San José nos atrae por su normalidad y, a la vez, por su cercanía con el misterio de Dios: una reflexión con ocasión de los ciento cincuenta años de su declaración como patrón de la Iglesia universal.

Para hablar de san José se necesita silencio.

Dios situó a san José más cerca que cualquier otro hombre del hecho de la encarnación. Más cerca que cualquier otro hombre del Hijo de Dios, que se entregaba indefenso a las manos de los hombres, totalmente dependiente de su acogida. José fue llamado a estar cerca de la Virgen, en la intimidad de su casa, llamado a tener una familiaridad con sus pensamientos, con su oración, con su modo de estar siempre y por entero en diálogo con Dios. Debemos hablar de él con un respeto absoluto, por lo delicada que fue su tarea.

La altura y la humildad se funden en la extraordinaria historia humana de este hombre formando una unidad; una fusión que lo asemeja a su esposa. De hecho, la responsabilidad que recibió de Dios fue tan vertiginosa como ordenada dentro de la dimensión de la cotidianidad.

Fue vertiginosa porque se le pidió colaborar con la llamada más alta que se haya dirigido jamás a un ser humano, la de la maternidad divina de María. Se le pidió ser considerado entre los hombres como el padre de Jesús, a quien se le llamó efectivamente hijo de José. La suya fue una vocación vertiginosa porque también se le pidió unir virginidad y verdadero amor esponsal hacia María. La misión de José se jugó por entero dentro de una cotidianidad ordinaria y, sobre todo, escondida. El significado de la vida de José está ligado a los treinta años de la denominada “vida privada” de Jesús. Hoy podemos contemplar el valor universal de su santidad y venerarlo como patrón y protector de la Iglesia universal. Durante los años que pasó en la tierra esa misma santidad aún tuvo un rasgo que podríamos definir como “doméstico”. Ciertamente, no debemos imaginar a la familia de Nazaret como un núcleo moderno de tres. José y María compartían su vida matrimonial constantemente dentro de un contexto amplio de parientes. E, igualmente, José tuvo una tarea que se desarrolló mayoritariamente en un ambiente familiar. La amistad y la comunión con María, el compartir las fatigas y las decisiones, el trabajo y la oración, las preguntas meditadas largo tiempo acerca del misterio de la presencia de Jesús y, más tarde, el hecho de escuchar sus palabras y la apertura de un horizonte nuevo en la fe que había heredado de sus padres…estas fueron las cosas que vivió José. Pero en la casa de Nazaret lo que es pequeño se convertía en inefable. Durante años, junto a María, en las pequeñas cosas a las que fue llamado, José prestaba conscientemente su disponibilidad a la obra inaccesible de Dios, que en su familia había adquirido el rostro de un niño.

De este modo, José nos introduce en el mundo del amor desde un ángulo privilegiado. Su figura nos atrae por su normalidad y, a la vez, nos sorprende por la desproporción entre lo que se le pidió y la capacidad humana natural.

Todo lo verdadero que empieza en la tierra está destinado a durar para siempre. La vida de un carpintero, transcurrida en un modesto taller o incluso en las lujosas canteras de la época, en una casa excavada en una gruta, puede contener la semilla de una gloria eterna. Esto vale también para la vida de muchos de nosotros, que se desarrolla en la sencillez de las ocupaciones de todos los días que, sin ser el foco de atención, acoge el acontecimiento de un amor verdadero y fiel. «Realmente, Cristo», escribía Bernardino de Siena con una delicadeza conmovedora, «en el cielo no negó a José aquella familiaridad, aquella reverencia y altísima dignidad que le otorgó mientras vivía entre los hombres, como hijo a su padre, sino que la llevó al culmen de la perfección». Cristo no nos negará tampoco a nosotros, que lo amamos aquí en la tierra como dulce amigo y maestro, su mirada eterna, llena de afecto y estima.

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