Durante el confinamiento, la visita a los jóvenes de GS, yendo de puerta en puerta, en Budapest (Hungría).

He realizado un año de misión en nuestra casa de Budapest, compartiendo con Carlo, Alessandro y Michele la vida y las actividades de las parroquias que nos han sido confiadas: Cristo Rey, San Esteban y Santa Ana.
Hace poco más de un año, en torno a Michele se empezó a reunir un grupo de jóvenes de secundaria y bachillerato, fascinados por el entusiasmo de una de ellos que había conocido la experiencia de GS al ir a unas vacaciones de la comunidad de Alemania. Al volver de allí, quiso compartir con sus amigos de Budapest la misma experiencia. Para mí, uno de los dones más bonitos de este año ha sido seguir, junto con Michele, los primeros pasos de esta nueva aventura. El pasado otoño empezamos a leer juntos El señor de los anillos, para suscitar en nosotros el deseo de vivir una vida grande que no se deje bloquear por el miedo y el cansancio, el deseo de una compañía que nos acompañe siempre. Propusimos vernos todos los sábados para estudiar, jugar o hacer una salida, para descubrir juntos la existencia de esta compañía.
En primavera, la pandemia impidió reunirnos durante unos meses. De modo que Michele y yo pensamos en cuidar la relación con los chicos yendo a visitarlos personalmente. Cada semana íbamos a casa de uno o dos de ellos, llamábamos al timbre y les invitábamos a dar un paseo por el Danubio. Michele era atento con cada uno de ellos, les invitaba a contar algún hecho positivo y, a partir de ahí, les ayudaba a juzgar la semana que habían vivido.
Con mucha ironía por el conocimiento limitado que tenía del húngaro, que estudiaba desde hacía solo pocos meses, yo me esforzaba en seguir el hilo de la conversación e intentaba decir alguna frase. Frecuentemente me veía inadecuado y tenía la tentación de creer que, al no conseguir expresarme bien con las palabras, no podría comunicarles nada significativo. Entonces, volvía a pensar en la caritativa, sobre todo en los dos años que pasé en el hospital pediátrico del Niño Jesús de Roma, donde fui educado a mirarme a mí mismo y a los demás sin cálculos, a donar el tiempo despojándome de la pretensión de resolver todos los problemas, de compartir la vida con los que me encontraba.
En su maravillosa adaptación teatral del libro de Job, Fabrice Hadjadj hace decir a Elifaz, que acude a la cabecera del lecho de su amigo: «Estoy aquí para socorrerte». Pero Job replica: «¿No podrías estar aquí y punto?». Cuando veía las caras felices de nuestros chicos ante un gesto tan simple, me descubría agradecido de verme casi obligado a «estar aquí y punto». No fui a Hungría para hacer algo sino para descubrir la belleza de que toda la vida es un don; para decir verdadera y gratuitamente: «estoy aquí para ti».

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