En el sacramento de la confesión el hombre se deja alcanzar por la salvación y la misericordia de Dios. Un testimonio desde Washington (USA).

Cuando pienso en el tiempo de la pandemia, lo percibo como un periodo sorprendente y fecundo para la misión.

Este año en que he celebrado mi veinticinco aniversario de ordenación, el Señor me ha permitido volver a descubrir la gracia del sacramento de la penitencia. En marzo del año pasado el santuario de San Juan Pablo II de Washington −del cual soy capellán− cerró al público. Durante dos meses celebré la misa en la iglesia vacía, retransmitiéndola online. En un momento, pedí ir a ver a los enfermos de coronavirus, pero no fue posible. Al cabo de unas semanas, la dirección del santuario me pidió que confesara en el aparcamiento del santuario. Pusimos en práctica la organización de un servicio de confesión «drive-in». Poco a poco, fue viniendo muchísima gente a confesarse. Puesto que las iglesias donde la gente solía ir a confesarse estaban cerradas, empezamos a ser un punto de referencia para muchos.

Cuando estaba en Portugal había una iglesia en el centro donde todos iban a confesarse. Un sacerdote anciano, don Angelo, pasaba casi todo el día dentro del confesionario. Siempre lo he admirado por el ejemplo que daba como sacerdote, totalmente dedicado a este ministerio tan importante.  Del mismo modo, siempre he admirado a los grandes sacerdotes confesores: san Juan Vianney, san Padre Pío, san Leopoldo. Siempre he intentado ser generoso en el tiempo que dedicaba a la confesión. Pero en veinticinco años de sacerdocio nunca había tenido la oportunidad de dedicar casi todo el día a este sacramento. ¡Realmente uno descubre lo grande que es la misericordia de Dios escuchando la confesión de los pecados, aconsejando y dando la absolución a la gente! Especialmente en este tiempo de pandemia, cuando en la gente ha crecido enormemente la necesidad de encontrarse con la paternidad del Señor. Muchas veces, la fila de los coches y las personas que esperaban no permitía profundizar en el diálogo iniciado con el penitente. De este modo, también empecé a recibir a las personas que pedían dirección espiritual o algún consejo. Esto me ha permitido conocer a muchos hombres y mujeres, y empezar con ellos una relación más estable. Las horas que empleo en el confesionario me permiten entrar verdaderamente dentro del drama de la salvación que Dios está obrando en el mundo. El demonio y el mal consiguen desfigurar el rostro humano, pero la misericordia de Dios Padre tiene el poder de resucitar lo que estaba sepultado.

Al final del día, el cansancio por el contacto con las miserias humanas ha hecho que naciera en mí el deseo de pedir por las personas con las que había estado, de confiar a los corazones de Jesús y de María sus pecados, sus pesos, sus dificultades y problemas. El confesionario siempre aumenta el deseo de rezar. Es un lugar donde verdaderamente podemos ayudar a nuestros hermanos y hermanas a volver a encontrar la esperanza, sobre todo en este momento de confusión. En el confesionario he podido ver que todo lo que estamos viviendo está siendo utilizado por Dios para hacer que sus hijos vuelvan a casa.

Realmente, este año me ha hecho aprender que la misión no es solo hacer lo que uno se imagina que sería más útil, sino una obediencia a la voz de Dios que nos habla a través de las circunstancias.

 

José Cortes es capellán del Santuario Nacional San Juan Pablo II (Washington D.C USA). Imagen: mientras guía el Vía Crucis.

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