Un día de lluvia, una misa con las puertas abiertas, un visitante peculiar. Testimonio desde San Bernardo, Chile.

Empecé este segundo semestre chileno contento de dedicarme de nuevo a la relación con las personas que el Señor me ha confiado en esta misión. Este nuevo comienzo está marcado por un hecho que sucedió hace un tiempo.
Aquel día llovía y yo tenía que celebrar la misa de las 18h. En Chile, cuando llueve, todo se para. Hasta la persona que se encarga de abrir y preparar la iglesia había decidido quedarse en casa, de modo que tuve que ocuparme yo. Llegó la hora de la misa y en la iglesia no había nadie. Así que comencé celebrándola solo. Fuera, un aguacero en la fría oscuridad de la tarde; dentro, la gran iglesia de la parroquia, vacía y completamente iluminada. Dejé abiertos los portones centrales de la iglesia y encendí los micrófonos por si acaso entraba alguien. Mientras leía el evangelio, me decía para mis adentros: «Señor, si quieres, envíame a alguien para que me haga compañía». Dicho y hecho. En pleno aguacero, un hombre de mediana edad entró por la entrada principal. Sin dudarlo, se dirigió hacia el ambón, donde yo me encontraba. A medida que se acercaba, se hacía más evidente que estaba borracho. Cuando llegó, me preguntó: «¿El Señor está aquí?». Pillado por el imprevisto, respondí: «Sí». Entonces, preguntó: «Pero si el Señor está aquí, ¿por qué permite tanto mal?». Fue vagando por la iglesia, repitiendo esta pregunta e igualmente gritando de vez en cuando: «¡Gloria a Dios!». Yo seguí celebrando la misa, observándole siempre por el rabillo del ojo. En el ofertorio, mientras vertía el vino en el cáliz, se paró ante el altar y cambiando de tono, me pidió: «¿Me das un poco?». Obviamente, no respondí y continué mientras él insistía: «Solo un poco». La misa seguía. Fuera, lluvia y oscuridad; dentro, luz en la iglesia grande, un señor que vagaba entre los bancos gritando de vez en cuando y yo que seguía celebrando la misa, con los micrófonos encendidos. Se me antojaba la escena de una película rusa. Sus preguntas se convirtieron en un grito cuando, con voz desesperada, chilló: «¿Dónde están mis hijos?». Después, se dirigió hacia la salida, pero al dar unos pasos, se giró hacia el altar. La pantomima se repitió varias veces, como si algo le impidiese irse definitivamente. Al final, ya en el umbral, se giró de nuevo y volvió a caminar decidido hacia mí, mientras yo recibía el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Cuando llegó al altar, con voz más tranquila, dijo: «Perdóneme, me he equivocado. Me he equivocado, perdóneme». Y, girándose, se marchó bajo la lluvia. Yo terminé de celebrar la misa y cerré todo. Mientras salía, me sorprendí agradecido y con una inmensa alegría: el Señor ha venido a verme.

 

Alessio Cottafava es párroco del Divino Maestro en San Bernardo (Chile). Imagen: salida de la misa de la toma de posesión en la parroquia (noviembre de 2019).

 

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