Homilía de mons. Camisasca con ocasión de su 75º cumpleaños durante la misa celebrada en la Catedral de Reggio Emilia.

Queridos hermanos y hermanas:

 

La primera breve parábola del Evangelio que hemos escuchado nos invita a permanecer vigilantes para poder terminar el trabajo.

Doy las gracias al vicario general y a todos los que han querido celebrar esta misa con ocasión de mi 75º cumpleaños y espero que este momento pueda ser un buen recordatorio para todos nosotros.

Cada cumpleaños es fundamentalmente una ocasión para dar gracias a Dios, porque nos ha querido y nos ha custodiado amorosamente a lo largo del camino de la vida. Bastaría mantener vivo en nosotros el asombro que nace del descubrimiento de estar en el mundo, de ser objeto del pensamiento y del amor del Padre, para atravesar y vencer muchos de los miedos y dificultades que tenemos. También sabemos que el Padre nos espera, aunque no sepamos cuáles son las pruebas concretas y sufrimientos que nos acercarán a Él, purificando nuestro corazón de los residuos que se instalan en él con el paso del tiempo.

Deseo que esta Eucaristía sea, como siempre, un acto de agradecimiento en el que el humilde ofrecimiento de mi vida y mi obediencia al Padre participe del inmenso sacrificio de Cristo.

El Evangelio de esta tarde nos habla de las condiciones necesarias para seguir a Jesús. De primeras, si no se pone en contexto con la doctrina global de Jesús, es uno de los textos más desconcertantes de los evangelios sinópticos. En estas palabras Jesús nos habla de tres desapegos necesarios para poder seguirlo. Las expresiones que utiliza son realmente duras, pero no pueden leerse en contradicción con el cuarto mandamiento, con la invitación a amarse a uno mismo ni con la alegría que Jesús muestra con frecuencia en su relación con la creación. Él siempre la contempla con la mirada puesta en el Padre y afirmando la bondad del universo que se refleja en el libro del Génesis.

Por tanto, ¿qué quiere decir con el verbo «posponer»[i]? Para seguirlo, Jesús pide que nuestra dedición a Él sea inteligente y total. Basilio de Cesarea escribe que «este odio no implica en nosotros la intención de tramar insidias, sino que inspira la virtud de la piedad llevándonos a desobedecer la voz de los que quieren desviarnos de ella»[ii]. Debemos seguirlo con las herramientas necesarias, después de prepararnos mediante una educación en el amor. «Posponer, despedirse o separarse no constituyen un fin en sí mismos, sino que son un paso necesario, que permite aprender a mirar el mundo de forma diferente»[iii].

Hay que cortar tres cordones umbilicales. El primero es el que puede llegar a atarnos a la familia (más en general, a los familiares) de un modo inapropiado, anteponiéndolos al amor por Jesús. Cada uno de nosotros tiene que hacer un examen de conciencia respecto a esto. Todos sabemos que los pasos hacia la madurez pueden ser difíciles en relación con los que nos han generado, con nuestros hermanos, hermanas y parientes. Jesús no nos invita a dejar de interesarnos por ellos, ni mucho menos a ‘odiarlos’.

No obstante, él nos quiere libres. «Añadiendo la expresión ‘más que a mí’», escribe Cirilo de Alejandría, «es evidente que él permite amar, pero no más de lo que le amamos a él. Él exige para sí nuestro mayor afecto»[iv]. Todo lo que puede distraer tiene que eliminarse. ¡Cuántas veces he tenido que acudir en ayuda de personas para que pudieran liberarse de las peleas por herencias! Tenemos que amar en la distancia, conscientes de que el modo más verdadero de amar a nuestros seres queridos es custodiar la propia vocación.

Jesús nos invita a cortar, además, un segundo cordón umbilical: el amor hacia uno mismo vivido como idolatría del propio yo, del propio éxito, del ser afirmado por los demás. Todo ello no quiere decir que no debamos tener autoestima. Jesús dijo: «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mc 12,31). Tenemos que amarnos de un modo verdadero, mirarnos a nosotros mismos como nos mira Jesús, libres de cualquier narcisismo y de toda voluntad de autoafirmación. En definitiva, Jesús nos invita a llevar nuestra cruz y a seguirlo. En definitiva, Jesús nos invita a acoger todas esas contradicciones, sufrimientos y batallas, que nos hacen participar de su cruz. Nos invita a ser testigos, a no tener miedo del martirio y a recordar la alegría y la paz que Él promete y dona a cada uno de sus discípulos.

En resumen, Klaus Berger explica: «Jesús no exhorta a la maldad. Pero hace un llamamiento a la libertad, a ser libres del rincón de la familia […] a ser libres del narcisismo que constantemente nos vuelve ciegos»[v]. Es «como si fuésemos transportados a otro mundo en cuanto a nuestro modo de vivir»[vi], comenta Basilio de Cesarea.

También la conclusión de este pasaje del Evangelio puede desconcertar. El tercer cordón que hay que cortar tiene que ver con la renuncia a los bienes. Puede que algunos vivan esta renuncia en sentido literal, pero es una invitación válida para todos. Se nos pide no apegarnos a las cosas que tenemos, no poner en ellas nuestra esperanza y donar con generosidad, ir al encuentro de las necesidades de los pobres y de los hermanos que están en dificultades. «Cuando nos separamos de todo, nos volvemos tan libres que nos alegramos incluso de cada rayo de sol […]. Jesús exige que seamos realmente dueños, no nos quedemos en los conflictos que derivan de las relaciones personales, la lealtad y los bandos […]. El Jesús que nos presentan los evangelios es un hombre para los jóvenes […], comparte con ellos su deseo de liberación»[vii].

Si miramos con profundidad estas palabras de Jesús, descubrimos que son una promesa de alegría y serenidad para nuestros días, precisamente porque son un camino hacia la libertad. Esto es lo que pido para mí mismo, para mis familiares, colaboradores y para todos vosotros en esta Santa Misa, en la que recuerdo especialmente a mi padre y mi madre.

Amén.

 

[i] «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26). El término ‘pospone’ propuesto por la Biblia de la CEE −«La traducción propuesta la apoyan el contexto, la doctrina de Jesús y el hecho de que el arameo no tiene un verbo para expresar la idea de ‘preferir’». Sagrada Biblia, versión oficial de la Conferencia Episcopal Española− sustituye al término literal ‘odia’ (ndt).

[ii] Basilio di Cesarea, Sul battesimo, 1,1 (la traducción es nuestra, ndt).

[iii] K. Berger, Commento al Nuovo Testamento, Vol. 1, Queriniana, Brescia 2011 (2014), pp. 340-341 (la traducción es nuestra, ndt).

[iv] Cirillo di Alessandria, Commento a Luca, Om. 105 (la traducción es nuestra, ndt).

[v] K. Berger, op. cit., p. 339.

[vi] Basilio di Cesarea, Regole ampie, 2 (la traducción es nuestra, ndt).

[vii] K. Berger, op. cit., p. 340.

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