«¿Cómo hago para educar a mi hijo?»  Muchas veces nos ha ocurrido, como sacerdotes, que hemos sido interpelados con esta pregunta. ¿Cómo responder? El modo más sencillo no es el de hablar de técnicas pedagógicas o dar consejos sobre la psicología de los que deben ser educados. El camino más seguro es referirse al modelo de educador más brillante que hemos encontrado, o sea Jesús.

Educar es, en efecto, ante todo una prerrogativa divina. Dios Padre es el primero y más grande educador. Es Él que desde el comienzo ha tomado de la mano al hombre, Adán, después de haberlo creado y lo ha llevado a conocer la realidad, lo ha invitado a dar un nombre a las cosas, a los animales y a descubrir la relación entre lo particular y el todo. Lo ha hecho partícipe de Su obra y le ha encargado la tarea de custodiar el mundo creado por Él. Y no ha dejado de educar al hombre ni siquiera después de su caída: lo ha atraído a sí mismo otra vez, antes a través de Abraham y del pueblo de Israel y luego ha enviado Su Hijo para alcanzar, por medio de la Iglesia, la humanidad entera. De esta forma le ha hecho conocer la verdad y le ha mostrado el camino para la realización de sí mismo.

Toda labor educativa es entonces imitación de la obra de Dios, el arquetipo de todos los padres y de todos los educadores. Con Jesús se ha clarificado el método: ha llamado sus discípulos a seguirlo, les ha propuesto una manera de vivir nueva y fascinante, les ha explicado la vida, mostrando una inteligencia de la realidad fuera de lo habitual e invitando a quien le encontraba a entrar en aquella misma realidad con una profundidad única, que es propia sólo de quien conoce y posee el sentido de todas las cosas. Jesús ha dado a sus discípulos unos grandes ideales que deben perseguir, les ha corregido, regañado, consolado, perdonado.

¿Y cuál fue el fruto de esta labor educativa? Que un puñado de pescadores ha cambiado para siempre la historia del mundo. Aquel pequeño grupo de hombres, aparentemente tan frágil y efímero, se ha convertido en un pueblo. Hoy nos preguntamos si es posible cambiar nuestra sociedad, influir en la historia del mundo. Mirando a ese Maestro y a sus discípulos la respuesta es: sí, es posible, por medio de la educación. Que es también la más concreta y fecunda forma de amor. Es esto, de hecho, lo que hizo Jesús: ha educado comunicándose a sí mismo, se ha entregado a aquellos doce y los ha entregado a la relación con el Padre Celestial. Se ha entregado a ellos de forma total hasta dar la vida por ellos. En una palabra, los ha amado.

«Padre, ¿cómo puedo educar a mi hijo?» Y ¿cómo hacemos con los niños, con los estudiantes, las personas que nos han sido confiadas? Haciendo como Jesús, amándolos. Así como es cierto también el recíproco «¿Cómo hago a amar a mi hijo?». No fallando en tu tarea .Es decir, educándolo.

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