Proponemos un fragmento de la homilía de mons. Camisasca del funeral de Sandro Spinelli, sacerdote de la Fraternidad San Carlos, que falleció el 15 de abril de 2021 a la edad de 69 años.

En estas últimas semanas la Fraternidad San Carlos, marcada tres veces por el luto y la muerte, percibe esta invitación del Evangelio de hoy especialmente dirigida hacia ella de un modo urgente: estad preparados. “Estad preparados” no es una palabra de angustia. Tampoco se trata de una palabra discriminatoria. Es una palabra realista. De hecho, conocemos el inicio de nuestra vida, pero no podemos conocer su final, no conocemos los tiempos y, sobre todo, los modos. Por tanto, debemos estar preparados. Sandro es un claro ejemplo de esto. Ciertamente, en los encuentros que tuvimos con él durante estos últimos meses, de un modo u otro todos podemos testimoniar que llevaba esto impreso en el alma, tanto en los momentos de serenidad –que eran la mayoría– como en los comprensibles momentos de tribulación. Se estaba preparando. Dios le concedió un largo tiempo para prepararse. Pidamos que también a nosotros se nos conceda este tiempo, el tiempo de la preparación. Tiene que suceder todos los días, porque cada día estamos ante el misterio de la vida y de la muerte, del bien y del mal. Cada día debemos decir sí a la llamada de Dios. Preparémonos con alegría, con ligereza, con la seguridad de que todo el bien que se nos ha dado y que hemos vivido no se nos quitará, sino que se multiplicará. Preparémonos para el encuentro de alegría y de comunión. Preparémonos para la luz.

Cuando un sacerdote muere –permitidme decirlo ahora con una conciencia mayor de la que tenía hace unos años, después de haber acompañado a la muerte a decenas de sacerdotes–, no solo va él al cielo, sino que se lleva consigo a un número infinito de almas. Se lleva consigo a todos los que han marcado su vida de un modo u otro: durante largo tiempo o en momentos muy breves, en una confesión o en una amistad intensa, en un momento de oración o en una excursión, mediante la ayuda dada o recibida. La vida del sacerdote es un cruce de caminos en el que muchos se paran necesitados en busca de la luz.

Cada vez que un sacerdote va al cielo, se lleva consigo, de un modo renovado, estas vidas, con sus esperas, preguntas, súplicas, dramas y descubrimientos. Y, así, el mundo se renueva. El amor de un sacerdote no termina con la muerte; es más, continúa con una mayor intensidad, con una mayor profundidad. Porque ahora ve. Ve todo lo que antes no podía ver. Y sabe lo que antes no podía saber.

Sandro ha sido un hombre inteligente y curioso. Tenía una inteligencia que provenía de su pasión por la belleza, cuya raíz venía de haber estudiado tecnología y diseño en la escuela salesiana. Después, esta pasión lo acompañó a lo largo de toda la vida en la diócesis de Grosseto, donde fue responsable de Cultura y profesor de arte en el instituto de ciencias religiosas. Ante todo, era un hombre atraído por la humanidad, la humanidad de los demás.

Demos gracias a Dios por todo lo que Sandro ha dado a la Iglesia, por todo lo que nos ha donado a nosotros y por todo lo que ha dado a tantas personas que conoció.

Pidamos seguros de volver a encontrarlo en el cielo cuando todos tengamos treinta años y seamos todos jóvenes. San Agustín escribió que en el Cielo tendremos siempre treinta años, por lo que estaremos en el culmen de nuestras energías y de nuestra fisionomía. Por tanto, el día de hoy, más allá de ser realmente un día de silencio y tristeza, también es un día de alegría, en el que se nos anticipa, por gracia de Dios, el encuentro final que tendremos con nuestros seres queridos.

Massimo Camisasca

(Fragmento de la homilía del funeral de Sandro Spinelli, iglesia de Mezzolombardo (Tn), 19 de abril de 2021).

lea también

Todos los artículos