El sacrificio ayuda a descubrir cómo es el corazón de Cristo. Testimonio (Grenoble, Francia).

Durante este año he recibido clases de francés una vez a la semana. Una profesora venía a nuestra casa y estaba encantada porque de este modo podía dar clases de forma presencial, algo muy diferente de dar clases online.

Un día, durante un ejercicio de conversación, comenzó a hacerme algunas de las preguntas habituales: «¿Ya has probado el gratin dauphinois?»; «¿Has subido a la Torre Eiffel?». En un momento, para intentar responder a una pregunta banal de un modo no banal, dije: «Sí, ya he estado en una Noche en Blanco porque he hecho peregrinaciones nocturnas». Y añadí: «Aunque han sido difíciles, ¡para mí es muy duro caminar de noche!». Entonces, ella, que se considera atea, empezó a hablar en contra de la religión, que pide hacer sacrificios. En su opinión esto es algo absurdo, puesto que Dios no necesita los sacrificios para querernos.

A partir de ahí se dio un diálogo entre nosotras. Al menos quería intentar decirle que a pesar de que ella esté muy enfadada con el tema de los sacrificios, su misma vida está repleta de ellos: como madre, por ejemplo, seguramente ha tenido que hacer y sigue haciendo muchos por su hijo, aunque los considere como algo normal. Pero durante la conversación me di cuenta de que ella no sabía que un sacrificio puede tener valor, de que puede tener valor incluso aunque no sea necesario; por ejemplo, para que otro subsista o aunque se haga sin esperar un resultado o conseguir algo a cambio.

Después, pensando en lo que nos habíamos dicho, surgió en mí el deseo de que ella y todos los hombres puedan vivir esta experiencia. Uno de los grandes descubrimientos que he hecho este año ha sido que el hecho de aceptar un sacrificio −ya sea grande o pequeño−, un dolor o un sufrimiento por amor a Cristo −para vivir con Él la cruz ofreciéndole la mía− conlleva una alegría. Se puede vivir con alegría dentro del dolor. El sacrificio me permite descubrir cómo es el corazón de Cristo, cómo es su amor y su relación con los hombres, conmigo, cómo es la verdadera realidad, en la que pueden darse al mismo tiempo el dolor y la alegría, en donde 7la cruz y la resurrección van de la mano.

Me vino a la mente Chiara Corbella. Su marido explica que un día, al verla sufrir, le preguntó: «Chiara, ¿de verdad es dulce Su yugo?». Ella le había respondido: «Sí, Enrico, es dulce de verdad».

 

Imagen: algunas Misioneras de San Carlos con una familia (Grenoble, Francia).