Dios nos necesita para explicar a los niños cómo decidió venir al mundo. Testimonio desde Grenoble.

Este año en la escuela primaria de Grenoble donde colaboramos, una profesora tuvo la idea de proponer un momento semanal de oración para los niños y nos involucró. La única misionera que estaba disponible los martes era yo, así que empecé a ir.

Una vez a la semana, durante el recreo de la comida que dura dos horas, los niños apuntados a la école de prière, la escuela de oración, se reúnen en el patio y van a la capilla del colegio con Myriam, la profesora, y yo. Estamos durante un cuarto de hora y después volvemos a jugar. Cada semana me sorprende que haya un grupito de niños que se para en mitad del descanso, durante el recreo, para venir a rezar con nosotras. Es más, se traen con ellos a los amigos con los que estaban jugando. Cada semana se repite la misma escena: «Profe, ¿hoy puede venir él también, aunque no esté apuntado?». ¡Los niños son más misioneros que nosotros!

Cada semana en el grupo de niños que se reúnen en torno a nosotras siempre hay alguno que no sabe casi nada sobre Dios o sobre la fe cristiana. Es un momento muy bonito, que cada vez me hace darme cuenta de lo atractivo que es Dios para el corazón del hombre, de cómo Él dialoga de forma ininterrumpida con el corazón de cada uno, sobre todo con el de los niños. Pero me doy cuenta de que Dios nos necesita para explicar a los niños la historia que ha emprendido con los hombres, o cómo ha decidido venir al mundo para quedarse…

Cada vez, durante un breve momento de un cuarto de hora, pido para que, a través de lo que proponemos a los niños −un canto, rezar el Ave María, escuchar una meditación o dirigirse en silencio a Jesús−, Dios pueda llegar a tocarles el corazón y empezar a entablar una relación con cada uno de ellos.

Imagen: vista de Grenoble, Francia.

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