La Vigilia Pascual

Como ayuda para vivir la Semana Santa, ofrecemos una meditación de mons. Massimo Camisasca sobre la Vigilia Pascual.

Camisasca Copia Dimensioni Grandi
Durante la Vigilia Pascual en la Casa de formación de la Fraternidad San Carlos.

La liturgia de la noche de Pascua es la más antigua de la Iglesia. Nació en la sinagoga y se ha ido desarrollando hasta asumir, en el siglo VII, la forma actual. Podemos vivirla teniendo en cuenta dos factores: la palabra y el signo. La palabra proclamada o rezada es realmente pedagógica, pues nos ayuda a entrar en la historia de la salvación y, por tanto, en la salvación de nuestra propia historia. Pero la Iglesia también nos educa mediante una «pedagogía de los signos».

Al principio de la celebración la iglesia está en penumbra. Es una invitación para tomar conciencia de nuestra condición de pecadores. Solo Dios puede sacarnos de la oscuridad. Al principio del mundo Él creó la luz. Era el alba, la profecía de la luz plena que se extiende en la mañana de la resurrección. Las luces, que iluminarán al propagarse el mundo entero, se encienden gracias a un fuego nuevo. A partir de una sola llama se propaga la luz entre las velas de los fieles y, al final, llena con su calor todo el templo. La luz de Cristo necesita ser compartida para ser verdaderamente recibida, gozada y amada.

La luz de Cristo necesita ser compartida para ser verdaderamente recibida, gozada y amada

Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él (Rm 6,8-9). Entonces, ¿por qué a veces parece que en nuestra vida todo se vuelve sombra, fatiga y desilusión?

La fe es un camino, un itinerario que continuamente tiene que atravesar y superar la experiencia de la incredulidad. Cuando las mujeres que llegaron antes al sepulcro corrieron a contar a los apóstoles lo que les había dicho el ángel, les encontraron incrédulos. Y, sin embargo, habían escuchado la profecía de la resurrección del mismo Jesús. Pedro y Juan empezaron a creer cuando a su vez fueron corriendo hacia el sepulcro y vieron lo mismo que habían visto las mujeres. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos (Jn 20,9).

Cada día estamos llamados a volver a ver los signos de la resurrección de Jesús que obra generando hombres de fe, caridad y esperanza. Ahí donde maduran estas virtudes, que son obra de Dios y únicamente de Dios, la corrupción de la muerte queda vencida. Comienza un recorrido de comunión con Dios y con los hermanos, hecho de alegría y paz, anticipo de la vida eterna.

La resurrección de Jesús no es una ilusión, los hombres y mujeres que viven de Él y por Él documentan su veracidad histórica.

La luz pascual se expresa magníficamente en el Pregón pascual, en el Exultet. […] Es un texto extraordinariamente denso y poético que habría que meditar en profundidad. Como decía Mozart: «renunciaría a toda mi música con tal de haber compuesto el Exultet».

«Exulte por fin los coros de los ángeles […]. Goce también la tierra, inundada de tanta claridad […]. Alégrese también nuestra madre la Iglesia […]; resuene este templo con las aclamaciones del pueblo». El amor de Dios ha derrotado a la muerte, la luz de Cristo ha vencido las tinieblas y su resurrección nos dona una vida nueva, que no acaba, no tiene fin.

«Esta es la noche de la que estaba escrito: “Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo”». Son las mismas palabras del salmo 139: ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día, la tiniebla es como luz para ti (Sal 139 [138],12). Estas palabras anuncian lo que sucede en nuestra vida cuando seguimos la luz de Cristo resucitado. Nuestros delitos quedan borrados y la sangre del Cordero lava nuestros pecados. A nosotros, caídos en el pecado, se nos restituye un alma pura, tal y como había sido creada por Dios. La resurrección de Cristo aleja los odios que separan a los hombres, que generan divisiones y guerras en el mundo, dona la paz de la comunión y humilla la soberbia de los poderosos. «¡Qué noche tan dichosa, en que se une el cielo con la tierra!».

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