En la comunión que nace de una adhesión libre puede florecer la paternidad. Un testimonio desde Boston (USA).

Live free or die es un eslogan de la revolución americana que siempre me ha gustado: «Vive libre o muere». Con alegría he visto que en estos últimos años ha florecido una vida libre en esa parte de la santa Iglesia que ha sido generada por el Espíritu en el movimiento de Comunión y Liberación de Massachusetts, la parte del mundo donde vivo. Una pequeña realidad de un centenar de personas, en las que libremente florecen iniciativas, promovidas frecuentemente por las familias. Nadie se siente juzgado si no va a todas: si alguien no ha sido invitado, en vez de quejarse, pide que lo incluyan.

Como ejemplo de esta libertad en acción, el pasado fin de semana hubo una peregrinación a un santuario dedicado a santa Ana, en un lugar que permitía que todos llegaran en coche aproximadamente en una hora y media. Venía gente también de otros estados, como New Hampshire o Connecticut. Es una propuesta que hizo una de nosotros hace unos años, una madre que tomó la iniciativa, se coordinó con el santuario e invitó a todos. Hemos seguido haciéndola cada año en mayo, y, con el tiempo, también en septiembre.

Llegamos al sitio, celebramos la misa, quien quiere puede confesarse, después rezamos el rosario. Más sencillo que esto… Y, sin embargo, con los años es fácil ver el efecto que estos gestos, insertados en la normalidad de la vida, tienen sobre nuestros niños: su atención en la misa es impresionante; los mayores echan un ojo sobre los más pequeños. En especial, este efecto es evidente cuando rezamos el rosario.

La oración del rosario comenzó entre nosotros hace ocho años, durante un verano en que, ante distintas situaciones difíciles, alguno propuso tímidamente rezar un misterio. En poco tiempo, durante aquel verano nos encontramos reuniéndonos casi cada día, por el barrio o en el parque, para rezar el rosario. Los niños empezaron a participar de un modo más activo cuando comenzamos a acompañar cada Ave María con una intención en especial. Aquel momento les ayudó a recordar, agradecer y pedir. En este último año una de nuestras familias ha estado prácticamente encerrada en casa por una grave enfermedad del padre. Pero los niños no les han olvidado, es más, sus nombres siempre estaban en el centro de nuestros rezos.

Volviendo a la peregrinación, al concluir la misa fui a dejar las vestiduras en el coche. Después, subiendo hacia el lugar del Vía Crucis al aire libre, donde rezaríamos el rosario, me encontré rodeado de un enjambre de chiquillos, entre los tres y los cinco años, que me estaban esperando. Quizás, temiendo que desapareciera, un par de ellos me cogió de la mano y empezaron a tirar. Llovía, todos tenían puestas las capuchas, de modo que no reconocí a una niña. Pregunté quién era a un adulto y me respondió que era hija de la familia «encerrada en casa». En el último año la había visto solo otra vez, y, de repente, ahí estaba, fiándose con sencillez de los niños, que la acompañaron todo el día, y de mí.

Me conmueve pensar lo sencillo que es ser padres: basta fiarse de nuestra compañía y seguir. Nuestra compañía no es una estructura, una organización o un club: es una letanía de nombres, encomendados al buen Dios, y, por tanto, confiados entre sí.

 

Luca Brancolini es profesor de Física y Programación en Boston, USA. Imagen: vista de la ciudad – foto: flickr.com).

 

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