Piedras vivas

Una peregrinación a Tierra Santa para celebrar los 150 años de la parroquia Sacred Heart (Boston), ocasión para redescubrir un gran don de Dios, la comunión.

Paolo Cumin è parroco di Sacred Heart, a Boston (Usa).Este año nuestra parroquia de Sacred Heart en East Boston cumple 150 años Interior de la Basílica del Santo Sepulcro (Jerusalén).

Este año nuestra parroquia de Sacred Heart en East Boston cumple 150 años. Ya durante el pasado verano comenzamos a organizar celebraciones para este jubileo de la comunidad. Entre los eventos pensados para la ocasión −entre ellos una misa presidida por el cardenal O’Malley− decidimos inaugurar el año jubileo con una peregrinación a Tierra Santa. Además, Michele Benetti (también sacerdote de la Fraternidad en Boston), que durante cinco años había guiado una peregrinación en Israel junto con algunos amigos de Comunión y Liberación de Washington, desde hacía tiempo pensaba en volver. De modo que propusimos a todos una peregrinación de diez días, justo después de Navidades. Una decena de parroquianos respondieron entusiasmados y a ellos se les unieron otros amigos de Boston y Washington. Llegamos a ser cincuenta y uno. Entre nuestros parroquianos de Sacred Heart se inscribió también Peter, un señor de ochenta años, que enviudó hace poco. Nos preocupaba un poco porque nunca había viajado fuera de Estados Unidos y tiene algunos problemas de salud, en especial, de movilidad. Durante los meses que precedieron al viaje hablamos mucho con el resto de parroquianos sobre qué hacer para ayudarle en general y en los traslados. También hablé con Peter y su hijo para expresar nuestra preocupación. Salí fortalecido de estas conversaciones y por la disponibilidad de los parroquianos, aunque seguía teniendo un cierto temor.

Su alegría positiva, simple y humilde fue realmente contagiosa. Ayudó a todos a estar delante de aquellos lugares sagrados con una posición diferente.

Al final Peter fue una sorpresa para todos nosotros. No solo no tuvo problemas de ningún tipo, sino que nos siguió por todas partes y aceptó que lo lleváramos en silla de ruedas, después de los primeros días, cuando le costaba caminar. Cada día era el primero en ir a desayunar, siempre alegre y sonriente. Tuvo que renunciar al paseo por el desierto de Judea y a la visita al monte Tabor; en cambio, pudo hacer el Vía Crucis con nosotros por las calles de Jerusalén. Nunca se quedó solo en los momentos en los que no podía ir con el grupo grande.

Su alegría positiva, simple y humilde fue realmente contagiosa. Ayudó a todos a estar delante de aquellos lugares sagrados con una posición diferente. Durante una peregrinación a Tierra Santa se puede correr el riesgo de concentrarse en la propia experiencia espiritual. Con su alegría y curiosidad, y también por el hecho de tener que ser ayudado, Peter fue un reclamo continuo para recordarnos que Jesús nos llamaba a todos juntos como comunidad de fe a caminar y rezar en los lugares donde pasó su vida terrenal.

La experiencia de comunión ha sido uno de los regalos más bonitos que nos ha hecho el Señor durante la peregrinación a Tierra Santa. A la vuelta, ya en Boston, pregunté a los parroquianos que habían ido si hacían una presentación del viaje al resto de la comunidad parroquial.

Algunas semanas más tarde, durante el tradicional Coffe&Donuts que hacemos todos los domingos después de la misa de las diez, enseñamos algunas fotos de la peregrinación y cada uno de ellos compartió lo que le había impresionado.

Muchos de ellos no se limitaron a contar lo que les había gustado de un lugar en específico, sino que hablaban de la belleza de ir a Tierra Santa juntos, del descubrimiento de la comunidad como lugar físico donde el Señor nos llama ahora. Las piedras por donde caminó Jesús no se han quedado en un frío recuerdo del pasado; por el contrario, se han convertido en piedras vivas, hermanos y hermanas en la fe que caminaban con nosotros.

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