La historia de Simone Valentini. Recibió la ordenación sacerdotal el 26 de junio en Roma.

Desde pequeño me acompaña el pensamiento del sacerdocio. El primer recuerdo, a pesar de ser confuso, es de cuando tenía ocho o nueve años. Veía que el vicario de la iglesia a la que solía ir estaba contento y pensé: «Si para ser feliz, Dios quiere que sea cura, ¿por qué no?». Más tarde, este pensamiento siguió enredando en mi cabecilla. Hubo otro hecho que contribuyó a que creciera en mí el afecto por el sacerdocio. Durante los años de primaria, a partir de la muerte de un compañero de clase, había decidido no creer más en Dios. En efecto, ¿qué Dios habría podido permitir algo así? Al cabo de unos meses, el diálogo con mi párroco me ayudó a admitir lo misterioso que es el proyecto de Dios y me consoló, recordándome que mi compañero ahora está en el lugar más bello en el que nunca habría estado, es decir, con Jesús. También este diálogo, por muy sencillo que fuera, me hizo mirar el sacerdocio como algo deseable.

Otra figura importante fue mi profesor de Religión durante los primeros cursos de secundaria: en él vi por primera vez que la fe y la razón tenían que ver entre sí. Fue suficiente para hacerme entender que la educción que estaba recibiendo en la parroquia no me bastaba. Deseaba un lugar en el que mi fe pudiera encontrar una estrecha relación con todas las cosas.

La ocasión tuvo lugar durante el segundo grado de secundaria y el bachillerato: a mediados del primer año, gracias a un compañero de clase, conocí el movimiento y descubrí una compañía de amigos que, al igual que yo, deseaba entender y compartir la relación entre Cristo y la realidad. De nuevo volvió, con insistencia, ese primer pensamiento sobre el sacerdocio, el deseo de donarLe mi vida. Con el movimiento, también conocí a una chica de la que me enamoré perdidamente. En cambio, ella deseaba tener conmigo únicamente una relación de amistad. Con ella descubrí por primera vez la plenitud de la virginidad, la belleza de vivir una relación afectiva en el sacrificio de recibirla tal y como Dios la había pensado para mi felicidad. Durante aquellos años, también leí el libro «Ante todo hombres» (Innanzitutto uomini), donde se cuentan las historias de la vocación de algunos sacerdotes de la Fraternidad. Ese libro era la verificación del hecho de que la vida que deseaba confusamente era posible. Desde ese momento, el pensamiento del sacerdocio se asoció inevitablemente a la Fraternidad San Carlos.

Durante aquel periodo también tenía novia. Nos dejamos cuando me encontré con la dificultad de conciliar el deseo de una familia −que había descubierto en mí de forma natural a medida que iba creciendo− con el pensamiento, cada vez más insistente, del sacerdocio. Empecé la universidad con muchísimas preguntas sobre lo que Dios pedía para mi vida. En Bolonia, pedí ayuda a Marco Ruffini, un sacerdote de la Fraternidad que había conocido en ese momento. En la relación con él, en el transcurso de los siguientes tres años de verificación de mi vocación, pude descubrir de qué modo mi vida era más plena si la dedicaba a construir el movimiento y la Iglesia. Entendí que únicamente mediante la vida común podía realizarme humanamente y que viviendo la virginidad mi afecto se cumplía de un modo pleno. Así, en septiembre del 2013, después de graduarme, entré en el seminario.

Simone Valentini, 30 años, nacido en Rávena, seguirá de misión en Taipei (Taiwan), donde ha realizado el año de diaconado. Imagen: durante un momento de cantos

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