«No tengo nada que ofrecer»

Se puede ofrecer todo a Jesús, aún cuando no se posee nada. Una historia desde la parroquia de St. Joseph (Kahawa Sukari).

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La procesión del Corpus Domini en el barrio de Kahawa Sukari en Nairobi (Kenya).

La noche de Pascua de este año fue memorable. Durante los años anteriores la pandemia había alterado el ritmo de las celebraciones litúrgicas, que incluían los bautizos de adultos durante la vigilia. Por fin, este año hemos retomado la tradición. Recibieron el bautismo veinte adultos, y otros doce, ya bautizados en otras confesiones cristianas, fueron acogidos en la Iglesia Católica e hicieron la confirmación. La liturgia de la vigilia Pascual duró cuatro horas, pero no me di cuenta del tiempo que pasaba. Como decía el párroco don Alfonso, que no es precisamente un novato, fue la misa más participativa que él había visto nunca. Quizá por el número récord de bautizos y admisiones a la Iglesia, o tal vez debido a la disminución del miedo al Covid, acudió un gran número de feligreses, incluyendo niños, algunos de los cuales fueron durmiéndose al final de la celebración.

Cada uno de los candidatos al bautismo llegó con sus amigos y su padrino o madrina, como representación de lo que aquí se llama «pequeña comunidad cristiana de barrio» (small Christian community) o del grupo parroquial al que pertenecen. Con algunos de ellos nos hemos hecho amigos. Robert (nombre inventado) es uno de ellos. Sor Elena Rondelli, una de nuestras hermanas que trabaja en el Instituto técnico St. Kizito, me había hablado de él. Robert es alumno suyo y le había expresado el deseo de recibir el bautismo. Sin embargo, como venía de una familia muy pobre no podía pagarse el transporte desde el colegio hasta la iglesia. Puesto que otro chico que venía a catequesis −Daniel, ahora bautizado− hace de taxista con su motocicleta (en lengua kiswahili, boda-boda driver) y me había pedido ayuda para pagar los gastos escolares de su hermano, pensé en matar dos pájaros de un tiro: pedir a Daniel ir a recoger y llevar de vuelta a Robert, cubriendo yo los gastos. De este modo también me aseguré de que Daniel viniera a la catequesis con regularidad y puntualidad, mientras que antes siempre llegaba tarde, a la caza del último cliente al que llevar, ya que la tarde es la hora punta.

«Ofrece tu vida, porque este es el don más agradable a Dios»

A cada estudiante de catecismo les pido unirse a algún grupo o comunidad cristiana. A Robert le sugerí unirse al grupo de Comunión y Liberación del colegio St. Kizito. En diciembre lo invité a participar en los ejercicios espirituales de los universitarios de CL y desde entonces no ha faltado a un solo encuentro de Escuela de Comunidad. Incluso ha empezado a ir al coro. Un compañero de clase fue su padrino. Le dijo a sor Elena: «Nunca podría haberme imaginado que en el colegio St. Kizito me encontraría con la Iglesia».

Para la vigilia de Pascua uno de los catecistas había pedido a cada candidato llevar algo de comida para ofrecer en la procesión. Robert no tenía nada que llevar y estaba preocupado. Al final de la celebración, hacia la una de la madrugada, antes de irse a dormir, me encuentro con un mensaje en el móvil que decía: «No tengo nada que ofrecer». Yo le respondí: «Ofrece tu vida, porque es el don más agradable a Dios». Más tarde me vino a la mente una canción que dice así: ¿Qué puedo ofrecer al Señor para agradarle? Dime, ¿qué ofreceré al Señor? Podría darle mis riquezas o varias cosas, pero no las aceptará. Un corazón humilde, amante hasta en el servicio, el Señor lo amará. Robert no tiene un céntimo para moverse de barrio en barrio, ni un paquete de harina para llevar en la procesión del ofertorio, pero su corazón está lleno de amor y afecto por el Señor y gratitud hacia la Iglesia. Humilde y amante, se ha acercado al Señor como nadie.

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