Ir al encuentro de las preguntas y dudas de los más jóvenes es una ocasión para formarse.

Este año me han pedido llevar una caritativa junto con Giovanni, otro seminarista, para acompañar a chicos de primero a tercero de secundaria del Centro Juvenil. Este centro hace referencia a nuestra parroquia de la Navicella, donde jóvenes y familias comparten una vida cristiana intensa desde hace muchos años. Comenzamos nuestra propuesta de los sábados por la tarde rezando; luego cantamos y jugamos. Después de la merienda, nos reunimos para comentar el Evangelio del domingo (un momento que llamamos «Setaccio», −en castellano «colador», ndt−), en el que animamos a los chicos a comparar las palabras de la liturgia con su vida. Al final, vamos a la Navicella dando un paseo para concluir la tarde con la misa.

 

Estos paseos a la parroquia han sido la ocasión de conocer mejor a dos chicos del grupo. Desde el primer día, nació entre nosotros un afecto especial. Con su vivacidad y aguda ironía, estos dos chicos me han conquistado desde el primer momento con sus preguntas y provocaciones acerca de Dios y de la vida. «Yo no creo en Dios y no quiero estar aquí», es lo primero que escuché de uno de ellos. «Yo no creo en la encarnación», me dijo el otro la siguiente semana. No siempre son preguntas o afirmaciones problemáticas. A veces, sus comentarios esconden observaciones profundas. Por ejemplo, un día, mientras caminábamos, escuché que uno de ellos, señalándome, gritó: «¡Phil sabe perfectamente de dónde vienen los niños!». No entendía bien qué quería decir. Él añadió: «Sí, tú sabes de dónde viene la vida, ¡se la estás entregando a Él!».

A lo largo de año, he conocido más sus historias personales y he entendido de dónde nacía su profundidad y la rebelión que surge en ellos de vez en cuando para provocarme. Ante sus preguntas, He intentado responder como podía a sus preguntas. Aun así, me he dado cuenta de que lo más importante es estar y acogerles con sus deseos y sus dramas, para poner ante Dios en la oración algo del contenido de sus quejas. Cuando empecé la caritativa, no concebía que justo el momento del paseo fuese la mejor ocasión para que la amistad floreciera. A lo largo de estos años de seminario, mi deseo de acompañar las preguntas de los chicos ha crecido, así como la experiencia de tener padres que me acompañan con preguntas que tengo y las cosas que me cuestan. El sábado pasado, uno de los chicos, el más pacífico, me pidió prepararlo para hacer la primera comunión.

Imagen: Phil Stokman con algunos chicos de la «Barca de Pedro».

 

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