Una historia de amistad y fe, Bolonia.

Llevo trece años de misión en Bolonia y este año el cardenal Zuppi me ha encomendado oficialmente seguir con el trabajo de los universitarios y acompañar no solo a los estudiantes de CL sino estar presente en la pastoral universitaria de toda la ciudad. Por este motivo, empecé a celebrar una misa en nuestra parroquia situada en el centro de Bolonia el domingo por la tarde a las 19h. Don Peppino dio su disponibilidad para confesar. A pesar de las duras restricciones que también han afectado a los universitarios en su ambiente, son muchos los que han decidido quedarse en Bolonia durante la semana y seguir las clases de forma presencial, volviendo a La Romaña los fines de semana. Muchos vuelven a Bolonia para ir a misa antes de comenzar la nueva semana.

Durante estos meses tan difíciles se han suspendido muchos gestos públicos presenciales de nuestra comunidad, otros han cambiado a ser en modalidad online. A pesar de ello, la vida cristiana ha conseguido abrirse paso y atraer los corazones de estos jóvenes, que están en diálogo desde su nacimiento, incluso inconscientemente, con el misterio de Dios. Simón (nombre inventado, nda) es uno de los más asiduos de la misa del domingo por la tarde. Viene desde las colinas de la Marca y está en segundo de una carrera exigente. Merece la pena contar la historia de sus últimos meses.

Tras el periodo de estudio de verano con resultados espectaculares, a pesar de haber abandonado hace tiempo la fe, siente la necesidad de agradecer a Dios el éxito de los exámenes y decide volver a ir a misa. Quiere poner entre las cuerdas a Dios, entender si la educación cristiana recibida por su madre y que abandonó tras la confirmación aún tiene sentido. En los días siguientes estudia con Giovanni que ya le había ayudado «a distancia» durante el confinamiento de primavera. Simone tiene curiosidad por la disponibilidad incondicional de su compañero. Giovanni le invita a los pisos de los estudiantes de CL. Y allí Simone vuelve a encontrarse con los rostros que le habían acogido los primeros días de universidad y que le habían dado útiles consejos. Recuerda que estos rostros, con los que se había cruzado fugazmente en ocasiones, le hacían sentirse objeto de un bien gratuito. Por eso se acordaba de ellos. Le invitan a comer y es la primera vez que rechaza la invitación con la sensación de perder una ocasión. Así, en los días siguientes espera que le vuelvan a invitar, de modo que ya no se deja escapar. Al terminar la comida, lavando los platos, hablan sobre la propuesta cristiana que viven juntos los compañeros y que la pandemia ha vuelto más urgente. Simone les asalta a preguntas, le atrae lo que cuentan sus compañeros y recuerda el desafío que había lanzado a Dios pocos días antes. En la cocina comenta: «Yo vi desde el principio que erais diferentes. ¡Por fin os he conocido!». Y les desvela el diálogo secreto de su oración.

En casa explica a su madre que ha conocido a amigos que viven la fe y que le hablan de don Giussani y Carrón. La madre lo entiende y se conmueve. Simone apuesta por todo lo que le acaba de suceder. Vuelve a ir a misa con sus nuevos amigos, decide confesarse. Venciendo el escepticismo de sus padres, deja su cómoda habitación de alquiler para ir a vivir de un modo más «espartano» con los jóvenes del CLU. Me lo presentan en otoño. Con su cara alegre me mira fijamente y dice en voz alta con gran sencillez: «¡Es la primera vez que me presento a un cura!». A partir de entonces, empezamos a ser amigos. Simone es muy fiel: cuando tiene que afrontar decisiones importantes, como la opción entre volver con su familia o quedarse con los amigos en Bolonia en la segunda oleada del Covid, pregunta. Yo solo le recordé que, como dice san Pablo, dondequiera que vayamos nada podrá separarnos del amor de Cristo.

 

 

(Marco Ruffini es vicario de San Isaías y responsable de la Pastoral universitaria diocesana de Bolonia. Imagen: el tercero de pie a la derecha, durante unas vacaciones de los universitarios de Comunión y Liberación).

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