Una aventura por las calles de Puente Alto (Santiago de Chile) para volver a descubrir la belleza del sacerdocio.

Durante la pandemia, en nuestra parroquia de Puente Alto, en Santiago de Chile, nació una pequeña obra de caridad para ayudar a las familias más necesitadas. Un grupo de voluntarios formado por madres, padres, jóvenes y no tan jóvenes, preparaban dos veces a la semana una cena que otro grupo «motorizado» se encargaba de llevar a domicilio. Yo era uno de ellos. Un día, como siempre, iba en coche a uno de los lugares más peligrosos del barrio de la parroquia. Me acompañaban una joven voluntaria y el vicario episcopal que quería conocer mejor nuestra obra. Estaban tranquilos «porque el padre Lorenzo conoce ese lugar y allí todos lo conocen». El padre Lorenzo también estaba convencido de ello. En cambio…

Llegamos al bloque de pisos donde teníamos que entregar la cena. Mis ayudantes bajaron del coche y desaparecieron dentro del piso. Yo me quedé en el coche. A unos pocos metros delante de mí vi a dos chicos de no más de 14 de años. Su aspecto no era tranquilizador, pero era el propio del lugar. En estos años he aprendido a escuchar el grito que se esconde detrás de las gorras que tapan los ojos, de los vaqueros ajustados y las enormes zapatillas de deporte. También he aprendido a que detrás de esas caras, a veces hundidas por el consumo de drogas, hay un corazón bueno y seguramente más sediento de amor que el mío. No lo pensé un segundo y llamé a los dos chicos: «Hola, ¿quiénes sois? ¡No os conozco!».

¡Estos dos se acercaron sin creer lo que veían sus ojos! Pensaba que el cazador yo era, sin embargo, esta vez era la presa. Después de un breve intercambio de palabras, el que parecía el jefe me dijo: «Dame tu móvil». «¿Cómo? No, no te voy a dar el móvil». El tipo insistió, me enseñó una pistola bajo la chaqueta. Yo aún no me lo podía creer. «¡Venga ya! ¿Me estás atracando?», pregunté incrédulo. «Dame tu móvil o te robo también el coche». En ese momento me convencí de que la cosa iba en serio. Le di el móvil, me pidió que pusiera el código de desbloqueo y mientras lo hacía, su socio se metió en el coche y encontró mi cartera. «¡Dejadme al menos los documentos!», pedí. La respuesta fue un patoso puñetazo en la cara que solo consiguió desencajarme las gafas. Mientras se iban, desde las ventanas del edificio comenzaron a llover reproches: «¡Por qué no se ha ido!»; «¡Tendría que haberse ido inmediatamente!». Para defender un mínimo de reputación, omití el detalle de que era yo quien les había llamado. Respondí que no podía irme porque estaba esperando a los dos voluntarios. Se acercó una señora insistiendo en regañarme. Mientras hablaba con ella, por detrás, otra me dijo: «¡Es la madre!». No lo pensé dos veces: «Señora, soy sacerdote, estoy aquí para ayudar, ¿no hay un modo de recuperar el móvil y la cartera?». Al escuchar la palabra «sacerdote», la señora palideció. «Espere», me dijo. Entró en una puerta a veinte metros de nosotros y salió inmediatamente con mi móvil. «Señora, tendría que haber también una cartera». «Espere», se alejó y volvió al instante con mi cartera. «Señora, faltan los documentos». De nuevo entró en la casa, y dijo: «¡Dicen que ya se los ha dado!». En efecto, mientras recibía el puñetazo, el socio había tirado los documentos dentro del coche. En ese momento, ya habían vuelto mis amigos y observaban incrédulos la escena. Yo le dije a la madre del ladrón que lo sentía, que perdonaba a su hijo y que me gustaría ser su amigo. Ella se emocionó un poco y me pidió que esperara un momento. Esta vez volvió con un niño en brazos: «Padre, ¿puede bendecir a otro hijo mío? Es el más pequeño». Bendije al hermanito del ladrón y de repente se acercaron otras personas: borrachos, drogadictos, cojos…todos querían ser bendecidos. El vicario comenzó a repartir estampitas de santos. ¡Una fiesta! «Padre, ¿me da otra para mi madre?»; «¡Una para mi hermana!»; «¡Padre! Padre…».

Bendijimos a todos, les saludamos y nos fuimos. ¡Qué belleza el sacerdocio! Puedo ser Su presencia en cualquier lugar y situación. Puedo amar, en Su amor, a cada persona. Mis amigos ladrones aún no lo saben, pero ese día el Señor, misteriosamente les alcanzó. En cuanto a mí, espero poder volver a verlos… ¡esta vez sin cartera ni móvil!

 

Lorenzo Locatelli es vicario de la parroquia Beato Pietro Bonilli, en Santiado de Chile.

Imagen: distribución de alimentos en la parroquia.

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