Peregrinación a los lugares donde vivió el padre Toufar, mártir del régimen comunista checoslovaco.

Padre Josef Toufar es un sacerdote que murió mártir en 1950 tras haber sido torturado en repetidas ocasiones por el policía secreto del régimen checoslovaco que le interrogaba.
Las torturas tenían como fin que el padre Toufar confesara la supuesta puesta en escena de un milagro que sucedió durante la celebración de una misa en su iglesia parroquial, y su intención de hacer propaganda contra el régimen. El sacerdote no cedió a la violencia, quiso permanecer fiel a la verdad, prefirió ser coherente con las palabras que había declarado a sus parroquianos durante una homilía pocos días antes de ser arrestado: «Vivamos como si fuésemos a morir hoy».
En 2015 los restos del padre Toufar fueron trasladados a la iglesia donde sesenta y cinco años antes le habían capturado los agentes del régimen.
Desde entonces, cada año, en septiembre, hemos empezado a hacer una peregrinación a su tumba, con ocasión de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Son treinta kilómetros a pie hacia los lugares más significativos en los que el padre Toufar desarrolló su ministerio sacerdotal, implicado de un modo especial con los jóvenes.
Este año participaron en torno a cien personas, incluyendo muchos niños. Durante el camino, atravesando los campos, rezamos juntos, recitamos el rosario pidiendo por las intenciones sugeridas por los peregrinos a lo largo del tramo, entonamos los cantos propios de la tradición del movimiento y los bellos cantos marianos de la cultura checa y morava.
Además, leemos partes de la vida del padre Toufar en la que destacan especialmente el don total de sí mismo que el sacerdote ofreció a Cristo y su pasión por las personas que le habían sido confiadas.
Este año, de un modo especial, me ha impresionado la oración de una niña en el momento de las intenciones: «Pidamos por aprender a amar a Jesús…». Sus palabras simples y sinceras me reclamaron a la finalidad del camino: rezar en el sentido más verdadero, es decir, aprender a decir al Padre las palabras de la Virgen: «Hágase en mí según tu palabra».
Durante los dos días de la peregrinación, hay muchas cosas que invitan a aprender la humildad, porque a partir de un momento el cansancio carga las piernas, no se consigue ir todos al mismo ritmo, hay quien querría pararse con más frecuencia a descansar, comer y beber, y otros que querrían ir más rápido para llegar antes a la meta. Se piden muchos sacrificios: no se puede fumar ni beber alcohol, el móvil solo se usa en caso de urgencia, se intenta hablar poco y hay mucho tiempo de silencio.
Es impresionante ver que muchos niños viven el camino con un gran asombro. En su sencillez, a veces tienen una conciencia mayor que nosotros, los adultos, de que cada gesto de la peregrinación se realiza en presencia de Dios.
Esto se ha hecho patente entre los peregrinos. Ninguno de nosotros habría realizado treinta kilómetros a pie, bajo el sol, para llegar a una pequeña iglesia en mitad del campo. Llegamos los cien, todos juntos, rezando y cantando, desde el niño de dos años hasta el anciano de setenta, conscientes del hecho de que lo que nos constituye y nos hace hombres verdaderos es nuestra pertenencia a la iglesia de Cristo.

Stefano Pasquero es párroco de San Apolinar y capellán del hospital Na Homolce de Praga (República Checa). Imagen: un momento de la peregrinación ante la tumba del padre Toufar.

 

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