Dar clases de matemáticas en Praga durante la pandemia: la educación es verdadera cuando se vive la caridad.

También aquí, en la República Checa, el Covid ha condicionado el año escolar. A partir de octubre empezamos con la modalidad de enseñanza a distancia. Lo que se ha resentido, más que la enseñanza de las matemáticas −las clases online no han ido tan mal−, ha sido la relación con los alumnos. Normalmente tienen sus cámaras apagadas, los diálogos no van más allá de los ejercicios de clase y es imposible intercambiar dos palabras al final de la clase. Todo esto se une a la difusa fragilidad afectiva que provoca el temor a exponerse demasiado. Por tanto, es fundamental aprovechar cualquier ocasión para buscar una relación más humana.

Por ejemplo, a finales de septiembre organizamos una salida a un bosque cerca de Praga con un grupo de estudiantes del movimiento. Invité también a tres alumnas a las que había conocido tres semanas antes. Me sorprendió la confianza y el entusiasmo con que se adhirieron. En la salida éramos siete y solo tres de ellos estaban bautizados. Fue un día tan bonito que ni siquiera las mascarillas o la distancia pudieron arruinar. Una de las chicas se conmovió durante la clase de introducción, las otras nos hicieron muchas preguntas sobre los católicos (si podemos comer carne de cerdo, si creemos en la reencarnación, por qué los curas no pueden casarse, etc.). Por primera vez en su vida participaron en una misa. Al final, una nos dijo: «Con vosotros se respira un ambiente de amor intenso, es bonito estar juntos». Ella no lo sabía, pero estaba repitiendo las palabras de Pedro a Jesús en el monte Tabor.

En estos días me pregunto cómo llegar también al resto de alumnos, cómo proponerles vivir el aislamiento social de un modo diferente, las clases online, el tiempo libre. Sufro mucho al pensar que para algunos de ellos quedarse en casa puede ser un infierno: una alumna mía se fue de casa porque su madre le echó; otro es huérfano de madre y vive con su padre alcohólico; hay padres que han perdido el trabajo o que están peleándose todo el día. Para favorecer la relación con los alumnos, cada cierto tiempo escribo mis reflexiones sobre la situación actual y las mando por mail a todas las clases que tengo. Antes de Navidades escribí que en estos meses se nos ha quitado la posibilidad de hacer muchas cosas. El mensaje concluía así: «Todos (también los profesores de matemáticas…) dan valor a lo que hacéis, pero no a lo que sois. En cambio, lo más bonito es cuando descubrís que sois amados tal y como sois, no por lo que hacéis. Creo que estas Navidades serán útiles si os fijáis en quien os ama porque existís, y si estáis atentos a amar a los demás simplemente porque están».

Algunos alumnos me respondieron diciéndome que el mensaje les provocó a pensar en el significado de esas vacaciones; otros me confiaron algo de su propia familia, de sus primeros amores. Muchos no respondieron. A veces, yo mismo no me doy cuenta de lo que puede arraigar en el corazón de los chicos. Una ex alumna vino antes de Navidades a nuestra casa para saludarme. Me dijo que en bachillerato no le emocionaban las matemáticas pero que estudiaba porque no quería defraudarme. Y añadió: «En el fondo, en clase todos sabíamos que, más allá de la nota que hubiésemos tenido, la relación contigo no habría cambiado, que habrías seguido queriéndonos». Tal vez, esta enseñanza sea lo que les marque más: la caridad vivida, esa caridad que quizás, un día, podrá conducirles también a ellos al encuentro con la fuente de todo amor verdadero.

 

(Marco Basile, sacerdote desde el 2010, es rector del santuario de la Dolorosa y profesor de matemáticas en el liceo Ústavní, en Praga, República Checa. Imagen: mientras dirige algunos cantos en el jardín de la casa de la Fraternidad de Praga, 2019).

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