Una meditación del padre Romano Christen en preparación para la Navidad

¿En qué consiste la novedad del cristianismo? ¿Cuál es su corazón, el centro del hecho cristiano? ¿De dónde surge su atractivo, su belleza? ¿Qué es lo que lo vuelve fascinante? Podríamos alegar muchas definiciones teológicas, pero creo que basta con citar un versículo de la Escritura, un pasaje clave, del que hacemos memoria al menos tres veces al día: Y el Verbo se hizo carne (Jn 1,14). En el Verbo hecho carne se manifiesta la gloria de Dios, toda la gloria de Dios. En el Verbo hecho carne se ha manifestado y comunicado el amor del Padre, sin interferencias. En la carne de Jesús −y solo en ella− se nos ha dado la salvación.
El Adviento nos prepara para la Navidad. Es una escuela de cristianismo que nos dispone a vivir no solo cuatro semanas al año, sino cada hora de nuestras jornadas como memoria del hecho impactante de la encarnación, como espera de la presencia de Dios entre nosotros, como acogida de esta gracia. Por tanto, querría centrarme en la dinámica de la encarnación y en lo que esta implica para nosotros, que es la dimensión de sacramentalidad en la vida cristiana.
Me parece útil, o mejor, necesario, insistir en esta dimensión de sacramentalidad porque en ella reside la fuerza, la concreción, la belleza y la fertilidad de nuestra fe. La debilidad o la falta de vivacidad, de persuasión, de capacidad constructiva y misionera en la mayoría de los bautizados de hoy se identifica con un modo de vivir la fe que carece de la pertenencia a un lugar concreto, del aspecto sacramental vivido no como un ofrecimiento de uno mismo al Tú de Jesucristo en las circunstancias cotidianas, sino como una religiosidad que se practica partiendo de nosotros mismos, de nuestro propio sentimiento, incluso tal vez un sentimiento noble e inspirado en la Biblia y en hábitos litúrgicos, pero que no parte del reconocimiento de un hecho actual: la presencia de Dios en toda la realidad de la creación.

 

El anuncio
La Navidad anuncia la venida del Salvador: «Radiante entre densa penumbra, viene el Señor Jesús, luz verdadera», dice un conocido himno de Adviento. ¿En qué consiste la luz de Cristo? ¿Qué es lo que lo vuelve radiante, capaz de vencer las penumbras más densas? La fuerza de Jesús no consiste en algo que lleva consigo, sino en el don de sí, del Altísimo que se hace Emmanuel, Dios-con-nosotros.
El evangelista Lucas nos introduce en la humilde morada de Nazaret, donde el ángel Gabriel se apareció a la Virgen. La iconografía desde el gótico en adelante representa con frecuencia a María en el contexto de su casa. No se la muestra, como podría uno imaginarse, atareada en los quehaceres domésticos, sino en oración mientras lee la Escritura.
Intentemos imaginarnos cómo recitaría la Virgen las páginas de la Torá, de los salmos o de los profetas, cómo meditaría las promesas que Dios puso en boca de Moisés, David, Isaías o Jeremías. La Esclava del Señor lleva en sí y encarna la espera de su pueblo, está totalmente traspasada por ella. Ese pueblo elegido que existe solo y en cuanto es el elegido y el preferido de Yahveh. El Dios de Israel ha luchado literalmente con este pueblo para que sea suyo, para que sea santo, para que se convierta en bendición de todos los pueblos de la tierra. María está traspasada por el drama de la relación entre Dios e Israel. Ciertamente, sufre la infidelidad de su pueblo, al que los profetas han acusado y juzgado con palabras fuertes y a la vez tiernas. Sufre, pero al mismo tiempo está alegre y cierta del amor de Dios.
Ante esa mujer, toda ella espera, en aquel Nazaret se apareció el ángel: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Lc 1,28).
Tras este saludo solemne, el ángel le anuncia que concebirá un hijo que será grande y se llamará hijo del Altísimo (cfr. Lc 1, 32). El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios (Lc 1,35). La alusión es clara y hace referencia a la última parte del libro del Éxodo, donde se lee que cuando una nube cubría el Arca de la Alianza la gloria del Señor llenaba la Morada (cfr. Ex 40,34), de modo que ni siquiera Moisés podía entrar en ella. Ahora esta misma nube del Altísimo invade el seno de la joven Virgen. ¡Qué Misterio! Yahveh, el Altísimo, el creador del universo, el Dios que con mano poderosa había liberado al pueblo de la esclavitud de Egipto, el Dios de la Alianza, el Dios que a lo largo de los siglos había hablado, juzgado, condenado y consolado a su pueblo elegido a través de los profetas, ahora pedía morar en ella, hacerse él mismo germen de vida humana, feto e hijo en su seno. Deja de ser por tanto palabras inspiradas que mueven a la acción, sino presencia humana.
Nunca conseguiremos captar exhaustivamente la novedad radical, el cambio cargado de consecuencias, la ternura y densidad humana del anuncio del ángel que se transformó en gestación. El creador se hace criatura.
El Logos −es decir, el principio que rige el cosmos y da vida a cada filo de hierba, pero que a su vez es el orden último, el significado del mismo cosmos− se revela como Emmanuel. Con este hecho, la comunicación que establece Dios ya no acontece como palabra manifestada (como a través de los profetas) ni como ley (como la hebraica), sino como presencia humana con la que entrar en relación, como con una persona cercana. El Logos se convierte en biografía, un Tú al que mirar, con el que hablar y al que poder adherirse afectivamente.

 

Maria, aquella que espera y acoge
Detengámonos brevemente en la figura de la Virgen. María es la figura modelo del Adviento porque, como decíamos, ella espera. Espera con todo su ser. Esperaba con toda la vibración de su humanidad o −por decirlo en términos de don Giussani− con todo su sentido religioso.
Esta espera, aun cuando era una posición existencial, no era un hecho intimista. Era una espera personal, que hacía vibrar en su carne todo el drama de su pueblo. Era una religiosidad que custodiaba el drama del pueblo del que formaba parte. ¿Y cómo custodiaba esta espera del pueblo? ¡Con fe! María se fiaba de que el Dios de la alianza mantendría su promesa. La espera de María, su Adviento, era expresión de su vínculo con Dios, de confianza, de abandono en Su promesa, fidelidad a la historia de Israel y, por tanto, espera confiada. María de Nazaret, esposa de José, es la punta del iceberg del resto de Israel.
No obstante, María es la figura del Adviento y de la Navidad no solo porque espera, sino también y sobre todo porque acoge la palabra y la venida de Dios. ¿En qué otro momento de la historia humana se ha dicho un «sí» tan dramático y, a la vez, tan bello, tan puro, total e incondicional, tan fértil como el de María? «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Ella se ha convertido en el modelo de todos los que han sido llamados, vocati sunt. Su belleza está contenida en el hecho de que es la primera que «ha dado todo con alegría», como dice una antífona muy querida por don Giussani: Domine Deus, in simplicitate cordis mei laetus obtuli universa (cfr. 1 Cr 29,17).
De este modo, la libertad ha sido exaltada y se ha vuelto fértil como en nadie antes que en ella. ¿Cuándo resalta más un Stradivarius? Cuando lo toca un violinista genial. Así floreció la virginidad de María, convirtiéndose en maternidad fecunda porque fue ensalzada tiernamente como instrumento del mismo Dios.

 

Cristo, el universal que se ha hecho hombre
Nosotros no tenemos la pureza de María. Somos pecadores afectados por un cierto embotamiento ante el Misterio, por la superficialidad, por la continua tendencia a la distracción, y por ello tenemos que intentar ayudarnos a vivir el Adviento de un modo consciente. Esto es lo más importante: ayudarnos a no vivir de un modo pío, sino consciente, ayudarnos a vivir en tensión para acoger el significado y captar el alcance de lo que es la encarnación.
Detengámonos en este misterio: 13,81 mil millones de años después del Big Bang, en una aldea del imperio romano, en un planeta cuyo sistema solar se encuentra en un extremo de la Vía Láctea, una galaxia que mide 100.000 años luz y que es solo una entre millones de galaxias aún más grandes, en este punto diminuto del universo y de la historia el Logos trasciende todo este cosmos −porque es él quien lo creó− y se hace hombre. El Unigénito del Padre se convirtió en feto, más tarde en recién nacido que necesitaba, en niño que jugaba, en adolescente que pudo tener algún grano en la piel, después en hombre dedicado a la carpintería. Hombre de rostro varonil −como se entrevé en la sábana santa−, hombre que hablaba, discutía, huésped en comidas, hombre agotado que se dormía en la barca, hombre que lloró la muerte de su amigo Lázaro. ¡El Logos se convierte en hombre!
No obstante, cuando este hombre dice «yo», no es que sea una persona que habla con inspiración, no es un genio humano quien entra en acción, es el Unigénito del Padre, la segunda persona de la Trinidad. Jesús de Nazaret no es un hombre inspirado, es Dios encarnado.
El Catecismo subraya que «la naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente a la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo que es y hace en ella proviene de «uno de la Trinidad». El Hijo de Dios comunica, pues, a su humanidad su propio modo personal de existir en la Trinidad. Así, en su alma como en su cuerpo, Cristo expresa humanamente las costumbres divinas de la Trinidad» (CCC 470).
Ya desde el liceo, Giussani fue herido para siempre, entusiasmado y conmovido por el hecho de Dios hecho hombre. Por tanto, ya no tenía que buscar la bondad, la belleza, la verdad y la justicia en un principio general −la gran preocupación de la filosofía griega, pero también de la ilustración y del idealismo− o en quién sabe qué fuerza cósmica, natural o mágica −como en ciertas corrientes contemporáneas que están de moda−, sino que estas se comunicaban mediante el rostro de Jesús, hijo de María, que caminó por los caminos polvorientos de Palestina en tiempos del emperador Tiberio. La Verdad, el Amor, es Él. El universal es Él, se le podía encontrar en la singularidad de aquel hombre. Dios, el Destino, ya no hay que imaginárselo, lo puedes mirar.
Es más, es Él el que te ve, el que viene a tu encuentro, te provoca, te invita y te desafía. Habló con Pedro; la adúltera le lavó los pies con sus propias lágrimas. Jesús no indica −como un profeta o un genio religioso− a un Dios que está por encima de las cosas; él es la presencia de Dios. El que me ve a mí, ve al Padre (cfr. Jn 12,45). Es Yahveh quien se ha manifestado y se ha donado en el hijo de María.
En su Prólogo, Juan constata un hecho lapidario e incontestable: A Dios nadie lo ha visto jamás (Jn 1,18). Unos versículos más adelante hablará del encuentro, banal en su concreción, con Juan y Andrés.
Si la existencia del cosmos es un milagro, la encarnación lo es más aún, porque nadie podría haberla pronosticado. Sin embargo, ha sucedido. Esta es la buena noticia, la novedad abrumadora que cambia todo. Esta es también nuestra alegría, nuestra fuerza, nuestra conmoción. En Navidad nosotros queremos ayudarnos a acoger el Emmanuel con los ojos como platos, llenos de asombro, con un corazón abierto y conmovido, porque es lo más impresionante que podía suceder en esta tierra: ¡encontrarnos con Dios!
Al encarnarse, Dios no da algo al hombre, se da a sí mismo: como dice el Benedictus, per viscera misericordiae Dei nostri che visitavit nos Oriens ex alto (Lc 1,78). Estamos atónitos ante la manifestación y la entrega de las entrañas de la misericordia de nuestro Dios.
Si es cierto lo que dice el inicio de la carta a los Colosenses, que en él fueron creadas todas las cosas, que Él es anterior a todo y todo se mantiene en él, porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud (cfr. Col 1, 15-20), entonces es evidente: la pértiga para llegar al cielo, la medicina que cura las heridas, la fuerza para vencer el mal, la inteligencia para construir la historia, el abrazo para ser consolados, la inteligencia para entender cómo funciona la realidad es Él, Jesucristo. Lo que hizo, sus iniciativas, su mirada, su juicio, su amistad, todo ello es la comunicación del Misterio.

 

La sacramentalidad: Dios se ha hecho carne para permanecer
El Emmanuel no vino solo durante un tiempo, sino que vino para permanecer. El motivo de la Encarnación no es enseñar un ideal y después dejarnos solos apañándonoslas. Vino para instaurar una relación con nosotros. La frase con la que termina el evangelio de Mateo es la promesa del Resucitado: Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos (Mt 28,20). Sabemos bien la dinámica en la que se dio esta permanencia al difundirse en todo el imperio romano y más allá. Juan la describe de un modo genial:
Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida; pues la Vida se hizo visible, y nosotros hemos visto, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1Jn 1, 1-3).
Sabemos que esta permanencia sucede dentro y a través de la vida de la comunión, la vida de la Iglesia. La Iglesia no es el lugar del recuerdo de un pasado o la custodia de un discurso sobre Jesús. La Iglesia es −y esta es la palabra adecuada− sacramento de su presencia y de su acción.
La carne del Hijo de Dios sigue palpitando y actuando sacramentalmente mediante signos, gestos, lugares y personas que no solo hacen referencia a Él, sino que son el instrumento eficaz de Su comunicación con nosotros, que hacen posible nuestra relación con Él, nuestra relación carnal con el Misterio, para dejarnos hacer, para ser liberados y aliviados por Él.
Este milagro de la encarnación que se nos comunica según una dinámica sacramental, en primer lugar, permite que el misterio escondido desde siglos (Col 1,26) sea accesible, y, en segundo lugar, exalta todo lo humano. De hecho, entre todas las cosas, Dios usa lo humano para comunicarse con nosotros y valorar hasta el extremo el «Stradivarius» que somos. Dios se ha hecho familiar con la carne y la usa para comunicarse a través de ella. Podría haber usado el método de la inspiración: inspirar a todos desde lo alto. En cambio, no ha sido así. ¿Por qué no? Porque quería dar valor a nuestra carne, a nuestro corazón, a nuestra libertad.
Jesús, el Verbo encarnado, nos alcanza hoy a través de la Iglesia, los sacramentos y la palabra de Dios presente en la Biblia, nos alcanza a través de ciertos cantos y de un cierto modo de trabajar y de ofrecer las fatigas, a través de la autoridad de la Iglesia y de quien la guía. En todo ello, en medidas e intensidades diferentes, pero siempre y en el fondo según la dinámica sacramental, sucede el adventus del Logos, la donación de la «sangre» de Dios a las venas de nuestra carne mortal, en nuestra vida humana cotidiana. En definitiva, nuestra casa de Nazaret son los lugares en los que vivimos todos los días.
Martín Lutero, cuando pensó en recuperar una religiosidad auténtica y en reformar la Iglesia eliminando cualquier inmundicia y superficialidad, afirmó que bastaba la fe (sola fide) inspirada exclusivamente en la Escritura (sola Scriptura). En su opinión, esto garantizaba el ser redimidos. Todo ello, insistía, sucedía por la sola gratia. Parecería una explicación devota si no fuese porque Dios ha decidido actuar de un modo diferente: la redención sucede por gracia, pero esta no se adquiere a través de una inspiración. La gracia se comunica en la carne, actúa encarnándose. Tiene connotaciones históricas, biográficas, de acción.
Por eso −menciono un ejemplo entre tantos otros− san Carlos Borromeo, representado con frecuencia en oración ante el crucifijo, visitó las parroquias más recónditas de los valles lombardos, se preocupó por la formación de los sacerdotes promoviendo la instauración de seminarios, acogió y valoró nuevas órdenes religiosas y no evitó el cuidado de los apestados. El Oficio de Lecturas del día de su memoria, el 4 de noviembre, propone el discurso que pronunció en el último sínodo diocesano. En aquella ocasión reclamó con paternidad a sus sacerdotes a que prepararan adecuadamente la celebración del sacrificio eucarístico desde la sacristía. ¡Qué atención a la carne! Sabía que la novedad del cristianismo, su belleza, el que fuera incisivo y redentor dependía únicamente de la gracia de Cristo encarnada, una gracia operativa según una dinámica sacramental.
¿Y qué decir de don Giussani? ¿Acaso no se asienta todo su método en el hecho de haber propuesto la fe como pertenencia a un lugar concreto y por tanto caracterizado por gestos, palabras y acciones que tienen la potencia de hacer experimentable la relación con el Tú de Cristo? Don Giussani tenía una percepción nítida del hecho de que Dios es Misterio, y, al mismo tiempo, una lucidez en la conciencia de que este Misterio se comunica según la dinámica de la encarnación. La prolongación de la encarnación sucedía en los tres famosos escalones del Liceo Berchet. Y una vez allí, ¿qué hizo? No proclamó verdades, sino que desafió la libertad y la razón de los estudiantes involucrándoles en una relación de comunión que los ayudase a abrazar toda la realidad y a compararla con el anuncio cristiano. Ciertamente, un Raggio o la caritativa en la Bassa no eran el Misterio, pero eran los lugares donde los estudiantes de secundaria y bachillerato lo conocían de forma familiar, tanto que su vida concreta se transformaba cada vez más en memoria, ofrecimiento y vocación.

 

Nosotros somos su sacramento
Nosotros hemos sido tocados por este carisma. Por tanto, que el Adviento de este año nos encuentre en tensión y atentos a acoger a Aquel que se ha hecho carne por nosotros y que actúa aquí y ahora en la carne. Él actúa en la carne de la eucaristía, en la carne de nuestra compañía, en la carne de tu camino personal vocacional, en la carne del silencio y de la caritativa, del estudio o del tiempo libre vividos según la inteligencia y la forma en que se nos ha educado.
Adviento, por tanto, no es ante todo el cuidado de una intimidad encerrada en sí misma, esperar a estar inspirados, sino la participación en el flujo de una historia en acto, dar espacio y dejarse tomar por una carne que se está dilatando y que es sacramento del Emmanuel que te toma ahora él. Vivir la ascesis cristiana no significa traducir en praxis una teoría, sino interactuar con un hecho presente, con el hecho de Su Presencia.
La consecuencia de este método de Dios es realmente un espectáculo. En su Prólogo, Juan dice que a cuantos lo reciben les da poder de ser hijos de Dios (cfr. Jn 1, 12s) Esto significa literalmente ser generados de nuevo, no según una voluntad humana, sino por Dios. Esta generación nueva no es la producción de una forma estándar de discípulos. La encarnación no produce modelos, sino que genera hijos. Estos, como en una familia, nunca son iguales. El Espíritu de Jesús es creativo y hace florecer la individualidad de cada uno. La comunión cristiana, justo ahí donde realiza una unidad real con Cristo y con los hermanos, exalta la originalidad de cada uno. La prueba de que una comunidad es verdaderamente cristiana no es una especie de uniformidad soldadesca, sino la riqueza carismática de un cuerpo, cuyos miembros son diferentes, pero que tienden por entero a dar vida a un único cuerpo.
Esta es una consecuencia fascinante de la segunda venida de Cristo, la que sucede en nuestra carne, que se da según una dinámica sacramental, mediante la cual cada uno es llamado por su nombre. En esta orquesta cada instrumento tiene su función, su utilidad. Así, la belleza de cada instrumento, como la de toda la orquesta, no emerge si cada uno toca por su cuenta, sino si se atiende al todo de la obra musical. Por tanto, manteniendo esta imagen, el Adviento es afinar el propio instrumento para contribuir así a la gran sinfonía.
Por otro lado, la dinámica de la encarnación exalta cada aspecto de la naturaleza y del ser humano. La espera, dimensión fundamental del Adviento, no tiene nada que ver con la imagen de estar sentados en un banco esperando. La espera del Adviento es pregunta, súplica mendicante, esperanza y eficacia de gracia, productividad dentro de la realidad, curiosidad e interés, deseo de entender y de juicio, trabajo y ofrecimiento de sí. «Con nuestras manos, pero con Tu fuerza», decía el título de una exposición del Meeting de Rímini hace unos años, dedicada a los monjes benedictinos. En efecto, la orden de san Benito realiza una forma de vida en la que todo se convierte en oración y en donde la oración, a su vez, se dilata hasta en el gesto más pequeño de la vida cotidiana. Así fue para María.
Añado otro aspecto que tiene que ver con la dimensión sacramental de nuestra vida. La venida de Cristo, al ser comunicación de sí al hombre, nunca me alcanza de forma paralela a mi vocación, sino exaltándola. Así como la persona de Jesús estaba totalmente atravesada por su misión, también nosotros debemos estar atravesados por la conciencia de haber sido elegidos para ser enviados, para ser constructores de catedrales, protagonistas de Su historia. En resumidas cuentas, estamos llamados a ser instrumento de Su presencia operativa: «con nuestras manos y con Tu fuerza».
El Adviento −que como dinámica no se reduce a las cuatro semanas antes de la Navidad− consiste en ser protagonista y, acogiendo el Verbo, participar en la construcción del Reino de los cielos aquí y ahora. No es mística y mucho menos un simple rito litúrgico. Es un adventus real, el Mesías que se hace realidad, una llamada que nos interpela ahora. Nuestra Fraternidad será bella y madura, grande y creativa, en la medida en que nos ayudemos mutuamente −nosotros, que estamos unidos por el bautismo y por vocación− a acogerlo, como nos han testimoniado María, Juan, los monjes benedictinos, san Carlos, don Giussani y muchos otros.

 

Retiro de Adviento en la Casa de formación, Roma, 28 de noviembre de 2021

 

Romano Christen es vicario en la unidad pastoral de Bad Godesberg, en Bonn (Alemania). Imagen: Beato Angelico, Anunciación, 1428, museo El Prado, Madrid.

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