Tocar las campanas para testimoniar que Dios no abandona al mundo. Una historia desde Francia.

En Francia el segundo confinamiento empezó a principios de noviembre del año pasado y el gobierno decidió cancelar la celebración presencial de las misas. Entonces, me surgió una idea: tocar las campanas de la iglesia de Santa Teresa que está al lado de nuestra casa, cada viernes a las tres y cada domingo al mediodía. Un signo para decir a todos: aunque han quitado las misas, igualmente Dios está, no abandona al mundo.

Después de haberlo hablado en casa con las hermanas, pedí permiso al párroco. Me respondió que era una buena idea pero que era necesario consultarlo con los responsables de la parroquia. Para que este gesto fuera realmente un signo, era necesario explicarlo a los parroquianos. Si no, podrían pensar que las campanas sonaban para anunciar la misa, algo que habría generado confusión. Al final, después de dos semanas de explicaciones, todo se resolvió.

Sin embargo, al mismo tiempo, sucedió otro hecho. La parroquia a la que pertenecemos nació por la fusión de siete parroquias distintas, cada una con su historia y su propia sensibilidad. Cada una de estas siete parroquias aún tiene un grupo parroquial diferente. En la reunión de uno de estos grupos, un parroquiano intervino diciendo: «¿Qué es esto de que las monjas toquen las campanas? No es una iniciativa que se ha decidido por unanimidad. ¿Quién les ha dado permiso? Además, vale que se toquen el domingo, pero ¿el viernes? ¿Por qué? Es el momento de la muerte de Jesús. ¿Debemos recordar justo un momento de sufrimiento?».

Este hecho me impresionó. Pensé: «Señor, te quieren hacer callar a toda costa, te quieren alejar y esconder lo más posible de la gente. Por eso, Señor, más aún, yo toco las campanas, para que al menos un eco de tu voz llegue a todos». Así, el viernes subí a la tribuna de la iglesia, ¡tiré de la cuerda de la campana y empecé a tocarla!

Cuando propuse tocar las campanas tenía en la cabeza un texto de Romano Guardini que me gusta mucho porque explica bien lo que he sentido siempre al escuchar el sonido de las campanas: «Dentro, el espacio de la iglesia habla de Dios. ¿Y por fuera? Desde la casa de Dios, el campanario se eleva hacia el aire libre y toma posesión de él, por así decirlo, en nombre de Dios. De las campanas salen ondas de notas armónicas que recorren la vasta inmensidad y la llenan del anuncio que viene del santuario. El mensaje de la inmensidad: el mensaje de Dios sin limites ni fronteras; el mensaje del anhelo y de su infinita satisfacción. Llaman al ‘hombre anhelante’, al hombre cuyo corazón está abierto a la vasta inmensidad. ‘Tan inmenso es el mundo, como lleno de nostalgia’, dicen las campanas. ‘Dios llama… Solo en Él está la paz…’. Oh, Señor, más que el mundo, es inmensa mi alma. Más profundo que todos los valles es su suspiro y más doloroso su anhelo que el repicar que se pierde en la lejanía. Tú, Señor, solo Tú lo puedes satisfacer, solo Tú…».

Con su sonido, las campanas remiten al infinito y a Dios, y, de alguna manera, hacen que uno suspire, provocan la nostalgia de este infinito. Espero que, en estas semanas sin misa presencial, a alguien le haya sucedido esto.

 

(Imagen: Mariagiulia Cremonesi con dos monaguillos en la iglesia de Santa Teresa, Grenoble, Francia, febrero 2020).

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