grotti: «Pero el Hijo del Potente, Cristo, ¿qué pide?».
Acompañando a ocho jóvenes miembros de la Fraternidad San Carlos a recibir el sacerdocio, tengo la certeza de que se convertirán en compañeros de las personas que se les confíen. Sé que son conscientes de su tarea en el seno de la comunidad cristiana y advierten el grito de ayuda que se eleva desde la Iglesia como una llamada a vivirlo en sus directrices esenciales: el anuncio de Cristo, el ofrecimiento de los sacramentos, la educación en la relación con Dios y en la comunión con los demás.
Que Dios y la oración de los hermanos que nos han precedido en el cielo los acompañe.

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