La gratuidad que aprendo

Desde una España cada vez más secularizada, el testimonio de un sacerdote misionero entre los universitarios.

Pedroli Small
Momento de cantos de los universitarios españoles de Comunión y Liberación.

Hace un tiempo se me pidió dedicar una parte relevante de mi tiempo y energías al acompañamiento de jóvenes universitarios. Fue un regalo inesperado, no carente de un cierto temor inicial por mi parte y de un continuo sentido de desproporción. Y es que la etapa universitaria es un periodo delicadísimo durante el cual las grandes preguntas de la vida están llamadas a encontrar respuestas definitivas que puedan convertirse en raíces sólidas para la vida adulta.

La principal tarea consiste en acompañar a los universitarios del movimiento de Comunión y Liberación de España presente en varias provincias, incluidas las islas. Aparte de las comunidades grandes y bien organizadas, también hay un importante número de jóvenes que forman grupos de universitarios en ciudades más pequeñas. Mi tarea preferida es la de viajar para ir a verlos. ¡Qué asombro les invade cuando ven a alguien que está dispuesto a viajar cientos de kilómetros solo para estar unas horas con cinco o seis veinteañeros para sostener su fe y su camino! Me recuerda al cuidado y la dedicación silenciosa que tantos adultos han tenido hacia mí. Si yo he podido descubrir la belleza de la vida cristiana es precisamente gracias a su pasión educativa, al deseo que tenían de estar conmigo, dando todas sus energías. En el fondo, el cristianismo es esta pasión incontenible por el destino de cada persona.

También lo veo especialmente en la universidad pública de Fuenlabrada, donde estudian unos ocho mil jóvenes. El obispo de nuestra diócesis me pidió ocuparme de un modo especial de este campus universitario moderno. La pandemia ha marcado allí un antes y un después: la nueva normalidad es tener clases online o mixtas. Sin embargo, esto no me ha impedido ver en estos dos años al Señor en acto, con esa creatividad única que lo distingue.

He tenido la ocasión de entablar relaciones con gente muy alejada de la fe o totalmente opuesta a ella. Me paran en los jardines o en el comedor, donde mi ropa negra suscita comprensibles miradas curiosas cada vez que entro. Aún no me he acostumbrado a la sensación de que trescientas miradas se fijen en mí y a oír el murmullo: «mira, ¡un cura!».

¿Qué sentido tiene mi presencia en una universidad pública de la España actual, relativista y laica? Realmente, es una gota en el océano, así como ínfimo es el número de personas que van a misa. En cambio, yo estoy ahí para cada uno de ellos, para profesores y alumnos, para jardineros y encargados del bar, para conserjes y guardias de seguridad. Muchas veces una sonrisa, una palabra, una tímida petición de oración son el último baluarte de una humanidad que busca compañía.

El cristianismo es esta pasión incontenible por el destino de cada persona

Entre todos los encuentros que he tenido, llevo especialmente en el corazón el que tuve con Jorge, un chico que venía de muy lejos, en todos los sentidos. Un día, al verme cerca de la secretaría, se acercó a hablar conmigo y con el paso del tiempo descubrió la compañía que estaba buscando. Volvió a acudir a los sacramentos y empezó a venir al comedor, a los encuentros que tenía con otros estudiantes. Comenzó un camino de fe precioso con su novia, no exento de fatigas ante el descubrimiento de una fe exigente, que le pedía un corazón no dividido. Un día, inesperadamente, me comunicó que en poco tiempo volvería a su pueblo. Tenía que interrumpir sus estudios universitarios por un serio problema familiar. Sentí una gran impotencia, porque consideraba que su pertenencia a la Iglesia era aún muy frágil. Durante unos meses no volví a saber nada de él, hasta que un día me llegó un mail en el que me decía que había vuelto a acercarse a su parroquia de origen y que estaba caminando, descubriendo que era querido y amado desde la eternidad. Me agradecía el tiempo que le había dedicado. El encuentro con Jorge −fugaz, como muchas veces sucede, porque la universidad es un lugar que requiere mucha flexibilidad− es uno de los tantos regalos que me confirman en el deseo de dar mi vida para que Cristo sea conocido. En mi misión aprendo que lo importante no es el tiempo o los frutos que puedo ver, sino la gratuidad que aprendo, de la que soy objeto y que intento vivir con cada persona con la que me encuentro.

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