La historia de Carmen, un camino de fe, sacrificio y esperanza. Una historia desde México.

Querría contar la historia de Carmen [nombre inventado, ndr] porque, a través de ella, he aprendido a no tener miedo al sacrificio. No solo el sacrificio que debo vivir yo, sino también, y, sobre todo, el sacrificio que estoy llamado a pedir, como sacerdote, a todos los que quieren seguir a Cristo.
Para explicar cómo ha florecido la vida de Carmen en estos últimos meses, tengo que empezar desde mucho antes. Conocí a esta joven mujer hace unos diez años, cuando la invité a participar a la escuela de comunidad. Desde el principio me impactó por la inteligencia y la apertura con la que se preparaba. Era como si hubiese encontrado finamente una fuente en la que verter su deseo de vivir la fe. Ahora que lo pienso, creo que se podría decir que desde el principio mostró una característica de su personalidad: la sencillez total de su seguimiento a Cristo, la capacidad de no anteponer nada a su deseo de seguirle.
Con los años, me di cuenta de que sus heridas eran más profundas: una larga relación amorosa muy posesiva que había terminado mal; la profunda desilusión experimentada en el mundo del trabajo cuando tuvo que toparse con un ambiente privado de escrúpulos; una situación familiar compleja y el conflicto entre los padres.
En medio de esta situación, con la ausencia de puntos de referencia, estaba la certeza del encuentro con Cristo y con los amigos que nos acompañan en el camino. Carmen decidió confirmarse. Se acercó a su parroquia, donde encontró un contexto acogedor y decidió quedarse ayudando como catequista. Su relación con el párroco, que fue su padrino de confirmación, cada vez era más significativa.
Sin embargo, se abrió una brecha en esta relación. Cuando Carmen me habló de ello, le aconsejé que se alejara de aquel sacerdote, por el bien de ambos y de sus vocaciones, a pesar de saber que para ella sería un paso muy doloroso. Me sostenían la certeza de que era la decisión adecuada para ambos y la esperanza de que Dios no la abandonaría. Unos años más tarde, Carmen volvió a tener relación con un chico que conocía desde hacía tiempo y que le quería. Decidieron casarse. La edad avanzada dificultaba la posibilidad de tener hijos, pero también en esta ocasión Carmen decidió fiarse de la Iglesia y renunciar a la fecundación in vitro. Incluso el marido hizo una peregrinación a pie de casi 15 kilómetros hasta la basílica de Guadalupe para pedir a la Virgen la gracia de un hijo. Cuando casi todo se daba por perdido, se quedó embarazada. El niño ha nacido en plena pandemia, pero está perfectamente sano.
La historia de Carmen −y ahora también la de su marido− me ha permitido tocar con la mano la grandeza contenida en su sacrificio. He entendido que si el sacrificio se acepta como parte del camino para el cumplimiento de nuestra vida en Cristo puede hacer florecer a la persona incluso en medio de grandes dificultades. En un mundo en el que parece que no tiene ningún valor el sacrificio que Cristo y la Iglesia piden, la confianza sencilla de Carmen y el nacimiento de su hijo son para mí un signo de esperanza: Cristo camina con su pueblo.

(Roberto Zocco es profesor de Filosofía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México, en Ciudad de México).

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